Opinión / Columna
 
Edmundo Font 
ALFONSO QUIJADA URÍAS, FLAMANTE PREMIO NACIONAL
El Sol de Tampico
12 de noviembre de 2009

  LA ESGRIMA DE EDMUNDO FONT

"Te hago saber, con enorme regocijo, que Kijadurías fue galardonado esta noche como el mejor poeta de El Salvador. Vengo de la entrega de la honorable distincion: el Premio Nacional de Cultura, por parte del señor Presidente de la República, don Mauricio Funes. Cómo hubiese querido que estuvieses allí. Fue un homenaje sin precedentes. Pronto te enviaré fotos; estaba que no cabíamos en el salón de honor en casa presidencial. Si consigo el discurso del poeta te lo haré llegar, fue sensacional". R.H.

El epígrafe y el epílogo de este texto lo conforman dos mensajes: el primero corresponde a Roberto Huezo, el más destacado de los pintores centroamericanos contemporáneos, y un intelectual en extremo articulado, amigo del alma, tanto como el nuevo Premio Nacional de Cultura salvadoreño, el poeta Alfonso Quijada Urías. El segundo, es una respuesta entusiasta al reconocimiento otorgado a ese personaje entrañable, de carne, alma y hueso, que reviste visos legendarios, inscrito ya en el mapa literario de un continente que sigue empeñado en alcanzar el bienestar igualitario.

La poesía de Alfonso Quijada Urías se desprende del rigor y la rica identidad de un pueblo de los más templados y da seguimiento a los altos vuelos del misterio poético que han encarnado Miguel Angel Asturias y Salarrué, en la América Central. Kijadurías, como prefiere singularizarse Alfonso, es muchos seres en uno. Lo conocí en 1974, entre sarcasmos de ternura y dulces miradas irónicas; lo vislumbré indignado, gritando en voz baja, encolerizado por los abusos de los poderes fácticos. Una vez lo vi acudir a un hospital para que le extrajeran una excrescencia de un costado. Se trataba de un brote de ala, pero Alfonso nunca asumió su vocación seráfica. Hablaba del Buda cuando a mí todavía me sonaba a chino; canturreaba a Leonard Cohen o a Brassens, mientras yo escuchaba a los Calchaquis. Intento explicar que se convirtió en un guía, una suerte de hermano mayor de la misma edad (Aunque me lleve algunos años, 13 para ser exactos).

Nunca lo escuché sermonear a nadie, ni siquiera a su maravillosa prole, y eso que tenía, entre pecho y espalda un autorizado y denso bagaje cultural; veía la distancia con distancia. Alfonso habitaba en los suburbios campestres de San Salvador, entre paisajes rabiosamente verdes, húmedos y bellos. En Quezaltepeque, nombre que suena a río cristalino que corre, pasaba sus días, los mismos que acabó extirpando el exilio. Su lugar de nacimiento representaba la otra cara de la moneda de la urbe, la ubre de la subversión; Según las malas lenguas, por allí andaba la sedición, extremo nunca justificado por nuestro espíritu Gandhiano.

Alfonso Quijada Urías es un poeta que ha llorado para cantar. Es dueño del registro musical más alto y de la hondura más abismal, entre todos los miembros de su generación. Su canto tiene orígenes más remotos que el canto del Cardenal (Ernesto), bebe de las fuentes originales, de Pound, Whitman, y del Neruda de "Residencia en la Tierra", más que del "Canto General". Alfonso es un inconforme de las disciplinas excluyentes. Le da a la flauta para pensar en versos; coge pinceles y colores y dibuja metáforas. Conservo una tela suya, prodigiosa, una suerte de vestal Pipil rodeada de aves en tonos púrpura que traduce su dimensión idílica. Una noche me llevó a comer pupusas al mercado de su pueblito natal; veníamos de pasar toda la tarde en un ojo de agua desde donde asistimos a la puesta del sol, escuchando a las parvadas de loros chillando sus buenas noches.

