Opinión / Columna
 
Romeo Ortega Lopez 
LUIS ALAMINOS
El Heraldo de Chiapas
19 de abril de 2010

  El H. Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez realizó uno de los actos de mayor justicia en favor de los hombres de bien; puso a la Casa de la Cultura, el nombre de Luis Alaminos Guerrero. A partir de allí este recinto, necesariamente, tendrá que enlazarse con la historia.

Luis Alaminos Guerrero no es cualquier hombre ni cualquier nombre, es lo que identifica a un personaje dechado del arte, preceptor de tantas generaciones, escritor, pintor relevante de exposiciones internacionales, padre ejemplar y noble esposo. Su vida se desarrolló en casa de cristal donde la dignidad y la integridad tuvieron prioridad. Enseñó a muchos y lo hizo con talento de sabio, dio a la juventud impulsos inusitados, la incorporó a la creatividad y la hizo sentir la emoción del arte sempiterno.

Quizá era el Próspero de Ariel haciendo vibrar el alma de la juventud a través de enseñanzas, de anécdotas y pláticas que siempre dejaron grata impresión en quien las escuchó. No escatimó en enseñarles a sus alumnos los trazos del arte, como expresiones de vida eterna, lo mismo de la naturaleza muerta, que de un ocal o bien la señera y triste figura del Quijote. Los cuadros de Alaminos encuentran por sí mismos la dimensión del arte y dejan profunda huella en esos caminos difíciles que solo el predestinado puede transitar.

Fue un hombre de sencillez tan extraordinaria que rayaba en lo humilde, una humildad de grandeza que solo dimana de los hombres grandes. Siempre estuvo presto para escuchar y para asesorar sin importar la calidad del interlocutor, su destino fue el de la convivencia, el de la comunidad, el de la placentera reunión. Para sus hijos fue un amigo ¡y que amigo! de talla excepcional, capaz de forjar emblemas de rectitud, de decencia e igual que él, de respeto y sencillez. A la hora de la comida su plática se constituía en enseñanza y todo brotaba dentro de una charla donde cada comensal, sus hijos, sus invitados y Martha su mujer, excelente cocinera, tenían oportunidad de exponer.

Martha a su vez, tiene su bagaje cultural y artístico muy propio que llegó hasta las Palomas de San Jerónimo, la residencia particular de doña María Esther Zuno de Echeverría, donde el arte se expresaba en todas sus manifestaciones provenientes de todos los estados de la República. Martha siempre representó a Chiapas con altura, con dominio de ese precioso ballet que tantos años manejó e hizo trascender a planos internacionales. Su hija, Martha, de singular belleza, era una de las piezas refulgentes del ballet en el que bailaba con arte y sublimidad, enseñanzas desde luego de su ilustre madre. Maestra de Chiapas, así familiarmente llamaba la esposa del Presidente de la República a esta gentil Martha que, con Luis Alaminos, formaron una pareja ideal, solidaria, noble, que vivió etapas de inefable felicidad.

No existe quizá quien haya dirigido el teatro juvenil como lo hizo Luis Alaminos, cuando en el Icach, presentó Pedro Páramo interpretada por puros estudiantes que allí se consagraron como actores. Otras obras más dirigió Luis y allí también, ambas Marthas, su esposa y su hija, revelaron sus extraordinarias dotes histriónicas. ¿Quién puede olvidar jamás a un humanista tan polifacético? En sus inicios, Luis le dio impulsos a la Unach y la hizo trascender desde la Extensión Universitaria. Nadie olvida aquel día memorable cuando logró que la universal Nacha Guevara cantara para los universitarios en un concierto que le dio lustre histórico a la universidad que, desde allí, comenzó a mostrar sus galas y sus luces que hoy son faros inextinguibles a lo largo de 35 años de existencia. En la vida de la Unach, Luis figura con arrestos de taumaturgo. ¿Cómo le hizo para traer a la Universidad de Chiapas a Nacha Guevara? Los simplistas responderían: con dinero todo se puede, pero en aquel entonces la Universidad era muy pobre y no podía darse tamaño lujo. El mismo Luis devengaba un salario muy modesto. Servía por vocación, no por ambición. La honradez fue otra de las grandes prendas morales de su alma.

Vi a Luis por última vez, acompañado de Martha en un centro comercial, el saludo fue el de siempre de afecto y cariño inalterables. Yo conviví con ellos algún tiempo, compartí su generosa mesa y disfruté de tantas anécdotas y reminiscencias del arte. Me sentí siempre parte de esa familia entrañable. Luis fue un conversador excelente, Martha también lo es.

Le pegunté a Luis como lo trataba la vida y de inmediato me puso al tanto de su enfermedad terminal pero lo hizo con tal entereza, dignidad y firmeza que nuevamente refrendé la admiración que siempre guardé y guardo para mi amigo. Estaba preparado Luis para lo imponderable, seguramente esperó el final con tranquilidad, consciente de haber cumplido a satisfacción su tránsito por la vida.

El H. Ayuntamiento ha honrado a un ciudadano superior lo que prueba que el hombre, al correr el tiempo, siempre encontrará el reconocimiento a sus méritos y a su obra.

COLOFÓN.- Luis Enrique Alaminos Arévalo, dijo que su padre fue maestro de generaciones, de virtuosos de la plástica, un visionario que influyó en el trabajo de grandes artistas de Chiapas como Lola Montoya, Gonzalo Utrilla, Gabriel Gallegos, entre otros. "Es uno de los personajes -subrayó- de mayor trascendencia en el ámbito cultural de Chiapas, su labor humanista le permitió fusionar su trayectoria creativa con la noble labor de impulsar la difusión de las artes".
 
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