Opinión / Columna
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Viajes a mi tintero
Sergio Candelas Villalba
El Periodismo
El Sol de Zacatecas
30 de septiembre de 2009
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Desde la Gaceta de México de 1722 del zacatecano Juan Ignacio María de Castorena Ursúa Goyeneche y Villarreal, pionero del periodismo en América, el ejercicio del periodismo en la Independencia, la Reforma y la Revolución, respondió a los elevados intereses de la sociedad y de la política.
Todo medio de comunicación, además de ajustarse a los preceptos constitucionales de no alterar la paz pública, de no atacar la moral social ni invadir la vida privada de la gente, debió ser escrito y hablado con lenguaje sencillo y decente; mantenerse en condiciones técnicas de reacción impresión y presentación de manera que pudiera ser leído en condiciones morales que al entrar a los hogares, cuya lectura dejara huella generosa y útil en la mente de todos.
A través de más de 51 años he podido comprobar que la historia del periodismo ha evolucionado en los últimos años del siglo XX y en lo que va del tercer milenio. Se ha entrado a un proceso de transición que va aunado a la libertad de expresión, que debe ejercerse sin cortapisas y exigiendo el derecho a la información.
El periodismo y los periodistas tenemos una función eminentemente social, porque concebimos a la prensa en función de los intereses sociales a los que sirve o debe servir. No hay prensa sin sociedad, como no hay periodistas sin la función social que deben desempeñar, de ahí que el papel del periodista es defender el interés de la colectividad y no la de grupo político alguno, partido o sector gremial, empresarial o gubernamental, cualquiera que éste sea, ni ejercer la difamación, el amarillismo y el chantaje para vender periódicos u obtener prebendas.
Ya pasó el tiempo en que la prensa, la radio y la televisión eran coartadas por el sector oficial para ocultar, manipular, engañar u ofender mediante la dádiva de subsidios, publicidad o personal encubierta con recursos y obsequios. Más cuando el correo de voz de la población observa la realidad que se da en su entorno y percibe cuando hay ocultamiento o noticia aviesa para manipular las conciencias de la sociedad. Por ello, el periodista es el predicador de la verdad en función de la justicia cabal y plena que debe proporcionarse a los individuos que conforman la comunidad.
Desde mi arribo al periodismo a fines de los años 50' los medios de comunicación han avanzado mucho en su libertad. He podido observarlo desde que se me abrieron por primera vez las puertas de El Sol del Centro en Aguascalientes.
Ávido de incursionar en el periodismo nacional emigré a la ciudad de México. Ahí, el escritor Martín Luis Guzmán, director de la revista Tiempo, me dio la oportunidad de cubrir la información gubernamental y política de los presidentes de México, Díaz Ordaz y Echeverría. Posteriormente, Benjamín Wong Castañeda me invitó a reportear las noticias desde el ámbito presidencial y político para El Sol de México.
Fueron 14 años de deambular y convivir en los más altos peldaños de la política nacional. Durante muchas horas, días, meses y años mis escenarios comunes fueron el Palacio Nacional, la residencia presidencial de Los Pinos y el respirar los polvos de la patria por todo el contorno nacional que me permitió conocer la problemática nacional, las acciones y las obras públicas. De prisa, porque la profesión y su urgencia de informar con oportunidad así lo exigen, además de conocer en mis recorridos como enviado especial las relaciones y convenios con 19 países de América y Europa.
Observé los acontecimientos que hicieron historia: los sucesos de 1968, los eventos deportivos de las Olimpiadas celebradas el mismo año, la matanza del Jueves de Corpus de 1971, los dos campeonatos mundiales de fútbol efectuados en México, el conocimiento de la pobreza ancestral de los indios del sureste del país y de los campesinos mexicanos; la verticalidad de los yaquis, el consumo de los hongos alucinógenos en la sierra mazateca, la abundancia de agua en Tabasco, la resequedad de las tierras del semidesierto zacatecano, la riqueza agrícola de Sinaloa y Sonora, el empuje fabril de Monterrey, el mexicanisimo Guadalajara.
Todas son, entre muchas otras, vivencias difíciles de narrar en tan poco espacio, pero se quedan reposando en el recóndito lecho de mi mente. Dicen que recordar es vivir.
Transcurrió el tiempo...vi pasar, desde su interior, varias etapas del periodismo mexicano.
Desde el avión Francisco Zarco, el turbohélice marcado con en el número DC-6, escribíamos las notas en nuestras máquinas portátiles, tomadas del boletín oficial impreso en el mimeógrafo instalado en la parte trasera de la nave escrito por el estenógrafo con rapidez increíble, que asombró mis ojos.
La llegada de las grabadoras, las fotocopiadoras, el fax, los micrófonos, las cámaras de video y las digitales, las lap-top, los celulares, la Internet y el correo electrónico, vinieron a desplazar al esténcil, al telégrafo, al correo, al télex y a las libretas de notas.
En las redacciones el olor a tinta -quien lo llega a oler, jamás se puede desprender de su rico aroma-, los linotipos y los intertipos, la rotativa, el crisol para fundir los textos de las páginas, el ruido de las máquinas mecánicas, el grito de "¡hueeeso!" y el murmullo de las redacciones dejó de escucharse.
Luego arribaron el offset, las computadoras para el diseño de páginas, el escáner, las impresoras laser, los procesadores, los servidores, los quemadores de CD o DVD.
Las redacciones callaron, se volvieron silenciosas, frías, desanimadas, inhumanas ante el avance de la tecnología de fines del siglo XX.
La "fuente" de la Presidencia de la República en 1967 tenía registrados a 12 reporteros, nueve diarios, dos agencias de noticias, una nacional y otra estadounidenses (Alan Riding), y una sola revista: Tiempo, para mi fortuna y orgullo. Así estaba en la época de Díaz Ordaz; luego con Echeverría entró a informar para la televisión Jacobo Zabludovsky y con López Portillo llegaron los reporteros de la radio. La "fuente" aumentó a 20, a 36 reporteros, ahora tiene registrados a más de un centenar. Es así como los medios de comunicación han avanzado a través de ocho sexenios.
Así estaban las cosas, así se dieron. Los reporteros de mi generación, la de los años 70', se han ido liberando poco a poco, y ahora, ya maduros, han pasado a ser columnistas, articulistas políticos, jefes de redacción e información, directores de periódicos, revistas, de estaciones de radio y televisión nacionales. Esos periodistas han sido, y son, los más analistas y críticos de políticos y funcionarios de gobiernos.
En estos tiempos, si un periodista no ejerce su libertad o la vende, es problema de conciencia, y por tanto debe ser señalado con índice de fuego por la sociedad, que toma nota de lo escrito en sus propios medios, para su recuento personal, en el momento que han concluido los tiempos de dominio; se debe cumplir con la responsabilidad que los medios de comunicación tienen asignada en la estructura social.
Aquí, a los periodistas auténticos que no han vendido su pluma queda tan sólo hacer las siguientes reflexiones:
¿Se ha sido inteligente, afable, perspicaz, muy sensible a reconocer lo que el pueblo piensa, demanda y observa en los acontecimientos que suceden en la vida cotidiana?
¿Se ha tenido especial habilidad para recoger las impresiones sociales, no partidistas o de grupo, para transmitirlas con veracidad o interpretarlas de tal forma que, al llegar a la opinión pública, resulte información positiva o, en su caso, hacer crítica cuando haya errores, dispendio, protagonismo político o de partido, de engaño o simulación y que no sea en beneficio directo del pueblo que tiene derecho a estar enterado sobre la verdad?