Comunidad y Cultura Local
Molotov y la trasgresión efímera
Cuando apareció el primer disco de la banda yo tendría unos diez u once años. Estamos hablando de mediados de la década de 1990. Foto: Archivo / El Sol de Zacatecas
Suplemento cultural La Soldadera
El Sol de Zacatecas
12 de marzo de 2007

Chingo yo. Chingas Tú. Chinga tu madre. Molotov

Veremundo Carrillo-Reveles*

Tarde que temprano toda trasgresión termina por desvanecerse. La asimilación, la indiferencia o el simple aburrimiento a la larga la desarman, la aniquilan. Tal vez la red de lo socialmente aceptado es mucho más laxa de lo que se supone. Lo que ayer era irreverente y contestatario hoy es inofensivo y hasta cursi. El tiempo no se detiene y el mundo cambia. Es irremediable. Fatalista quizá. Pero es real. Aceptémoslo: a partir del siglo XX las buenas consciencias son un espejismo que nunca dura más de veinte años, y la censura un pretexto que claudica al primer round. El David trasgresor que golpea al Goliat conservador es un mito reciclable. Una metáfora en movimiento.

Hará ya algunas cuantas semanas que la banda mexicana de rock Molotov anunció su disgregación definitiva. Dudo que el comunicado haya causado gran expectación o conmoción, sin embargo personalmente no puedo afirmar que me fue del todo indiferente. La verdad nunca fui seguidor del grupo: jamás compré uno solo de sus discos y nunca tuve un poster de ellos en mi cuarto. Es más, no sé ni siquiera el nombre de los integrantes y sólo una vez los vi tocar en vivo aunque el pretexto era un concierto colectivo. Aún así, me es difícil negar que en su momento Molotov tuvo un cierto impacto sobre mi grupo generacional.

Cuando apareció el primer disco de la banda yo tendría unos diez u once años. Estamos hablando de mediados de la década de 1990. México era, pese a las fanfarrias salinistas del Tratado de Libre Comercio y demás jaladas, un país bastante cerrado en materia de comunicaciones. Eran los días de gloria - afortunadamente casi los últimos- de Jacobo Zabludovsky y Raúl Velasco, simple y sencillamente porque no había nada más que ver en la televisión. La misma radio estaba todavía monopolizada y era indispensable que para que se pudiera escuchar una canción -del género que fuera- hubiera sido primero tocada en Siempre en Domingo. Los medios independientes e incluso otras formas de difusión eran prácticamente nulos. Especialmente en un estado como Zacatecas, sumido en una profunda crisis económica. La música que nos llegaba, además de la promovida por el "señor Velasco", era pura Quebradita: ¡aaaay la culebra! Así que el lector puede imaginar cuál fue mi sorpresa cuando mientras tomábamos distancia en una de esas inexplicables filas que se hacen en las primarias públicas todos los días por la mañana, uno de mis compañeros me prestó sus walkman y lo que escuché en los audífonos fue algo como "si le das más poder al poder más duro te van a venir a coger". Me quedé frío, no tanto por el sentido de las letras, sino por la posibilidad de oírlas en mi idioma y a las bravas.

Roland Barthes en la primera página de El grado cero de la escritura dice que Hérbert comenzaba todos los números del Père Duchêne con un "¡mierda!" o un "¡carajo!". El acto en sí mismo es revolucionario. Es una incitación a romper con el leguaje propio. Una provocación a la Historia que lo aprisiona mediante un posicionamiento que parte del propio lenguaje pero que se sitúa en un "más allá". La lírica de Molotov en este sentido era a su modo bastante revolucionaria. "Putos", "vergas", "chingados", "cogidas" y "matariles al maricón" señalan un rompimiento, un enfrentamiento. Una guerra que la censura parece materializar.

Cualquier melómano podría encabronarse en este momento y recitarme una lista interminable de grupos mexicanos que se enfrentaron a la censura antes que Molotov. Incluso podría aparecer José Agustín mentando madres y diciendo que el rock de los setentas era verdaderamente revolucionario y que lo de ahora y todo lo del "rock en tu idioma" son puras mamadas de Televisa para ojetes conformistas. Permítaseme una pequeña réplica: el impacto de Molotov radicó en que precisamente sus letras fueron concebidas no necesariamente en el underground sino desde adentro del "sistema". El golpe mediático fue bastante significativo, especialmente cuando el gobierno priísta quiso censurar los discos y los molotov encabezaron una protesta junto con otras bandas, entre ellas la desaparecida Control Machete. El aparador que significó la censura, fenómeno que ejemplifica siempre que puede el poco inteligente Serrano Limón, permitió que estos grupos, encabezados por Molotov, llegaran a las masas de forma inmediata.

Su revolución, su trasgresión, tomó sentido en cuanto existió una reacción que ya no pudo ignorarlos o callarlos. La necesidad de decir algo tan tonto como "culo" o "huevos" en un altavoz detonaba a su modo la urgencia de democracia y el agotamiento del sistema priísta que no podía más. Lejos se iba quedando la época en la que se le aplicó el ostracismo al Loco Valdés por su ocurrencia de Don Bomberito Juárez. Y en eso consistió el éxito de Molotov: sacudir, agitar, escandalizar. Decir lo que todo el mundo decía utilizando al fin un micrófono que fuera escuchado, no un micrófono de paredes cerradas.

Sin embargo la trasgresión es siempre efímera. Del bikini y la minifalda a las groserías de Molotov todo termina por ser asimilado. Incluso la contracultura de José Agustín poco a poco ha perdido la "contra" y se ha vuelto parte de la cotidianidad de los aparadores. Es el engrane mayor del sistema: rebeldía controlada. Aún así la necesidad de morbo sigue ahí. Sólo cambia de lentes. Hoy en día no representa mayor trasgresión decir "güey" o "cabrón" ante un público: en cualquier película mexicana de dos-horas-de-balazos se repiten las palabritas tantas veces que hasta uno le dan ganas de agarrar el pequeño larousse ilustrado y buscar sinónimos. Adal Ramones les da uso corriente y los genios de Big Brother nos enseñaron que hasta pueden ser de "caché". Aún así la posibilidad de trasgresión sigue vigente. Las oportunidades son infinitas: llenar un maniquí de rollos de papel higiénico, pintar desnudo a Ronald McDonald o utilizar el águila imperial de Maximiliano como escudo de gobierno. Compadres y comadres: el mundo gira...y puto el que no salte.

* Estudia historia en la UAZ.

Su verdadera vocación se divide entre ser interventor de la Secretaria de Gobernación, juez ocasional de concursos de belleza y tercer portero del Veracruz.
Galería