Opinión / Columna
 
Bazar de la Cultura 
Juan Amael Vizzuett Olvera 
Luis Ortiz Monasterio:un nacionalista universal
El Sol de México
8 de febrero de 2012

  Un arte para los espacios públicos, una obra que enriquece la vida cotidiana y que contribuye a crear conciencia de comunidad. Tal era la mística de las generaciones a las que perteneció Luis Ortiz Monasterio, un escultor que se expresó vigorosamente, lo mismo como figurativo que como abstracto, y cuyo trabajo de varias décadas ahora puede verse en la renovada Sala de Exposiciones del Centro Médico Nacional Siglo XXI.

Los centros educativos, las unidades habitacionales, los grandes conjuntos médicos y las plazas públicas son los espacios naturales para las creaciones de Luis Ortiz Monasterio (1906-1990), uno de los virtuosos de la talla directa del siglo XX, como lo comentaron en su momento MacKinley Helm, Antonin Artaud y Luis Cardoza y Aragón.

La museografía ofrece un recorrido a través de la dilatada trayectoria del escultor capitalino, uno de los numerosos talentos que se formaron en la Academia de San Carlos, donde tuvo entre sus maestros a Ignacio Asúnsolo, Fernández Urbina y Domínguez Bello.

A lo largo de las décadas el creador plástico empleó la talla directa, el barro cocido y la fundición, entre otras técnicas. Fueron muy comentadas las terracotas policromadas que expuso en 1950 en la Galería de Arte Mexicano de Inés Amor.

* La inspiración mesoamericana

Luis Ortiz Monasterio fue uno de los precursores que, con los lenguajes estéticos del siglo XX, reanudaron el esfuerzo que en el siglo XIX habían emprendido algunos artistas para crear una obra contemporánea inspirada en las culturas mesoamericanas. No fue un esfuerzo únicamente nacional. El investigador Daniel Schávelzon, en el artículo "El pabellón Xochicalco en la Exposición Internacional de París de 1867", informa que en la citada muestra parisina se erigió ese pabellón en el Campo Marte, con la participación de un arquitecto de apellido Daly, quien había tomado moldes en el edificio original de Xochicalco. (Daniel Schávelzon, "La polémica del arte nacional en México, 1850-1910", FCE, México, 1988, págs. 165-169).

En la afrancesada época porfiriana hubo una pequeña corriente de arte neoindígena, que nos dejó el Monumento a Cuauhtémoc, del ingeniero Francisco M. Jiménez y el escultor Miguel Noreña, así como los relieves de Jesús F. Contreras dedicados a los soberanos de la antigua Tenochtitlan, amén de las discutidas efigies de Ahuítzol e Iztcóatl, obras de Alejandro Casarín (1891). Todavía se inscribió en aquella vertiente el magnífico mural "Nuestros dioses" (1914) de Saturnino Herrán, de estética art nouveau.

A la generación de Luis Ortiz Monasterio le tocó recuperar aquel esfuerzo, con mayor fortuna, ya que las vanguardias del siglo XX se complementaron en forma muy armoniosa con el legado de las culturas precolombinas, como se puede apreciar en el interior art déco del Palacio de Bellas Artes, concebido por Federico

Mariscal.

Sin embargo, la obra mayor de Ortiz Monasterio corresponde a etapas posteriores al auge del art déco. En la muestra de la galería del Centro Médico Siglo XXI hay dibujos preparatorios y estudios de monumentos prehispánicos, a los que el artista capitalino les rendía homenajes a través de sus estilizaciones contemporáneas. Esta vocación nacionalista, que Ortiz Monasterio compartía con otros creadores de aquel tiempo, se desarrolló en forma paralela a su interés por la antigüedad clásica. Sin embargo, los historicistas del siglo XIX se esforzaban frecuentemente por apegarse a las estéticas antiguas originales; en contraste, las vanguardias del siglo XX estilizaron con decisión y vigor

aquellas fuentes.

