Opinión / Columna
 
Giovanni Pérez Lira 
Mundo del revés
El Sol de Tlaxcala
8 de noviembre de 2011

  Los mexicanos nos hemos acostumbrado a vivir con crisis económica, rodeados de violencia e inseguridad pública, nadie puede poner en duda esta situación. Pero todavía es más grave, más penoso, que los ciudadanos no tengamos confianza ni en las instituciones ni en las autoridades ni entre los propios mexicanos. Todo lo ponemos en duda, todos creemos que somos mejores, los más responsables, ecuánimes y sinceros. Sobran los discursos plagados de buenas intenciones, los decálogos del cambio de expectativas, los consejos para que al final del camino todo siga igual. Sobran las críticas sin sustento, los señalamientos tendenciosos, los caprichos de grupo con la bandera de la democracia; esa es nuestra sociedad, esa es nuestra cultura popular. ¿En esas condiciones qué avances podemos esperar?

El adelanto tecnológico, la comodidad de los servicios, el dinero en el ambiente, lejos de mejorarnos como persona, nos hacen más materialistas, sin reconocer el esfuerzo de los otros; ahora pocos barren la banqueta frente a su casa, porque esperan que lo haga el gobierno; ya casi nadie hace un servicio social para su comunidad sin que medie una remuneración económica de por medio; en otras palabras, nadie quiere hacer nada sin recibir algo a cambio. Eso torna al ambiente social delicado y contraproducente, en el cual predomina el engaño para obtener el mejor provecho. Unos ocupan su tiempo en señalar los errores administrativos o políticos, manipulan con ello la opinión pública, pero esos grupos jamás presentan propuestas consistentes y realistas para solucionar los problemas. Es claro que en cuestiones políticas a unos les interesa hundir al oponente, aunque con ello pierda la mayoría.

Es tiempo de pensar qué tipo de sociedad queremos, porque suele pasar que todos hablamos de la ley, de la democracia, del progreso, pero a la hora de la práctica nos convertimos en sus enemigos; somos en gran parte un obstáculo para el buen funcionamiento del aparato institucional y normativo. Tenemos crisis política porque pocos coadyuvan a que exista un verdadero régimen democrático, con actores políticos de calidad que olviden las prácticas antiguas, que rompan con todo aquello que rechaza la gente y se ajusten a las exigencias de la nueva realidad social, caracterizada por la falta de ingresos económicos suficientes para contar con lo necesario para subsistir. Se trata, en pocas palabras, de una crisis por inacción, por incapacidad, por falta de voluntad de todos los ciudadanos para poner en marcha una nueva dinámica social.

El resultado ha sido la desilusión y la desconfianza por parte de los ciudadanos hacia la democracia y los partidos; estar en contra de todo y a favor de nada parece ser la consigna ciudadana; pero tenemos que comprender que para ser un buen mexicano hay que cumplir con nuestras obligaciones y responsabilidades, informarnos y estar dispuestos a servir a la nación sin esperar recibir nada a cambio. Los genuinos anhelos de renovación deben seguir presentes, el poder debe traducirse en desarrollo social sin distinción de colores partidistas, pues la democracia no puede ser para unos cuántos, ni para una élite, ni es monopolio de alguien en particular.

En el mundo del revés que vivimos, los trasgresores de la ley dicen representar la voluntad popular, la legalidad y el estado de derecho, confunden la actividad política con los intereses creados. Debemos reflexionar sobre el modelo de país que queremos, que no depende de campañas políticas ni de ideologías, sino de algo más profundo: quizá la ausencia de cultura política, en un México que se resiste al cambio. En una dinámica política en la que parece que sólo importa lo que sea dinero, poder y notoriedad, es oportuno llamar la atención de todos los ciudadanos y los partidos políticos sobre la importancia de la persona; porque al final de cuentas ellos son el fundamento y la prioridad en la vida política.
 
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