Opinión / Columna
 
Mauricio Rossell 
El poder de la población
Organización Editorial Mexicana
8 de marzo de 2010

  El nuevo siglo plantea graves desafíos a la humanidad. Uno de los principales de entre ellos es el que instaura el crecimiento poblacional. La gran pregunta a resolver en este sentido es: ¿Cómo el poder de la tecnología puede contribuir a encontrar soluciones eficaces para librar a las tres cuartas partes más pobres de la humanidad de la trampa malthusiana de la malnutrición, la hambruna, el agotamiento de los recursos, la agitación social, la emigración forzosa y de los conflictos armados que estas realidades traen aparejadas y que, al final, también terminarán por afectar a los países más ricos del orbe?

Hace ya más de doscientos años se sostuvo una disputa de fondo en este sentido. La disputa tuvo lugar entre los pesimistas, encabezados por Malthus, que pregonaban que el crecimiento demográfico sin control que se registraba entonces propiciaría a la larga un desequilibrio profundo entre la población y la disponibilidad de recursos naturales; y los optimistas, que creían en la posibilidad de impulsar, a través del crecimiento demográfico, la perfectibilidad del hombre y el crecimiento del conocimiento humano. Los seguidores de esta última corriente de pensamiento estaban convencidos de que era posible hacer compatibles el poder de la población con el poder de la tecnología. Y en aquella ocasión, la disputa fue ganada por ellos.

Gracias al triunfo de la Revolución Industrial, la Gran Bretaña y más tarde otros países que siguieron su ejemplo como Bélgica, Alemania y Estados Unidos, pudieron fomentar su productividad, incrementar la riqueza nacional y el poder adquisitivo general, estabilizar su incremento demográfico y desviarse del enfoque malthusiano en tres aspectos: emigración, revolución agrícola e industrialización.

En el umbral del nuevo siglo y ante el agotamiento de muchos de los paradigmas vigentes durante el siglo XXI, se nos plantean nuevamente los mismos problemas de sobrepoblación, presión sobre la tierra, emigración e inestabilidad social, pero con algunas agravantes. Hoy en día estos problemas no afectan a naciones desarrolladas como en antaño, sino a los países pobres y a aquellos que cuentan con recursos tecnológicos limitados.

La nueva realidad mundial no ha aportado los beneficios del cambio económico y del desarrollo tecnológico a todos por igual y ha dificultado considerablemente los ya de por sí complejos retos que impone el nuevo siglo. Como resultado de ello, hoy el orbe se ha dividido entre ganadores y perdedores.

En la época de Malthus -alrededor de 1825-, la población del planeta ascendía a un mil millones de seres humanos. Hoy, en cambio, la población estimada de la tierra para el año 2025 se estima en 8 mil 500 millones de habitantes y para mediados de siglo en 10 mil u 11 mil millones de personas. Asimismo, las estimaciones señalan que en los próximos años los mayores incrementos poblacionales se darán en países en vías de desarrollo como India, Pakistán, Indonesia, Brasil y México; y que la mayoría de estos nuevos habitantes del orbe se asentarán en las zonas urbanas, lo que traerá consigo el surgimiento de nuevas megaciudades con su problemática social inherente.

En contraste con ello, se espera que los países desarrollados mantengan en cero o incluso que registren niveles negativos en su crecimiento poblacional, lo cual fortalece los temores de estos países en torno a la pérdida de control sobre sus fronteras nacionales y su soberanía tradicional, así como sus resentimientos étnicos contra otros pueblos.

Estos desequilibrios regionales conforman un escenario futuro de importantes fuerzas que obran en favor de cambios sociales y tecnológicos profundos en la humanidad. La gran pregunta que debemos respondernos ahora es ¿cómo, en esta situación de desigualdad, una sociedad que no tiene acceso a este tipo de beneficios puede prepararse para responder a los retos poblacionales que impone el nuevo siglo?

Lo realmente preocupante es que esta explosión poblacional en los países en desarrollo y este declive demográfico en los países desarrollados es imposible de atender con las actuales pautas de consumo. Un ejemplo sumamente ilustrativo a este respecto es el consumo per cápita de petróleo de Estados Unidos que asciende anualmente aproximadamente a una cuarta parte de la producción mundial de este recurso en el mismo periodo de tiempo. Echemos a volar la imaginación.
 
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