"La Victoria" (1935), "El nacimiento de Apolo" (1936) y la "Venus" (1937) son ejemplos de la vertiente clásica en Ortiz Monasterio: "La Victoria", tallada originalmente en mármol, fue un tema al que el artista regresó en el bronce, en 1949 y 1954. En estas versiones de la diosa antigua el artista aplica sus conocimientos de composición y anatomía para alterar las formas tradicionales: la cabeza de la deidad está separada de su tronco e invertida, los brazos están cercenados. Algunas interpretaciones le atribuían esta alteración al deterioro que el paso del tiempo causa incluso a las mayores victorias humanas. Otras opiniones ven en las "Victorias" de Ortiz Monasterio otro simbolismo: nadie obtiene nunca una victoria completa y toda victoria exige un alto precio, una pérdida que puede ser muy cruenta.

Las obras públicas de Ortiz Monasterio han acompañado ya a varias generaciones de mexicanos, en el trabajo, el estudio, en la atención a la enfermedad y en el solaz. La fuente de Netzahualcóyotl (1955-1956), en el Bosque de Chapultepec, así como "Tigres y Águilas" (1963-1964) y la "Serpiente Emplumada", en la Plaza Cívica de la Unidad Independencia del IMSS, han contribuido a que la niñez y la juventud se encuentren con el legado del México antiguo. No se puede subestimar la importancia de este contacto para el fortalecimiento de nuestra identidad cultural.

Estas obras también dan cuenta de que en aquella época, la ciudad aún se concebía como un ámbito propicio para los caminantes y para la contemplación. El arte público acompañaba así los diarios quehaceres de la gente.

* Nacionalista y universal

Una serie de fotografías da testimonio del proceso creativo y el traslado desde la cantera originaria de una figura de ocelote, claramente inspirado en la escultura mesoamericana. Se incluye la fotografía del vigoroso ser vivo que sirvió de modelo para la obra.

El entorno familiar, la formación académica y el trabajo docente de Luis Ortiz Monasterio también tienen un lugar en la exposición, mediante los objetos personales y las fotografías que lo muestran en las diversas etapas de su vida. Una valiosa imagen de 1931captura un instante en el taller del maestro, cuyos discípulos atienden sus indicaciones mientras trabajan con una pieza en difícil pose clásica.

La exposición le permite al público admirar algunas obras que normalmente permanecen al alcance únicamente de ciertas comunidades. Es el caso del magnífico frontispicio de la Escuela Nacional de Maestros (1948), que en la actualidad queda infortunadamente oculto para los transeúntes.

Son 14 las partes que integran este monumental trabajo del artista capitalino. A

través de ellos se recrea el desarrollo de la cultura occidental y su expansión hacia el Nuevo Mundo a través de la evangelización de los frailes. A la época virreinal le siguen la Independencia, la Reforma y la Revolución.

Luis Ortiz Monasterio aparece en diversas fotografías junto a sus obras, como el monumento del Centro Médico Nacional Siglo XXI (1963-1964), con su águila de grandes dimensiones que simboliza al Instituto Mexicano del Seguro Social.

Era la época en que el nacionalismo era un principio que se fomentaba no sólo en las obras oficiales, sino también en las de la iniciativa privada. Baste recordar el auge que vivían las producciones cinematográficas de ambiente mexicano, así como la popularidad de la canción campirana y sus intérpretes. Paradójicamente, aquel nacionalismo se tradujo en una enorme popularidad

internacional de las manifestaciones culturales mexicanas, especialmente en América Latina y en España. Los artistas plásticos de México también alcanzaron el reconocimiento de la crítica mundial.

La muestra incluye obras que siempre están a la vista de los citadinos, como el célebre Monumento a la Madre (1949), en la explanada que separa a las colonias Cuauhtémoc y San Rafael, donde alguna vez estuvo la estación Colonia. Las fotografías de la exposición permiten, sin embargo, admirar el conjunto en su condición original y, como consecuencia, tomar conciencia del deterioro que ha sufrido a lo largo de las décadas.

Este acercamiento a la vasta producción de Ortiz Monasterio podría representar así un llamado a la protección del patrimonio cultural del siglo XX, frecuentemente olvidado.

La exposición permanecerá abierta hasta el 24 de febrero. La entrada es gratuita y la estación del Metro Centro Médico le deja a la entrada de la galería.
 
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