Opinión / Columna
 
René Lara Ramos 
Atentado, democracia y seguridad
El Sol de Zacatecas
22 de septiembre de 2009

  El atentado en contra del personal de giras de la Gobernadora Amalia García Medina es muestra de la inseguridad que pulula por todo el país en detrimento de todos los mexicanos, sin excepción, en tanto todos estamos expuestos a sus eventos y que según estadísticas ya ha cobrado más de 12,000 vidas en la llamada guerra contra el crimen organizado.

Por supuesto, hay eventos delictivos que llegan a asumir la forma de violencia política tan sólo porque los políticos están expuestos a ellos y sobre eso hay un repertorio de asuntos pendientes de resolver.

Para el caso que nos ocupa, hay que querer creer en que no pasó de ser una mera eventualidad, protagonizada por un grupo o por grupos delictivos con una pretensión que no era la de influir el presente, creciente y accidentado proceso del relevo gubernamental en Zacatecas 2010, al que los zacatecanos queremos sea sobre todo pacífico.

De modo que este deseo y exigencia de paz obligue y límite a los actores políticos a acciones que no deriven en violencia. La violencia verbal también existe, se observa o se lee. Sin embargo, una cosa es hablar con la fuerza de la verdad y otra golpear con palabras duras aunque el sustento de veracidad sea inconsistente.

Lo relevante es que no sea la violencia sino sean la paz y la legalidad, las condiciones en que los zacatecanos podamos desplegar el debate político y las estructuras que sostengan a los aspirantes, luego candidatos de los distintos partidos políticos a los que hoy se ve deseosos de participar en la contienda electoral sin hacer concesiones, respecto a las aspiraciones que sostienen y manifiestan sus líderes o militantes. También es cierto, como lo documentan los medios, que no todos van al mismo ritmo.

Ni tampoco que todos esperan el arranque formal y respetan los plazos, hay casos más que adelantados y, por sus declaraciones, parecen haber llegado a momentos y a posiciones que se antojan irreductibles.

Lo cual no deja de ser tan relativo, como consistente sea la correlación de fuerzas a enfrentar. Las palabras consistencia y fuerza son clave, porque sólo con base en eso se prevalecerá y no por la esgrima de los argumentos, hecho que Usted puede documentar al escuchar o leer a los políticos.

En fin, nada raro sino, al contrario, todo se desenvuelve o se enreda tal y como se estila en los cánones de la política.

Y no sólo de la política mexicana, hoy marcada por una mayor multiplicidad de referentes locales de fuerza política y de autonomía relativa precisamente a esa fuerza, en claro contraste con el período anterior, en el que prevalecía un poder más bien concentrador, omnímodo, con pretensiones de absoluto y avasallador en todo, que a veces obraba como si los ciudadanos no existieran o como si la ciudadanía se mantuviera oculta tras las características del ser siervo, y eso fuera preferible.

En cambio, hoy todos acuden con intensidad a los medios en búsqueda de armar consenso para su causa, sea ésta pertinente y justa, o se trate sólo de una franca ambición de poder.

Con toda su eventualidad, aleatoriedad y alcance, el atentado marcó el proceso electoral -de facto, en marcha-. Mediante él, algo se hizo presente y como mensaje fue relevante porque algo se impactó y las consecuencias de ello dependen del campo y del nivel de juego en que se busca intervenir, por ello habrá que estar pendientes de los resultados que determinen el origen, la naturaleza de la amenaza y su fuerza.

Por lo pronto, quien halla asistido a la última Ceremonia del Grito, encabezada por Amalia, habrá sido testigo de la manera en que se volcó la gente para asistir.

No sería exacto decir que la plaza estaba llena, pletórica sería una más justa apreciación, en el sentido de que la multitud era tal que con SUS cuerpos arropó SU evento, la Ceremonia del Grito, encabezada por Amalia, al día siguiente del atentado.

Y esto ocurrió con independencia de las distintas o encontradas apreciaciones que se hagan al respecto. Fue una prestación unilateral del pueblo de Zacatecas que con sus cuerpos desafió a la amenaza del día anterior.

Como era de esperarse, hubo un fuerte dispositivo de seguridad, y no hubo hechos que lamentar. Esa noche no fueron agredidos los zacatecanos, en medio de una de sus más sentidas fiestas. No pudo haber mejor comunicación que su estado de ánimo, a quien quisiera entender, si también esto es política, porque los umbrales de miedo que con el atentado se les hubiera querido hacer alcanzar fueron ampliamente rebasados por la algarabía popular.

A los zacatecanos bastó no quedarse en casa para reprobar, de ese modo, el atentado que, como tal, bien pudo no tener o no tuvo un origen político. En cambio, la presencia masiva de los zacatecanos, sí tuvo una significación política, con su presencia en la Plaza de Armas también arroparon a Amalia.

Y la relación con su gobernante, en lugar de diluirse por el atentado, se estrechó. Su presencia mostró que los lazos imaginarios con la Gobernadora no se rompieron, sino los unieron más: acudieron sin dejar sus problemas en casa, ni los impactos de la crisis.

Con y contra todo ello, ahí estuvieron. La influencia política propiciada por el atentado fue favorable para Amalia, con independencia de lo que persiguieran sus actores.

Lo deseable para los zacatecanos fue y es, cerrar el paso al asedio político mediante la violencia.

Por lo pronto, a la semana anterior y al inicio de ésta lo marcan una alta movilización de las expectativas políticas e innumerables actos que tienen en la mira el proceso electoral de 2010, en Zacatecas.

Los candidateables van y vienen, al margen de los partidos políticos o desde ellos. Y sus seguidores se encuadran en uno u otro de tantos bandos políticos como crean las aspiraciones de quienes quieren arribar a alguno de los puestos de poder en juego, en 2010. Si algo prevalece es la conciencia de negociar, de articular, de que la fragmentación política misma presiona a cooperar y a compartir, aunque ello implique ceder y lo importante, verdaderamente fundante de que ello pueda ocurrir, es decir, la posibilidad de que unos ganen para competir y otros compitan y a la vez ganen posiciones de poder y otros pierdan, descansa en no otra cosa que en alentar, en mantener y respetar la formalidad democrática, regla fundamental para que el proceso electoral y el institucional transcurran en paz. A contribuir a ello y a garantizarlo, por supuesto, están obligados todos, desde el Presidente de la República, su Gabinete y las instancias constitucionales nacionales, la Gobernadora y su Gabinete, los Presidentes Municipales, sus equipos de trabajo y los Ayuntamientos; los Partidos Políticos, sus Senadores, sus Diputados Federales y Locales, unidos por la convicción de que la democracia, con todos sus problemas, es más preferible y eficaz como forma de hacer política para resolver los problemas del país, de los estados y de los municipios, y no hacerlo o impedirlo mediante la violencia. Ello implica o hace posible asentar entre nosotros condiciones básicas para que exista la demandada seguridad o en alguna medida se incremente, y a la vez decline la inseguridad.

Las condiciones básicas que hacen posible el observar y comprometerse con la formalidad democrática son: el contar con una mayor estabilidad y avanzar en obtener incrementos en desarrollo, mediante la ejecución de planes, cuya efectividad será sometida a confirmación o cuestionamiento por las mismas vías y plazos que establezca la formalidad democrática.

De manera tal que esa formalidad democrática genere la posibilidad de que si los gobiernos no se avanzan en las dimensiones anteriores, sus titulares sean removidos e incluso sus gabinetes o equipos de trabajo, sin alterarse por ello la dinámica institucional.

¿Éstas serán las bases para alcanzar la anhelada seguridad? La posibilidad está abierta para todos.
 
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