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Opinión
![]() Julia Sánchez-Henkel
Cabroñol
El Sol de Toluca
8 de octubre de 2006
El lenguaje hablado cambia constantemente, hay palabras que se dejan de utilizar y van perdiendo sentido y tenemos otras nuevas que se van creando, esta es la característica de cualquier lenguaje vivo. Tal es el caso, dentro del español, de la palabra "cabroñol" que Carlos Monsivais hace algunas semanas utilizó para referirse a la forma de expresarse que utiliza Kamel Nacif con sus amistades. Esta nueva palabra "cabroñol" aÚn no se encuentra en el diccionario, pero llegará a estar en pocos años.
De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, no existe la palabra "cabroñol", pero Monsivais con ella hace referencia al lenguaje soez, grosero y vulgar de tantos mexicanos que en vez de decir algo intercalan una palabra común entre cinco o seis vulgaridades dichas. Escuchar a alguien hablar en "cabroñol", a nadie asusta. Todos o casi todos tenemos una información completa respecto a las palabras ofensivas utilizadas en México, incluso tenemos sus sinónimos en inglés; esto es parte de la formación que tenemos desde pequeños, porque aún cuando en la familia de origen no se utilicen este tipo de palabras, cuando salimos de la primaria tenemos ya toda la información requerida para el resto de nuestras vidas. Quizás en la escuela primaria no se aprenda correctamente a leer y escribir, pero sin lugar a dudas, todos nos graduamos en "cabroñol". Decir o escuchar palabras ofensivas nos puede parecer muy normal; dentro de la escuela, con los amigos, y compañeros, en familia, en el camión, en la radio, la tele o caminando, casi todos las utilizan. Pero, hay un gran problema enmascarado, porque hablar con palabras soeces indica el lugar en que nos encontramos en el mundo, nos denigra, nos altera y reduce las posibilidades de mejorar nuestro lenguaje. Utilizar palabras soeces puede dar mucho para un estudio psiquiátrico. Hace ya algún tiempo, cuando mis hijos empezaron a dar muestras de que sabían utilizar palabras que iniciaban con "chin..., pen..., ca..., pu..., hue..," etc. no me alarmé, era parte de su instrucción; tan sólo señalaba en cada oportunidad, el hecho de que si yo los llevaba a la escuela era para que pudieran expresarse correctamente con palabras, ya que al utilizar palabras groseras, demostraban que no aprendían nada y sólo estábamos perdiendo el tiempo. Quienes no habían tenido la oportunidad de estudiar usaban las groserías al no tener otra forma para expresarse, para comunicarse con los demás. Cualquiera puede utilizar ese tipo de palabras, pero se requiere de mayor esfuerzo e inteligencia para decir lo que queremos al no usarlas". Más tarde, al llegar a la secundaria, ahí sí me alarmé: mis hijos y sus amigos estaban perdiendo sus nombres, pasaban a ser ganado, (¡!) todos eran lo mismo y sólo escuchaba "wey" para acá y "wey" para allá. Así que me vi en la necesidad de explicarles que la elección de sus nombres me había llevado mucho tiempo, que había sido algo muy difícil para mí ya que traté de elegir el mejor; por lo tanto no quería ver que lo perdieran, pero que me dijeran si querían cambiarse el nombre y yo les ayudaría. Por lo tanto no quería sentirme en el rancho. No puedo asegurar que mis hijos no empleen palabras ofensivas en sus vidas cotidianas, pero... dentro de casa, en familia, no las utilizamos, y si alguno las llega a decir es porque su enojo es mayúsculo y se produce un silencio sepulcral asociado al... OH! ¡ijole! ¿Qué le pasó? ¡No se midió!. Etc. Para después esperar la disculpa correspondiente. Sé muy bien que mi manera de pensar respecto a las palabras groseras se debió a las monjas con quienes estudié mi primaria; no permitían ni siquiera el uso de un "babosa", y en la casa de mis padres tampoco se nos permitía hablar así, ya decir "idiota", nos merecía un castigo, por lo tanto hubo coherencia al respecto y aprendí a no utilizarlas; me las sé todas, pero no las uso. Hoy, al paso de los años, sigo pensando igual. Si utilizamos palabras que ofenden y denigran a los otros en nuestro lenguaje cotidiano, nos denigra a nosotros mismos, indica la falta de vocabulario que tenemos para expresar nuestras ideas. La falta de recursos lingüisticos se justifica en quienes no pudieron asistir a la escuela, pero no tiene justificación en quienes si acudieron a una escuela formal, lástima de tiempo invertido, no sirvió para mejorar. Si utilizamos palabras que ofenden y denigran a los otros cuando nos enojamos, demuestra la falta de control de nuestros impulsos, nos animaliza, nos hace semejantes a los animales. Al utilizar palabras groseras como primera demostración de nuestros enojos será el primer paso para luego llegar a los golpes y quedar convertidos así, en todo, menos en seres con dignidad. Eugenio Trías (filósofo español) en su libro "Etica y Condición Humana" nos dice que para comprender "eso que somos" debemos tener presente que con nuestras emociones, pasiones y usos lingüisticos, vamos dando forma a nuestra vida, la convertimos en "buena o mala vida". Según lo que elegimos, tanto en nuestras emociones, pasiones o usos lingüisticos, nos acercamos a modelos pre-humanos o supra-humanos. Trías tiene razón, no podemos aceptar los insultos del otro, pero tampoco debemos producirlos. Nuestra vida será resultado de esas pequeñas decisiones, nuestro entorno se llenará de aquello que elijamos y siempre iremos en la vida recogiendo lo que sembramos. Para comentarios: jshenkelprodigy.net.mx Columnas anteriores
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