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Opinión
![]() El Cumpleaños del Perro
Juan José González Mejía
EL CUMPLEAÑOS DEL PERRO
El Sol de Tampico
5 de diciembre de 2007
El Gran Silencio, documental de Phillip Gröning
Juan José González Mejía El cine empezó hablando con la voz del documental. ¿Qué son, a la larga, los cortos pioneros de los Lumiere? Documental puro, la realidad misma, acaso truqueada por la predisposición del cinefotógrafo. El documental ha sido el territorio pisado por los más grandes cineastas en sus inicios: Eisenstein, Buñuel, Polanski, Coppola (amén de los titanes del género: Dziga Vertov y Robert J. Flaherty). El documental tiene dos aspectos motores claramente divisorios: la denuncia y la revelación. En la primera, el cineasta le apuesta, la mayoría de las veces, a la víscera, a la vehemencia discursiva (como Luis Mandoki con Fraude/ México-2007); la segunda, apunta la lente hacia la realidad misma, que ésta hable. Cuando un documental tiene la premisa de la revelación suceden cosas extrañas. Por un lado, el encanto, la sofisticación de un paisaje, de una tribu, de una región geopolítica golpean a las emociones del espectador que, ipso facto, se convierte en testigo. Por otro lado, cuando dicha revelación sale de la pantalla grande en forma de poesía, de misterio, no vuelve al público en testigo sino en algo más profundo: protagonista. Es el caso de El Gran Silencio (Die Große Stille)/ Alemania-Suiza-Francia- 2005, documental realizado por el teutón Phillip Gröning el cual tiene la duración insólita de casi tres horas. Gröningo, se dice en los créditos iniciales del filme, tuvo que esperar 16 años a que el prior de la orden de los Cartujos, en los Alpes franceses, le otorgara el permiso para poder filmar (en súper 8 y en video de alta definición) la vida de los monjes en su monasterio El Grande Chartreuse. El Gran Silencio es un texto fílmico impar, vigoroso, poderoso visualmente. La cámara de Gröning es un testigo que vuelve protagonistas tanto a los monjes como al espectador en la sala. A lo largo del filme, sólo se oirán los ruidos naturales del claustro, de sus silentes habitantes y de los cánticos. El diálogo no está en las palabras sino en las imágenes mismas (los monjes rezando, cocinando, haciendo quehaceres domésticos, jugando en la nieve, comiendo). Acaso el monólogo sorpresivo de un monje ciego irrumpe no para pontificar o dar una tesis teológica, sino para obtener, de viva voz, algunos momentos de verdadero misticismo. "El Señor me ha seducido y yo me he dejado seducir", musita el monje. Ya no hay más manifestación verbal en El Gran Silencio sólo eso: el silencio como presencia perpetua, como razón primigenia de la contemplación espiritual de los cartujos. Sin luz artificial, sin ayudantes, sin música incidental, sin comentarios en off, El Gran Silencio es uno de los documentales más bellos que se han realizado en la historia del cine... Columnas anteriores
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