Opinión / Columna
 
Anatomía de lo social 
Arturo Duen Torres 
Sociedad con violencia
El Sol de Tlaxcala
5 de febrero de 2010

  "Toda reforma impuesta por la violencia no corregirá

nada el mal; el buen juicio no necesita violencia".

León Tolstoi



Ninguna justificación puede encontrarse cuando se atenta contra la vida de las personas, aun cuando se ignoren las causas que motivan a otras a cometer estos actos de violencia; acciones que no tienen tiempo ni espacio, pero que se pueden calificar de absurdas y aberrantes. Como lo que ocurrió en días pasados en el ataque cometido en contra de los jóvenes estudiantes de Ciudad Juárez y con los indígenas de la comunidad triqui de Oaxaca. Este tipo de tragedias promueven el repudio general; además de la pena y el dolor para quienes sufren la pérdida de un ser querido.

La búsqueda de los responsables directos de estos actos violentos corresponde a las autoridades, siguiendo todas las líneas de investigación que las lleven a encontrar las respuestas y los resultados que se esperan, no sólo para satisfacción de una demanda popular, sino para demostrar su responsabilidad en el cumplimiento de la ley y de ser, obligatoriamente, las que nos aseguren o resguarden nuestras garantías individuales.

Por otro lado, desafortunadamente sólo en estas circunstancias es cuando se escucha el clamor de la justicia y el reproche a las autoridades por su aparente incompetencia para resolver y enfrentar este fenómeno que nos agobia, pero que de alguna manera también implica la participación de la sociedad, no en el sentido de enfrentar o tomar las leyes para justificar otros actos similares, sino para implementar acciones que ayuden a prevenir la violencia y la inseguridad.

Es necesario revisar, para poder ayudar, el papel importante que desempeñamos en nuestro quehacer cotidiano, como para reconocer que, en ocasiones, nosotros somos coadyuvantes en actos que generan diferencias y conflictos con nuestros semejantes, y consecuentemente en nuestras relaciones. Por eso considero, sin invadir los espacios que corresponden a las autoridades, involucrar a las instituciones primarias en las que se desenvuelve el individuo, es decir, a la familia y la escuela, para convertirlas en espacios en los que debe gestarse la promoción de los valores fundamentales del ser humano para el cuidado y la preservación de la vida; tarea, desde luego, nada fácil, porque, me parece, es ahí donde surgen los primeros síntomas y se denotan características de un ser con actitudes de violencia.

En el ámbito de la familia, digo que somos coadyuvantes, porque, olvidando el papel orientador hacia el buen comportamiento, a veces nos convertimos en el factor que promueve la violencia, induciendo a respuestas de acuerdo a las circunstancias, o, mejor dicho, simplemente basta con decirles a los hijos que si son sometidos a un acto de violencia, respondan de la misma forma. Por ejemplo, si son golpes, con golpes; si son injurias, con injurias. Esto evidentemente genera el fenómeno de enfrentamiento de unos contra los otros. En otro sentido, igual nuestras actitudes; aunque parezcan simples, también propician que los hijos se comporten de la misma manera que nosotros cuando nos observan o nos escuchan al proferir algunas palabras que agreden a quien afecta u obstruye nuestra prisa cotidiana.

Sentadas las bases en esa primera agencia socializadora, liberamos, en otros ambientes -como la escuela-, la posibilidad de convertir a los hijos en potenciales actores de hechos donde los golpes o las riñas colectivas sean tan comunes como la asistencia a clases. Eso también es notable con mucha frecuencia al terminar o iniciar las labores académicas: enfrentamientos de hombres y, actualmente, entre las mujeres; problemática que crece rápidamente con pocas posibilidades de detenerla.

Bueno, la violencia puede estar matizada de diferentes formas, ya sea por el nivel de agresión, por los elementos utilizados o por los lugares donde ocurra. Lo que es cierto es que debemos enfrentar esta patología social, construyendo un frente común entre la sociedad civil y las autoridades correspondientes; actuando conforme lo indiquen las normas de las buenas costumbres y el buen comportamiento. Si esto no ocurre, seguiremos siendo una sociedad con violencia.
 
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