Comunidad y Cultura Local
Morirse en un día como hoy
Hoy es domingo y no quiero morir, menos en este país, en esta ciudad y a estas horas de la mañana, porque sería caótico..(Sín título / óleo sobre tela) José Arturo Ramos Pinedo / El Sol de Zacatecas
Suplemento Cultural La Soldadera
El Sol de Zacatecas
19 de marzo de 2007

Alejandro Ortega Neri*

Hoy es domingo y no quiero morir, hoy no, quizá mañana sea mejor. Hoy es domingo y no quiero morir, no importa que el viento haya partido mis labios haciéndolos sangrar, no importa que el ciego haya pateado la sonrisa que se me cayó al asfalto, sólo sé que hoy no quiero perecer. Hoy es domingo y no quiero morir, menos en este país, en esta ciudad y a estas horas de la mañana, porque sería caótico.

Tal vez sea un vano afán el mío de asistir a una sala de cine con la intención de ver una buena película mexicana. Cuántas veces he escuchado y he mencionado que un film nacional por lo regular carece de garantía y no vale la pena pagar un alto peaje para sufrir una decepción que durará toda la noche entre sueños mientras el bolsillo llora la huida de sus inquilinos de papel. Sin embargo la necedad me ha enmascarado y continúo asistiendo. Y esta última vez, la sensación tras leer el último crédito de la peli, fue diferente, fue de sorpresa, emoción, gusto. Y con la conclusión entre la sonrisa de que valió la pena el boleto aunque no haya sobrado para los nachos y la coca cola rebajada con agua del hielo.

Morirse en domingo anunciaba el boleto que sostenía entre mis dedos llenos de incertidumbre. Me encontré ante una nueva producción mexicana que a diferencia de la última que había visto -Fuera del cielo-, me pareció muy buena. Aunque las películas mexicanas han venido acostumbrándonos a observar la misma temática en todas, presentándonos una realidad agobiante debido a la corrupción en la que vivimos inmersos los mexicanos. Sin embargo Morirse en domingo de Daniel Grauner, nos presenta este mismo tópico pero de una manera disímil.

La historia versa sobre la muerte de un hombre decrépito, quizá zacatecano, que tiene la desgracia de fallecer en un domingo cualquiera, como hoy, pero la desgracia del reciente difunto no recae en su muerte, sino más bien en que haya acaecido en domingo, en ese bendito día en que casi nadie labora, en que casi todos los comercios permanecen con las cortinas metálicas abajo como si fueran unos párpados cansados, en ese día en que la gente lee suplementos culturales en un periódico como éste, pero es la familia de este difunto la que sufrirá las consecuencias de que la muerte haya caído en el dominguito. Primero se les dificultará encontrar una funeraria que tenga servicios de cremación abierta y entre tanto repasar las hojas de la sección amarilla, por fin encontrarán uno que brinda servicios de día y de noche todos los días de la semana. Pero el encargado será un corruptillo que guarda los cuerpos en el mismo refrigerador donde almacena sus cervezas claras y oscuras, para después de que los familiares hayan desaparecido, venderlos a distintos compradores para distintos fines, por ejemplo a la Facultad de Medicina, para que los estudiantes vestiditos de blanco y engreídos hasta el copete practiquen la anatomía. No obstante la historia dará un vuelco inesperado cuando alguien se entera de que el cuerpo del posible zacatecano no fue incinerado y que por lo tanto las cenizas que se encuentran en la lujosa urna de mármol blanco no son de él. Así el cuerpo en constante descomposición iniciará una travesía cargada de humor negro, ya que habitará en el refrigerador de un fotógrafo mariguano, en un hotel con paredes psicodélicas, en cajuelas de carros y en basureros, para finalmente desembocar en un final inesperado.

La trama mantiene pegado al asiento, las peripecias provocan esbozos de risas, la música te sumerge en viajes acompañados de imágenes desoladoras, como en la secuencia donde se escucha de fondo la Canción de las simples cosas de César Isella, pero en una maravillosa voz femenina y andaluza de una intérprete que se hace llamar Martirio, o la inconfundible voz de Vicentico al final de la película. Los movimientos de la cámara caen en la excelencia, pasando de los travellings por los picados y contrapicados, hasta los simples paneos. La fotografía es maravillosa y los manejos de los colores interpretan los sentimientos de los personajes y mueven bruscamente los de los espectadores.

Algo que también cabría resaltar es que el reparto es muy bueno, son actores quizá no tan reconocidos pero de buena calidad. Tal vez habremos visto alguno en una esporádica aparición en otras películas, pero no con tanta frecuencia como los Bichir, Jesús Ochoa, Damián Alcázar, Yazpik, sólo por mencionar los más trillados y los más estereotipados, los clásicos policías corruptos, los borrachos, los drogadictos, etcétera.

Me atrevo a decir una vez más que vale la pena sumergirse en la penumbra reinante de una sala de cine a ver esta película, vale la pena sacrificar a los habitantes valiosos y volátiles que ocasionalmente traemos en el bolsillo apartados para este tipo de distracciones, para esta fábrica de sueños, aunque posiblemente cuando terminen de ver el film y comiencen a bailar acompañados de la música rítmica y pegajosa de Vicentico, tal vez si un día desean la muerte querrán que esta no caiga en domingo, porque a lo mejor se verán envueltos en un caos semejante y además se perderán del clásico de fútbol y de unas buenas tostadas en la fayuca, por eso digo que hoy es domingo y no quiero morir.

* Cree que toda su vida es un deja vu