Opinión / Columna
 
Anatomía de lo social 
Arturo Duen Torres 
12 de marzo de 2010

  No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más

Thomas De Kempis



Resulta inevitable, en ocasiones, sustraerse a comentarios o lecturas que por algunas circunstancias se llegan a conocer. Así me ocurrió con la información referente a Guillermo Schulenburg Prado, ex abad de la Basílica de Guadalupe, sacerdote católico que se oponía a la beatificación de Juan Diego y en consecuencia, a la aparición de la Virgen de Guadalupe, pero que, sin embargo, permaneció durante treinta y tres años en ese templo religioso. En contraste a su enorme experiencia dentro de la Iglesia y los importantes cargos que desempeñó dentro de la misma, aparece ante la opinión pública la riqueza que había acumulado en su larga trayectoria religiosa; enorme capital inmobiliario, cuentas bancarias nacionales y extranjeras, autos, joyas, membresías en exclusivos centros de recreación, los que actualmente han quedado -principalmente- en manos de familiares, amigos cercanos y la Asociación Civil "Domus Spei", y que en suma alcanzan importantes cantidades de dinero; lo que desde luego deteriora la imagen del catolicismo.

Otro personaje singularmente tratado por sus excentricidades y escándalos fue el fundador -en 1945- de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, a quien se le responsabiliza de haber generado una riqueza estimada que alcanza los 30 mil millones de dólares, que le ha permitido mantener una red de escuelas denominadas "mano amiga", a las que asisten alrededor de 16 mil alumnos, desde luego teniendo como benefactores a hombres y mujeres de alto nivel económico; lo que les facilita mantener un presupuesto global de 650 millones de dólares anuales. Evidentemente, la esencia filosófica de los legionarios fue rebasada porque se alejaron de ayudar a los pobres.

Desafortunadamente, la imagen contradictoria que nos legaron dos de los grandes hombres del catolicismo en México hace patente que también en estas instituciones promotoras de la fe existen conflictos que, aparentemente, son custodiados por la jerarquía católica establecida en el Vaticano.

Inevitable el conflicto que provocan estos acontecimientos, pues como una debilidad se le acomoda a quienes tenemos una "firme" creencia en aquello que nos fue heredado por nuestros padres y que tiene que ver con nuestras convicciones religiosas, de ahí el surgimiento de otras corrientes ideológicas que alejan a las personas, no sólo de los templos, sino que fomentan el escepticismo y la irresponsabilidad en los creyentes.

Con estos ejemplos, que también sirven para comparar el comportamiento de sacerdotes que son oficiantes y que se dejan llevar por las debilidades humanas, se acrecenta el alejamiento, al propiciar la desconfianza entre los feligreses con los representantes de la Iglesia, generando además algunas interrogantes: ¿Cómo puedo confiar en un ser humano que tiene mayores pecados que los míos?, ¿Cómo confiar en el buen uso del dinero de las limosnas si el padrecito tiene un auto último modelo? ¿Para qué voy a tomar ceniza si yo mismo me la tengo que poner? Con estas observaciones, me parece que es ahí donde, lamentablemente, se pierde la confianza en los hombres dedicados al servicio de los demás, desde el punto de vista de la religión.

A pesar de mi aparente postura beligerante en contra de quienes forman parte de la Iglesia Católica, y que la representan como sus guías aquí en el mundo terrenal; eso no significa que mi creencia, así como la de muchos, tenga algo que ver precisamente con el comportamiento de seres humanos semejantes a otros; por el contrario, sirve para fortalecer mi creencia en un Ser Supremo que conduce la vida de nosotros, independientemente de la religión que se profese; pues he sido testigo de acontecimientos que van más allá de lo que se puede ver, o de lo que la ciencia pueda explicar.

Por eso, aprovechando estos tiempos cuaresmales, me parece importante señalar que la conducta o las acciones de las personas que se desvían de las normas y los convencionalismos sociales deben servirnos como una medida que nos ayude para darnos cuenta que poco importa amasar grandes fortunas, alcanzar grandes puestos; si perdemos o nos apartamos de una realidad que tiene que ver con la vida; nada de lo estrictamente terrenal será útil si no estamos dispuestos a compartir eso que nos ha sido entregado y que nadie puede quitarnos: la Fe, esa creencia que nos hace ver que ante la omnipresencia de un Ser Superior somos sólo un pequeño fragmento en el universo y que imperiosamente debemos seguir por el camino que nos ha trazado, para entender que todo aquel que bien actúe siempre tendrá una recompensa, de tal manera que si somos parte de esos principios, también seremos parte de una sociedad religiosa.


 
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