Opinión / Columna
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Edmundo Font
ALEGRES TROPICOS TRISTES I
El Sol de Tampico
5 de noviembre de 2009
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La Esgrima de Edmundo Font
En homenaje a dos grandes del pensamiento, el estilo y el rigor humanístico: Claude Levi-Strauss y don Francisco Ayala.
Ya casi pergeñada mi crónica con otro tema, algunos noticiarios infaustos nos han dejado saber que desaparecieron dos grandes intelectuales centenarios, con la diferencia de que el notable escritor español Francisco Ayala le llevaba tres años a Claude Levi-Strauss. A don Francisco lo traté durante una reunión de escritores en Granada, en 1995. Aunque soy andaluz prestado, la hice de Cicerón para él; en realidad, fui una mezcla de chofer y admirador reverente del maestro, y paseamos juntos por esa deslumbrante ciudad, a paso lento ya, acompañados por una bellísima joven francesa que había sido asignada para atender al ilustre profesor; una noche, la joven susodicha nos deslumbró con unos pasos de flamenco insertos en la remembranza de Bizet. Menos mal que no le tocó a la bella oriunda de Lutecia cuidar a otro figurón, al empedernido enamorado de Adolfo Bioy Casares; el gran argentino allí presente y en silla de ruedas, no jubiló nunca su debilidad por lo enigmático femenino.
Con don Francisco visitamos una casona misteriosa, a los pies de la Alhambra. Las malas lenguas atribuían al vetusto palacete túneles secretos para esconder escándalos de cama. Estuvimos a punto de perdernos en esos vericuetos. El maestro Ayala me indicó la existencia, entre vitrinas inexpugnables, de apreciables tesoros bibliográficos, entre ellos, una edición original del "Viaje alrededor de mi cuarto" de Xavier de Maistre, de 1794. Ese hallazgo me dejó intrigado y no paré hasta encontrar una traducción decente (por entonces no leía francés de manera fluida). La anécdota vale la pena contarla porque remató la buena suerte y el privilegio de convivir varias jornadas con un hombre del exilio que sobrevivió a todos los fascismos de su época y cosechó los frutos de la modernidad democrática de su país, algo que jamás verían sus contemporáneos García Lorca, Machado o Hernández.
Poco tiempo después del encuentro de escritores, partí temprano, una mañana de domingo, al mercado de viejos del barrio chino de Barcelona, con la certeza de que me depararía con la célebre obra de Xavier de Maiestre. Tan seguro estaba de que me aguardaba un ejemplar del "Viaje alrededor de mi cuarto", que tracé una rayuela imaginaria y la jugué durante dos horas de pesquisa, de mesa en mesa. Me dije: ojo, cuando veas el ejemplar no lo toques. Disfraza la ansiedad. Degusta el momento del triunfo. No sólo para que el vendedor no encarezca el fruto deseado, sino para saborear un hallazgo cargado de magia, en honor de don Francisco, al que habría que referirle un día la charada.
Esa mañana de otoño, ya fría y húmeda, a media cuadra donde sitúa Carlos Ruiz Zafón la historia inicial de "La Sombra del Viento", encontré a varios amigos, entre ellos a Terenci Moix, en busca de sus estampitas de colección, pero nada del libro supuestamente predestinado para mi hallazgo improbable. Me faltaba de revisar una mesa, la más desordenada de todas. Me aproximé con cautela y ya con una pizca de desesperanza. Demoré entre las pilas de libros 10 minutos más; sin jurar en vano, juro que la bella edición de De Maistre estaba allí, esperándome. Huelga decir que me abalancé sobre el precioso ejemplar sin respetar las reglas del juego. La tensión era insoportable. He querido justificarme, pensando que podrían haberme ganado la obra en un último segundo. No fue así. Salí con ella como un infante impaciente con juguete nuevo. Se trataba de una vieja edición totalmente virgen, valga la exageración. Debí desprender las hojas cuarto por cuarto, nunca mejor dicho.
La ironía de esta historia estriba en que nunca la referí don Francisco Ayala y ya es demasiado tarde.
Como se habrán percatado, el título de este texto es un juego de palabras conformado con el nombre de una de las obras más destacadas del gran antropólogo francés desaparecido el mismo día que don Francisco. Ya dije que ambos voltearon la esquina de un siglo, y lo hicieron con extrema lucidez intelectual, de allí la bella singularidad de su existencia, truncada apenas. En la próxima entrega hablaré, tangencialmente, de ese portentoso intelectual y científico al que Octavio Paz dedicó un ensayo muy honesto, que ayer mismo comencé a releer: "El Festín de Esopo". La muerte es cruel pero justiciero heraldo que actualiza el único homenaje posible, leer de nuevo a quien enmudece para siempre, habiéndonos dejado una estela de luz para extraviarnos menos.
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