"Chepe Toño" (Aguardiente mezclado con coca-cola) se convertía en nuestro escocés, cuando no alcanzábamos la sofisticación del "Flor de Caña" nicaragüense. Nuestros desvaríos eran de índole filosófico-literarios. Pasábamos revista a las facciones de los defensores de Vallejo sobre los de Neruda, por ejemplo, y nos enzarzábamos en discusiones plenas de desacuerdos afectuosos, sin pelearnos nunca por un autor o una obra, como sí se estilaba entre muchos de nuestros amigos (algunos de ellos cegados por la violencia, sin que tuvieran cola alguna que pisarles, responsables tan sólo de su inconformidad frente a la miseria). La jornada que rememoro tuvo un pésimo desenlace. Un grupo de soldados nos sacó en vilo del mercado, acusándonos de ser supuestos guerrilleros. El jefe militar nos hablaba mirándonos sobre las cejas para evitar el mínimo contacto humano. Nos sacó del trance la solidaridad de boca a boca. El responsable nos dejó ir de mala gana, no sin antes romper nuestras cédulas de identidad, (la mía era un carné oficial) acusándonos de indocumentados. Se trataba de un tristemente célebre Mayor, Roberto d'Aubuisson, presunto autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero. Anécdotas como ésta cimentaron una sólida amistad con el flamante Premio Nacional, de allí que respondiera a Huezo:

"Podrás imaginar la emoción que sentí al conocer tus noticias y de qué calado, sobre nuestro niño Alfonso; quién diría que la justicia poética acaba arribando al puerto más abrigado. En el caso de Quijada Urías, con todo y su contracción de hechicero volcánico, se cumple un precepto de letanía justiciera y verdaderamente revolucionaria: la que sólo cuesta y derrama vida y más vida. Ojalá me puedas mandar sus palabras resonando en la casa del pueblo, con algún poema reciente, y su dirección de correo, si es que ha aceptado ese chantaje de la modernidad el más post de nuestros prehistóricos amorosos".

ADDENDA: La respuesta llegó a vuelta de e-mail, con un texto humilde y deslumbrante, el de un hombre resumiendo en pocas cuartillas el drama vital de un pueblo como el salvadoreño, que ha pagado un tributo altísimo por afirmar su extraordinaria y creativa vitalidad. En pocas páginas, cargadas de espíritu crítico y constructivo, Quijada Urías actualiza conceptos de extrema pertinencia, los que encarnan el oficio de poeta y su compromiso con la sociedad. En su límpido texto, nos habla de la desilusión frente a promesas incumplidas, de la decepción por el trabajo parcial de los medios (des) informativos y de los profesionales de la pluma que enmascaran, en vez de revelar. Al agradecer su reconocimiento el poeta hace que su palabra retumbe a los cuatro vientos y traza la convergencia imprescindible de un camino ético y estético a la vez. En mis tiempos de Cuzcatlán fui testigo de otra significativa distinción otorgada a las letras latinoamericanas, la de don Pedro Geoffroy Rivas. Una mañana me despertó la voz tronante de ese coloso intelectual: -Te habla el nuevo premio nacional- me dijo, entre leperadas que sigo celebrando con nostalgia. Ahora entiendo que se ha cumplido un ciclo histórico con el honor que ha recaído en Alfonso Quijada Urías: el que pasa por la dignidad más alta del Hombre hasta llegar a la literatura.

Aquí reproduzco la voz de Alfonso, con los últimos párrafos de su gratitud, expresada durante la ceremonia de entrega de su premio: "...El poeta, el escritor, es además de testigo y parte de su tiempo, el guardián de las palabras. Cuando las palabras pierden su sentido o su significado, debido a los usos desmesurados que de ella hacen la demagogia o el mercantilismo, la obligación del poeta, del escritor, es renovarlas, reinventarlas, devolverles su valor, ese valor, que por fortuna, nada tiene que ver con el dinero. La palabra es la más ligera de las cosas y lleva en sí todas las cosas. La acción es un lugar, un instante, la palabra es todos los lugares, todo el tiempo. La verdadera poesía no ha sido nunca ni será la claridad ni la evidencia, sino todo lo contrario, la que se adentra en la oscuridad del mundo.

Hace dos días que regresé de Vancouver, Canadá, al llegar a mi vieja casa de Quezaltepeque, era de noche, una tormenta tropical me dio la bienvenida. Luego que pasó caminé hacia el centro del patio, en donde tuve la suerte de descubrir entre las piedras, guiado por su croar a un pequeño sapo, sobre el cual antes de dormir escribí este pequeño poema, que espero les devuelva el risueño resplandor de la poesía.

EL SAPO

Refugiado entre las piedras

He descubierto un sapo, un ojo cerrado

El otro abierto, mirándome.

Es Dios lo sé.

Dios que me habla

Con un ojo abierto, el otro cerrado.

Cuando Dios habla a los humanos

No le gusta que escuchen su voz,

Tampoco que lo entiendan

Porque ese es un problema para quienes

Como yo,

Pretenden entenderlo todo sin entender nada.

ALFONSO QUIJADA URIAS.


 
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