Opinión / Columna
 
Rubén Núñez de Cáceres 
¿CRISIS ECONÓMICA O ÉTICA?
El Sol de Tampico
26 de octubre de 2009

  "...se puede influir,

aún en los sistemas más rígidos,

descubriendo la frontera

entre lo individual y lo universal..."

Edward Lorenz. Teoría del Caos.

Rubén Núñez de Cáceres V.

Si usted quisiera permanecer ajeno a toda esta época convulsa que le tocó vivir, con su cauda de pobreza, desempleo y falta de estabilidad económica, yo le aseguro que no podrá. La crisis es tan real y presente, que angustia constantemente tanto nuestro cuerpo como nuestro pensamiento.

En todo este proceso, que nos crucifica la vida y el bolsillo, hay varios tipos de actores. Están, en primer término, los eruditos economistas y financieros, quienes tratan de explicarnos en términos técnicos, pero confusos para los que somos legos en la materia, lo que parece ser inexplicable y que, aunque entendiéramos, no nos serviría de mucho para resolver nuestros problemas cotidianos

En segundo lugar están los comentaristas mediáticos, que todólogos como pretenden ser, se hacen de repente expertos y simplemente tropicalizan lo que nos dicen los que sí saben, pero añaden de su cosecha alguna estadística o recuerdo estremecedor del pasado reciente, que sólo acaba por aumentar nuestro pesimismo, pero sin proporcionarnos ningún remedio a los problemas que, eso sí, atinadamente comentan y magnifican.

Y está desde luego la clase gobernante y su inefable desfile de políticos, que se culpan entre sí de nuestro infortunio, mientras siguen disputando quien, si el anterior, el que está o el que vendrá, se deben hacer responsables de lo que nos sucede y de esa manera llevan agua para su molino. Y todo ello en lugar de ponerse de acuerdo para que, unidos, se afanen por buscar fórmulas que nos saquen pronto de nuestra postración. Y se olviden de pensar que no es retórica barata que la patria es primero.

Por eso, sea que usted entienda o no lo que son las hipotecas basura, o los bonos de riesgo y la inflación subyacente, por encima de los expertos autodidactas de la televisión y de los teóricos economistas y académicos que desde las universidades o los centros de negocios y noticias pontifican sobre los importancia de los derivados, o peor aún, de los políticos que conocedores y educados tratan de salvarnos del diluvio que viene, este problema que ahora vivimos, como los que hemos vivido en el pasado, no es sólo cuestión de números, indicadores macro y negocios riesgosos. Es claramente, un problema de ética, o sea de educación cívica y responsabilidad social.

Porque la ética, que busca precisamente normar el comportamiento humano con principios elementales de moralidad y ciudadanía, no debe ser sólo una materia académica de los colegios y universidades, sin que su práctica importe en la sociedad en que se vive. La ética es algo más. Es, de acuerdo a los estudiosos, el esfuerzo que desde la cotidianidad nos invita a superar la barbarie, y aunque nos sea difícil, a eliminar las discrepancias entre el desarrollo del particular y el crecimiento justo de la sociedad humana Porque, si lo vemos bien, la verdadera tragedia del hombre no está en que busque el progreso, lo que debe hacer por su misma naturaleza, sino en que para conseguirlo no le importe el que tenga que lastimar a sus semejantes.

¿Qué habría pasado si los ejecutivos de Enron, o los señores Maddoff y Stanford hubieran sido honestos con quienes confiaron en ellos, en lugar de causarles tanto daño, sólo por satisfacer su torpe ambición individualista? ¿Qué hubiera sucedido si en lugar de poner como divisa de su vida la codicia y la búsqueda de satisfactores personales, hubieran privilegiado la integridad y la decencia? Es evidente que si junto con el deseo legítimo de la ganancia hubieran incorporado a su vida también el respeto a los demás y a su dignidad como personas, otra sería sin duda nuestra situación actual.

Pero pudo más el egoísmo, el desarrollo indiscriminado de su pequeño particular y el ansia de acumulación de riqueza personal que la búsqueda del bien común, lo que nos perjudicó a todos. Fue el privilegiar el cultivo del "yo", por encima de la comunidad, lo que hizo que el frágil hilo de la armonía social y de la sana convivencia humana acabara por romperse. Y el resultado, deplorable desde luego, está a la vista.

A principios de este año, en Davós Suiza, hubo una reunión de jefes de estado y de gobierno de todos los países del mundo. El tema fue la crisis, su origen, sus consecuencias y cómo salir de ella. Lo que muchos gobernantes, por no decir que todos, opinaron sobre lo que produjo ese fenómeno mundial, fue asombroso. Se habló de la pérdida de los valores, de volver a lo básico de los principios humanos, del retorno a los lazos familiares y hasta hubo quien propuso (el primer ministro de Israel) como una solución inmediata el volver a la práctica de los diez mandamientos. Lo que ahí se expresó fue el reconocimiento de que todas las crisis que padecemos, con su secuela de pobreza, violencia e injusticia son finalmente producidas por el olvido de los valores y los principios humanos. Y de cómo esa indiferencia hacia lo que realmente vale, llevó al colapso a una sociedad que ya no ha sabido cómo salvarse de sí misma.

Edward Lorenz, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, es autor de una novedosa teoría matemática que llamó teoría del caos. En ella explica cómo hasta los comportamientos impredecibles y que pueden parecer aleatorios, tienen un orden subyacente que les da sentido y los sistematiza. Todo evento acaba por seguir un patrón reconocido, "aún en su infinita diversidad". No existen los actos en el vacío. De esta forma, dice Lorenz todo lo que hacemos, influye de una manera u otra en los demás, lo que debería obligarnos a ser cuidadosos con nuestros actos. ¿Por qué no hacer el bien para que se multiplique en los otros y obviar el mal que al final nos dañará a todos?

La decisión de hacerlo y así encausar ese inevitable "efecto mariposa" hacia lo correcto debe ser una responsabilidad común, sobre todo ahora que llegamos al limite de nuestra posibilidad de permanencia en este planeta, como seres pensantes y diseñadores reales de nuestro propio destino. Haber hecho lo contrario, privilegiando lo que nos lastima, es lo que nos tiene ahora en esta posición de precaria sustentabilidad. Afortunadamente la solución está ahí todavía: en el respeto y la práctica de los valores humanos.


 
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