Opinión / Columna
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Rodolfo Salazar González
Perfil
El Sol de Tampico
12 de noviembre de 2009
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¿Pasa algo? No Señor.
Rodolfo Salazar González
México es un país fantástico y maravilloso, al que recuerdo, como si fuera hoy en la mañana, que en la escuela primaria me lo describían como un cuerno lleno de bienes y de recursos naturales que proyectaban a nuestra nación como un cuerno de la abundancia; es decir, una especie de "maná del cielo" donde todo viene en el momento que lo requiere el mexicano. Tal y como plantea Manerish en su inmortal pintura que se exhibe en forma soberbia y segura de sí misma en el célebre museo francés Louvre, donde asegura Dan Brown -el autor del Código Da Vinci- están los restos de Magdalena, esposa de Jesús y fundadora de la dinastía de los merovingios que fundó toda la región gala en la Europa medieval, para este escritor controvertido, Magdalena era el Santo Grial, que tanto y por todo el mundo buscaron los cristianos a través de las cruzadas.
Pero no distraigamos con divagaciones intelectuales a las que con tanta frecuencia se recurre para evadir la realidad, y centrémonos en nuestro tema de que en México no pasa nada. Este país es el mundo en el que nada pasa, todo sigue igual y cuando algo sucede, bueno... pues ya pasó, y al día siguiente se nos termina el asombro y seguimos siendo los mismos desilusionados, recontraconvencidos de que en éste país no pasa nada. Lo que llegara a suceder en nuestro entorno personal o nuestra ciudad, país o estado, lo tomamos como una cuestión anecdótica, en la que no encontramos un significativo que pudiera demostrar que las cosas están cambiando y que hay en el interior de cada acto que se realiza una nueva propuesta y un discurso y comportamiento por parte de la sociedad del hastío y la prolongada indiferencia con que ven la impunidad y el enriquecimiento de otros segmentos emergentes de nuestro mundo social, el cual damos como normal y en esta conducta lo que estamos proyectando es la esperanza de que en un momento de nuestras vidas tengamos la misma oportunidad de enriquecernos de la misma forma súbita y contundente en que lo hacen los nuevos ricos.
La costumbre, nuestra vieja compañera, es la que nos convierte en invidentes, nos ha invadido una ceguera que José Saramago en su "Ensayo Sobre la Ceguera" llama epidemia. De pronto en su novela, la secretaria de la oficina pierde la vista y no se da cuenta de todo lo que sucede, al salir de su privado al jefe le sucede lo mismo, en la calle todos de repente pierden la vista, y nadie puede ver. Saramago, este hombre profundo que empezó a escribir a los 60 años y que se casó a los 80 y en ese lapso alcanzó el premio Nobel de Literatura, define a esta epidemia de ceguera como una voluntaria necesidad de no ver lo que estamos haciendo con nosotros mismos y con el planeta. Somos ciegos voluntariamente. Damos las cosas por hechas, y sabemos que son ilegales e incluso peligrosas para el ser humano, pero preferimos ser ciegos, no ver las cochinadas en las que participamos o en las que de alguna manera algo tenemos que hacer, lo más elemental sería no aceptarlas. Pero sucede todo lo contrario. En el fondo queremos ser eso, que nos provoca la ceguera.
Este comportamiento mexicano es una crisis que provoca los excesos y la impunidad que se dan en los linderos del poder económico y político. Lamentablemente esta patología ya llegó también al mundo doméstico de las relaciones personales. La impunidad, la negligencia, la mala voluntad y el rechazo a la buena fe y al cumplimiento del deber, lo hemos convertido en una categoría sociológica que puedo llamar pragmatismo mexicano. Todo mundo quiere ser déspota y prepotente, antes de serlo, son personajes que milagrosamente existen en este mundo lleno de espejos, en donde la imagen que se refleja no coincide con la realidad personal. Por ejemplo, hace tiempo conocí a una modesta mujer que trabajaba en una farmacia de una colonia popular. En este lugar era muy expedita, al menos conmigo, se notaba que era víctima de la inseguridad de no saber lo que iba a pasar con ella el día de mañana. No miraba expectativas en el pequeño negocio farmacéutico donde laboraba, por esa razón irradiaba humildad y buena educación, quería, a través de esta simulación de su conducta, encontrar un orificio para escaparse de la desgracia que significa la sensación de estar en una cuerda floja a punto de caer en un río lleno de tiburones.
Un año después (Tampico es un huevito, dice Marisela) me la encontré en la farmacia de una importante tienda departamental con presencia en todo el mundo, no la reconocí por el uniforme, pero me impactó la dureza con la que me trató y con el despotismo que trataba a las demás personas. Después nos reconocimos, y asombrado le pregunté: ¿Por qué eres así?, ella me dijo: "Porque la gente es muy engorrosa, yo soy así además". No era cierto, yo sabía que no era así. Hace tres días fui testigo de cómo trataba a un cliente discapacitado, desgraciadamente condenado a vivir en una silla de ruedas, que suplicaba buscara el tipo de jeringa especial para inyectarse insulina, porque la que le ofrecía le causaba mucho dolor. La respuesta que dio la misma empleada fue tronante y escandalizó a las personas que estábamos esperando servicio en la farmacia. "Esto es todo lo que tengo, lo que usted busca está en los mostradores, búsquela usted mismo, y si quiere llévese ésta, y si no, hágale como quiera, yo no puedo hacer otra cosa". El tono era como de un capataz en un plantío de manzanas en el profundo sur de Texas en donde los esclavos de color tenían que terminar de cosechar toda la producción aunque en el intento fallecieran.
Y la razón de este comportamiento lo veo extendido en todas partes y en los niveles de cualquier empresa pública, (donde antes era una tradición) y ahora lo veo muy recurrente en el sector empresarial, donde antes todo era atención, porque los dueños de las tiendas estaban ahí, en la caja, cobrando y atendiendo a la clientela que compraba la ropa o los productos que vendieran. Todo este nuevo comportamiento es producto de la globalización, porque estas empresas mundializadas son controladas de manera impersonal por los propietarios, a quienes lo único que les interesa son las utilidades. Son manejadas por gerentes, con un sueldo raquítico y una enorme responsabilidad que hace que no sienta ninguna intención de exigir a sus subalternos que no tan sólo vendan sino que ofrezcan un buen servicio. Lo que los ideólogos de la mercadotecnia denominan la segunda venta.
Está claro que nuestro país es una nación de funcionarios ricos y una sociedad pobre, cada día más pobre, cada día más analfabeta, cada día más agresiva y violenta y, sobre todo, iconoclasta e irreverente, pareciera ser que no les nace, quizá por que no los educaron de la forma en que otros fuimos educados, el respeto por nadie. Y mientras éste sea un país en donde existan personas que puedan comer cinco veces al día y otras que no coman en cinco días (la frase es del presidente Lula), el comportamiento de los jóvenes seguirá en caída libre; el tema de este asunto es que allá abajo a donde van a caer no hay red protectora.
Les espera el infierno.
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