Opinión / Columna
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Nuevo Inventario: Historia de la Ciudad
Aurelio Regalado H.
NUEVO INVENTARIO
El Sol de Tampico
12 de noviembre de 2009
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Historias de la ciudad
Los primeros dos obreros caídos en El Ébano
Aurelio Regalado Hernández
Se habían llamado en vida Jesús Solorio y José Pérez y pertenecían al batallón
"Supremos Poderes", de los "Batallones Rojos", calificados como "falanges libertarias formadas por hombres que a pesar de saber que estaban exponiendo sus vidas... llevaban esculpido en el corazón el amor a una causa justa y, en la conciencia, la firme convicción de lo que hacían y la satisfacción de cumplir con un deber, luchando y luchando sin importarles que entre los riscos de las montañas dejaran alientos de vida y jirones de alma, porque sólo llevaban como punto de mira la salvación de un pueblo escarnecido y el porvenir lisonjero de futuras generaciones..."
Estaban muertos ya, abatidos unas horas antes por la metralla de los villistas en El Ébanos. Eran miembros de la Casa del Obrero Mundial (COM), organización de pensamiento anarquista que en Tampico asesoraba a los trabajadores sindicalizados y libres en la defensa de sus derechos laborales.
Fue el 18 de mayo de 1915 cuando los restos de los dos obreros fueron velados aquí, en el puerto. Ese mismo día, hombres al mando del general Luis Caballero descarrilaron el tren en que huían de Ciudad Victoria las fuerzas villistas que habían tenido por un tiempo dicha ciudad bajo su poder, siendo capturados "todos los integrantes de la banda de música" y tres civiles victorenses, a los que el jefe constitucionalista hizo pasar por las armas ahí mismo.
La disputa por el control de Ébano no estaba decidida aún pero, a decir de Rosendo Salazar, tanto Solorio y Pérez como el resto de sus compañeros obreros habían actuado "animados de bélica rebeldía, resistiendo con coraje el ardoroso empuje de los atrevidos y también valientes adversarios..., en un combate formidable en el que las granadas levantaban aquí y allí grandes polvaredas, rebotando los balines contra los cascos de los enormes tanques de petróleo". Salazar apunta además que el tiroteo era nutrido y continuo por ambas partes, y que "los soldados proletarios, que parecían resistir solos, iniciaron la fase más interesante de la contienda, tomando la ofensiva a sus arrojados adversarios, obligándolos a dar la espalda a una victoria que tenían por suya..., saltando sobre sus trincheras y persiguiendo a los dispersos hasta sus propias posiciones, haciendo algunos prisioneros".
Durante el velatorio, uno de los jefes obreros revolucionarios, Celestino Gasca, habló así ante los féretros de sus compañeros:
"Nuestra muerte no pide llantos mujeriles ni honores funerarios; lo que pide es mucho parque, bastantes rifles y cañones, y el sonido potente y sonoro de los bélicos clarines. ¡Lancémonos a la lucha y, levantando en nuestras manos la bandera rojinegra de la libertad, coloquémosla en lo más alto de un pedestal para que sirva de monumento que sintetice eternamente la grandeza del sacrificio y el ejemplo de la Casa del Obrero Mundial! ¡Ánimo, pues, mis queridos hermanos! ¡Levantemos con energía el brazo fuerte que empuñe la piqueta demoledora para la completa destrucción de esos traidores, para la completa destrucción de esos cobardes! Hagamos a un lado, como cosa inútil, toda esa canalla de vampiros que son obstáculo para los ideales que venimos persiguiendo. ¡Adelante, hermanos! ¡No nos detengamos ante el fuego de los cañones, ni nos arredre el silbido de las balas, ni temblemos ante las trincheras de nuestros enemigos! ¡Muera la reacción! ¡Viva la Revolución Constitucionalista! ¡Viva la Casa del Obrero Mundial! ¡Adelante, que ya vencen la razón y la justicia! ¡El triunfo es nuestro!"
Apenas tres meses antes, estos dos obreros muertos y todos los que formaban parte de Los Batallones Rojos estaban alejados por completo de las hostilidades de la Revolución. En efecto, agrupados en la COM, ideológicamente distantes de las distintas facciones en pugna, habían sido simples espectadores de los combates, pero todo cambió a partir de febrero de 1915, cuando se les convenció de participar en la lucha aliados al carrancismo, "tomando las armas para acelerar el triunfo de la Revolución". En respuesta a su sacrificio, "el gobierno triunfante mejoraría sus condiciones laborales por medio de leyes apropiadas", comprometiéndose además a atender "las justas reclamaciones en los conflictos que se suscitasen entre los obreros y los patrones como consecuencia del contrato de trabajo".
Jorge Basurto, en "El proletariado industrial en México", apunta que la respuesta de los obreros llegó a ser enorme y que "en algunos lugares se tuvo que hacer una selección porque de lo contrario se hubieran paralizado todas las actividades económicas y comerciales. En otros, el reclutamiento se hizo con gran dificultad, debido a que algunos de los elementos más radicales, fieles a su convicción anarcosindicalista, convencían a sus compañeros de que para solucionar sus problemas laborales no había necesidad de unirse al ejército carrancista, y que no tenían más que apoderarse de las fábricas y de las máquinas, puesto que les pertenecían a ellos mismos". Siete mil obreros, carpinteros, tranviarios, textileros, choferes, etc., decidieron participar en la revolución, logrando formar seis Batallones, "además de un grupo de enfermeras obreras al que se dio el nombre de Ácrata". En Ébano, además de Solorio y Pérez fueron abatidos casi la totalidad de los integrantes del batallón "Supremos Poderes".
Los trabajadores se iban a arrepentir de su sacrificio, ya que un año después de la victoria contra el villismo Venustiano Carranza incumplió su palabra, ordenando la clausura de la COM así como la persecución de sus dirigentes en todo el país, inutilizando con su traición la verdad y el fuego del discurso ofrecido por Gasca en Tampico en honor de aquellos primeros obreros caídos en Ébano.
aurelioregalado@yahoo.com
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