Opinión / Columna
 
Rubén Núñez de Cáceres 
SI TUVIERA 18 OTRA VEZ...
El Sol de Tampico
18 de agosto de 2010

  "El hombre evoluciona

incluso del conflicto.

Y no es por la edad o por sí,

sino por el fundamento

que es el amor..."

Martin Luther King Jr.

Rubén Núñez de Cáceres V.

Si Dios, con su magia inconfundible, permitiera que yo tuviera dieciocho años de nuevo, sin duda sería más audaz, pero trataría de ser igualmente cauteloso.

Pensaría por ejemplo en vivir este instante como si fuera el último, pero pensando que es también el primero de mi vida. Porque en esa idea se encierra realmente la sabiduría de vivir.

Disfrutaría plenamente el presente, pero sin olvidarme de tener un resquicio abierto que mire al futuro, como ventana magnífica, si es que pretendo darle significado a mi existencia.

Trabajaría arduamente para tener bien, pero pensando siempre en que ello no me impida estar bien, hacer el bien y ser bueno, porque sólo así podré ser feliz.

Me regocijaría con cada crepúsculo carmesí y cada amanecer de lirios que preludia la aurora, pero sin querer beberlos todos de un sólo sorbo, acudiendo para ello a falsos paraísos, que sin duda me los proporcionarían, pero a costa de mi dignidad y mi autoestima.

Trataría de vivir mi juventud el mayor tiempo posible a lado de mis padres. Porque claramente veo que de todos los amores que un día conoceré, el de ellos es el único verdaderamente incondicional. Y son a veces tan pocos los momentos que conscientemente los disfrutaré, que ninguna cosa vale en verdad la pena, si los desperdicio con su lejanía.

Usaría la tecnología sin permitir que ella me use y me convierta así en un simio tecnologizado. Finalmente me felicitaría de que no todos permitimos ser suplantados por una máquina. Hay muchos que disfrutan de la vida sin tener que estar frente a una pantalla para hacerlo.

Trataría de conciliar mi incipiente edad con el sentido de la responsabilidad; el trabajo con la diversión, la creatividad con el respeto, y el entusiasmo con el equilibrio, porque, lo sé muy bien, ser joven no sólo significa desmesura, alejamiento de lo establecido y pretendida originalidad, si su costo es elevado y destructor. Es también ritual que nos prepara para esa otra edad en la que ciertas actitudes vitales serán necesarias para crecer.

Desearía saber siempre más, pero comprender mejor, porque así podré también saber para qué sé. Y entender que el conocimiento no sirve de nada si no está puesto al servicio de alguien. Porque quizás ahora todo el conocimiento humano quepa en un bit de computadora. Pero nada hay que pueda contener el espíritu inmortal del hombre y su destino.

Si pudiera ser joven de nuevo pensaría más a menudo que por alguna razón estoy aquí. Y trataría de encontrarla y explicarme por qué no soy un simple deshecho nuclear, sino materia estelar que un día volverá a fundirse en un abrazo cósmico con el Autor de todo. Porque si así no fuera, la vida entera carecería de sentido.

Cuidaría mi cuerpo sin convertirlo en mi ídolo, pues sería un ídolo de barro; cuidaría mi mente para que no se reblandezca con tantas banalidades que la invaden y manipulan; cuidaría mis emociones para poder ser llamado realmente inteligente y cuidaría mi espíritu sin que eso signifique, como dice el poeta "el temor insano a la venganza final de Lucifer". Y meditaría, sin atemorizarme, porque finalmente el amor de Dios será siempre más grande que mis juveniles y ahora ambivalentes tempestades, que asecharán mi navegar, pero jamás lograrán impedirlo.

Buscaría una compañera, como la que tengo la fortuna de tener ahora, que estuviera preparada para enfrentar la vida con dignidad y no con sometimiento, pues ella sería la mejor parte de mí mismo y la entusiasmaría para que se realizara como mujer, pero que no olvidara nunca la maravilla de la maternidad, el milagro que representa su feminidad y la soledad que tendría sin ellas. Y que siempre pudiera haber espacios entre nosotros y podamos conversar sobre cuánto realmente necesitamos, como dice el poeta, darnos sombra el uno al otro.

Pensaría en los hijos que un día tendré y cómo el amor debe ser el motor real de su existencia futura, ya que por él serán engendrados. Y trataría de enseñarles que sin él no valdrán nada y que su ausencia los haría incapaces de amar más adelante a los suyos. Les enseñaría a creer firmemente que la amistad existe; que en la vida no todo es negocio ni interés, que la bondad prevalecerá un día: que Dios inventó el tiempo, pero sólo el hombre inventó la prisa y que lo único que realmente nos llevaremos es el cariño que dimos y nos dieron. Y finalmente trataría de hacerles pensar que, a pesar de todo, aún existe tanta belleza en el mundo, que al ser disfrutada nos convierte en bellos; tanta bondad que al ser ejercida, nos hace buenos, y tanta solidaridad, que al practicarse, nos hermana. Y que por todo ello, la vida vale la pena vivirse.

Pero yo, que ya crucé el umbral que sólo admite a los miembros selectos del club de la tercera edad, finalmente comprendí que los fuegos fatuos duran un sólo instante, pero la verdadera lumbre permanecerá por siempre y por ello únicamente puedo, como dice Proust, recuperar mis dieciocho a través del milagro que el recuerdo es, quiero expresar que el deseo que aún puede abrigar mi corazón es para que, quienes aún viven la maravilla de la primavera temprana, sepan aprovecharla con plenitud, y así, en el momento del recuento final, al que todos nos enfrentaremos un día, puedan agradecer sencillamente el que hayan podido ser gozosos partícipes de esta hermosa danza que la vida es.


 
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