Opinión / Columna
 
Arturo Romo Gutiérrez 
Ejército de Paz
El Sol de Zacatecas
17 de marzo de 2010

  El 19 de febrero de 1913 don Venustiano Carranza hizo publicar el decreto emitido por la legislatura local que le otorgaba facultades para constituir el Ejército Constitucionalista llamado a derrocar el poder espurio de Victoriano Huerta y restablecer el estado de Derecho, que se había roto con el infame asesinato de Madero y Pino Suárez.

En ese decreto se encuentra el origen del Ejército Mexicano que no es -como es fácil observar- el ejército profesional típico de otros países, sino un cuerpo surgido del movimiento popular que echó abajo la ominosa dictadura que por más de treinta años oprimió a campesinos, obreros, pequeños agricultores y capas medias de la población.

En razón de su origen revolucionario, los mexicanos que integran nuestro ejército, forman parte inseparable del pueblo y están ligados a sus aspiraciones de bienestar, libertad, justicia e independencia. Son, como lo expresaba la Declaración de Principios del Partido Revolucionario Institucional vigente en 1981, "...el pueblo en el servicio de las armas, que actúa en permanente salvaguarda de las leyes e instituciones emanadas de la voluntad de la nación. Representan, con la más alta dignidad, el honor de México y cumplen con lealtad ejemplar la misión de velar por la integridad de la patria y la preservación de la soberanía nacional. "

El Ejército Mexicano no ha perdido su raíz popular y su sentido patriótico. Es un ejército de paz. Jamás ha sido instrumento de agresión en contra de otros pueblos.

A los soldados mexicanos no se les educa en doctrinas de expansión o imperialistas. En el interior de nuestro instituto armado no se cultivan odios contra otras naciones o contra determinadas clases sociales. En sus aulas se abrevan altísimas virtudes y se aprenden conceptos esenciales: patria, libertad, independencia, honor, valor y sacrificio. Por ello, apenas son cadetes o soldados rasos, se entregan con generosidad a las causas superiores del pueblo al que se deben, soportan sin reproche los rigores de una vida llena de dificultades y arrostran con valor fatigas y peligros.

Junto con las fuerzas de mar y aire, el Ejército Mexicano libra hoy una dura batalla. En terrenos escarpados y circunstancias difíciles. Contra un enemigo que dispone de un inmenso poder de cooptación, corrupción y manipulación y un sinfín de redes que operan como escudos de su actividad. Ha quedado expuesto a la prueba del severo escrutinio popular.

Sin entrar a evaluar las políticas emprendidas por el gobierno federal en su lucha contra el crimen organizado, La Comisión de Defensa de la Cámara de Diputados concluye sin ambages que el Ejército ha asumido con espíritu de cuerpo y ejemplar abnegación las tareas que como parte de esa lucha le han sido encomendadas. Asimismo, que ha logrado admirables resultados: destruido 2 mil pistas clandestinas de aterrizaje, 270 narco laboratorios, 60 mil hectáreas de mariguana y poco más de 41 mil de amapola, 15 mil 505 kilogramos de sustancias químicas y 11,000 secaderos; decomisado 47 mil armas, 11 millones de pastillas sicotrópicas, 6 millones de kilogramos de mariguana y poco más de 26 mil de semillas de amapola, 447 aeronaves, 16 mil vehículos, 134 embarcaciones, 4 millones y medio de cartuchos y 115 millones de dólares; y detenido a 19 mil 882 personas vinculadas con el crimen organizado. Añade que ha auxiliado a miles de compatriotas afectados por desastres naturales. Por tanto, que no hay para el esfuerzo desplegado sino el reconocimiento y la gratitud del pueblo mexicano.

No pocos estudiosos de la vida nacional abogan por el pronto regreso de los soldados al cuartel, argumentando los abusos cometidos por algunos de ellos en perjuicio de personas inocentes. Tienen razón en reclamar que la lucha antinarcóticos se despliegue con respeto a los derechos humanos y se castigue a quien los viole o los ignore. Sin embargo, cuando hay indicios de que la lucha entre cárteles por el control de territorios pronto se recrudecerá con el consecuente incremento de violencia, limitar la participación en esta lucha del Ejército y las fuerzas de mar y aire, representaría un error que la población pagaría con padecimientos más severos.

No es tiempo de eludir responsabilidades sino de acentuar el compromiso con la sociedad. Acaso sea necesario revisar la estrategia antinarcóticos adoptada por el gobierno federal y distribuir de diferente modo las cargas inherentes, para aliviar las que en exceso se han asignado a una institución que ya dedica a esta tarea la mitad de su presupuesto y efectivos. No hay duda de que esto es lo que vivamente espera y desea la población.

Entretanto, vaya mi sincero reconocimiento a los soldados mexicanos, de tierra, mar y aire, fieles exponentes del limpio patriotismo y genuina nacionalidad que caracteriza a nuestro pueblo.
 
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