Opinión / Columna
 
Nuevo Inventario: Historia de la Ciudad 
Aurelio Regalado H. 
NUEVO INVENTARIO
El Sol de Tampico
20 de noviembre de 2009

  Historias de la ciudad

Primeros beneficios de la Revolución

Aurelio Regalado Hernández

En mayo del 14 los constitucionalistas culminaron un largo asedio de cinco meses sobre Tampico y lo ocuparon a fuego nutrido mientras los federales huían por los caminos de la Huasteca potosina. Tal es el dato archiconocido, pero ¿qué sucedió realmente en los próximos meses? Si tomamos como fuentes los libros de Carlos González Salas, Joaquín Meade, Juan M. Torrea e Ignacio Fuentes, llegaríamos a la conclusión de que nada trascendental ocurrió, merced a que dichos autores soslayan las actividades de los constitucionalistas posteriores a la ocupación del puerto y los efectos de éstas en el orden social.

Entre los investigadores y cronistas cuya obra está accesible a la consulta, sólo el estadounidense Steven Lief Adleson Grubber nos ofrece una relación de hechos importantes en ese periodo. En su "Historia social de los obreros industriales de Tampico, 1906-1919", este investigador refiere que en cuanto tuvieron el control de la ciudad los revolucionarios "tomaron medidas para consolidar su autoridad y también para satisfacer ciertas necesidades militares... Asumieron los puestos de autoridad civil o instalaron en ellos a partidarios suyos y comenzaron a regentear los asuntos municipales..."

De inicio, el general Emiliano Próspero Nafarrete fue nombrado comandante militar de Tampico, con amplios poderes. Fue él precisamente, quien exigió a los comerciantes locales un préstamo por un millón de pesos para "financiar las operaciones de guerra". Respecto a esto sabemos, por ejemplo, que el setenta y cinco por ciento de los comerciantes de origen español se negó en principio a cooperar pero, luego de sufrir ciertas "presiones", accedió a entregar la suma. Igual actitud adoptaron los comerciantes de origen estadounidense, quienes poco antes habían colaborado gustosamente con las tropas leales al dictador Huerta.

Es a todas luces indudable que éstas y otras medidas -como la de confiscar algunos bienes a los ricos de conocida filiación huertista- atrajo a los revolucionaros "una rápida simpatía de parte de los sectores más pobres, quienes guardaban un especial resentimiento hacia el sector mercantil y hacia la burguesía". En realidad con Huerta no simpatizaba nadie pero, como su régimen no estaba afectando las añejas estructuras sociales, los ricos del país no tuvieron empacho en apoyarlo, de ahí que durante la ocupación de Tampico por parte de las tropas federales, éstas fueron "servidas diligentemente" por la oligarquía local.

Desde el momento de la toma de Tampico por los revolucionarios, un gran número de obreros manifestó abiertamente su simpatía por ellos, confesando algunos que durante los combates de los meses previos habían entrado en acción como francotiradores, causando bajas a los federales "en sus propias barbas".

La simpatía de los tampiqueños más pobres hacia los revolucionarios aumentó cuando éstos dispusieron medidas benéficas para la población en general. Por mencionar un caso, ordenaron que la venta de carne y pescado --alimentos con los que los voraces comerciantes habían estado especulando-- quedara sujeta a tarifas bajas y fijas. Apunta Adleson que "el precio de estos artículos había subido sin moderación desde que, dos o tres meses antes, se extremaran las restricciones por el sitio del puerto". Los revolucionarios también restituyeron el suministro de agua potable e iniciaron una campaña sanitaria para acabar con la epidemia de "viruela negra y tifoidea" que había crecido por "negligencia de las autoridades municipales leales al gobierno federal.

Los constitucionalistas demostraron que no sólo sabían "escupir, tirar del gatillo y beber tequila", como afirmaban con desprecio sus detractores. Por supuesto, dieron un golpe espectacular cuando ordenaron la reapertura de las cantinas, medida que fue acogida "con beneplácito por muchos obreros", quienes debido al toque de queda impuesto por los federales durante el asedio a la ciudad no habían tenido la oportunidad de beber cerveza o de reunirse en lugares públicos. Fue así como, "en la misma medida en que tales disposiciones suavizaron algunos problemas de la mayoría de los residentes de Tampico", se incrementó la imagen favorable de los poderes castrenses de Emiliano P. Nafarrete a los ojos de los tampiqueños.

Sin embargo, se intentó resolver muchos otros pendientes, como el de las rentas de casas-habitación, cuyo costo era sumamente elevado en relación con los salarios oficiales establecidos. Los jefes rebeldes en Tampico invitaron a los inquilinos para que aprovecharan la visita de Carranza al puerto, programada para el 26 de julio, para que le pidieran atendiera su problema. Llegado el día, miles de personas se reunieron en las afueras del hotel en que el máximo jefe de la Revolución pernoctó. Llenos de entusiasmo le solicitaron que dictara medidas para resolver el asunto del alto costo de las rentas, recordándole "sus declaraciones acerca de las reformas sociales" que lograrían una justa distribución de la riqueza nacional. Pero Carranza, exhausto de los trajines del viaje, escurrió el bulto y dio su respuesta a través de un periódico diciendo que "no podía hacer nada respecto al problema de la vivienda porque no existía legislación que le autorizara a actuar". Dice Adleson que estas palabras "cayeron sobre la población como un balde de agua fría, sobre todo por el contraste con las previas acciones de los comandantes militares".

Éstos y otros episodios contrastantes --cual augurio del futuro inmediato-- se vivieron aquellos días. Porque si bien es cierto que con la Revolución se alcanzaron y consolidaron algunos grandes beneficios para lo mexicanos, hay que decir que la desigualdad social -cuya extinción fue el fin primordial de la revuelta y cuyo destierro se convirtió en máxima constitucional-- no vio entonces su fin, ni lo ha visto aún.

aurelioregalado@yahoo.com.mx


 
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