Opinión / Columna
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Edmundo Font
¡AHÍ VIENE EL LOBO!
El Sol de Tampico
7 de marzo de 2010
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La Esgrima De Edmundo Font
Desde siempre he dicho no a los catastrofismos. Tengo muy en claro el alto costo que se puede pagar por la difusión de una maquinación en la era del insensato Internet (Se supone que hay otro más útil y razonable, pero no prevalece). Hay que evitar las conductas paranoicas, alejarse de los agoreros del desastre y de quienes solo divisan complot (en plural) en cada acto de la vida privada u oficial. Pero tampoco solapo o defiendo a los grandes maestros del disimulo, de la socarronería política, del ocultamiento estratégico, de la manipulación de las masas.
Desde chiquito me enemisté con lo que se denomina "chisme", por más atractivo que pueda resultar deliciarse con malignidad hacia los desafectos. Por ejemplo, suelo no dar oídos a historias de cama que no sean literarias. No me implico en pleitos conyugales. No expreso mi simpatía (o su contrario) a quien puede cambiar su convicción y enmendarse la propia plana al día siguiente, dejándolo a uno colgado de la brocha. Cuando algún compañero trata de practicar el arte fino de la intriga, lo desmonto con inmenso placer y convoco a los implicados para disfrutar viendo la expresión de los justicieros, frente a frente.
No escucho a los amigos que me llaman para contarme, con el mayor secretismo, su versión única de la veracidad de la mentira y otras perlas de conjuras municipales, estatales, nacionales, universales, y así sin parar. En pocas palabras, leo muchos diarios, de orientación opuesta uno del otro y saco la conclusión de que todos manipulan siempre algo. No es por maldad a secas. Reconozco que podría tratarse de un ejercicio de pluralidad de opinión o de finanzas. Cada cabeza es un mundo, decía mi abuelita.
La coincidencia que se puede llegar a tener con puntos de vista ajenos es tan pasajera que recuerda algunos amores que se transforman como la marea de los mares, y es de ellos que necesito hablar ahora, (de los Tsunamis, no de las sesudas tramas del corazón) en un momento en que la llaga abierta arde, con profundo dolor y pena, ante la desventura de dos pueblos latinoamericanos que han sufrido el rigor destructivo de la naturaleza.
En otras páginas traté ya pormenores del sufrimiento del pueblo Haitiano frente a los sismos. Ahora toca el triste turno de la desgracia a un país tan entrañable y admirado como la república de Chile. Todos hemos seguido muy de cerca el cataclismo que alcanzó a modificar el ángulo de la tierra y que acortará nuestros días en una millonésima fracción, desatando todo tipo de conjeturas, y ofreciendo suficiente carne de cañón a los profesionales del Apocalipsis. Y todo esto para terminar diciendo que prefiero la supuesta exageración a la ignorancia. Alertar no es exactamente alarmar. Lo digo también porque se ha revelado que graves diferencias de criterio confundieron a cientos de personas que desistieron de buscar refugio en zonas altas de islas y zonas costeras de Chile, porque escucharon versiones encontradas, confusas, del peligro inminente que estarían corriendo. Muchas de ellas perecieron por la llegada de las olas gigantescas, cuyo fenómeno que despertó un legítimo clamor de vigilancia en todo el océano Pacífico. Las voces llegaron hasta las costas de México, miles de kilómetros arriba del terrible sismo.
No hay rincón de la tierra donde no se produzcan hecatombes naturales o provocadas. Nada está a salvo. Pero afortunadamente, nadie deja de visitar la Vía Véneto ni el aeropuerto Leonardo Da Vinci de Roma, porque terroristas del medio oriente hayan atentado contra inocentes, y tampoco nadie ha dejado de viajar por los Abruzos después de los devastadores sismos. No dejamos de soñar en subirnos a un crucero por el hecho de que una sorpresiva ola asesina mate a dos personas en un barco de lujo que navega por uno de los mares más paradisíacos, el Mediterráneo, como pasó esta semana también.
Tener conciencia plena de lo que puede ocurrir es siempre una garantía. La información en caso de desastres hace la diferencia entre la vida y la muerte. En los últimos días de amenazas de Tsunamis y terremotos (Viviendo además en una de las fajas costeras más sensibles del planeta) nos hace reflexionar en la necesidad de actualizar nuestra cultura de la protección civil.
Echo de menos escuchar voces autorizadas en las radios o televisoras locales, en vivo, sobre la realidad o la falsedad de las noticias difundidas por órganos de prensa internacionales que esparcen noticias, a veces imprecisas (No sé si lo hacen con intenciones aviesas), pero lamentablemente cercanas a la hipótesis de una realidad que nos puede alcanzar a todos.
Hay que condenar la falsedad o el juego de los heraldos, sin despreciar que el lobo está al acecho y tiene hambre, telúrica.
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