Opinión / Columna
 
Rubén Núñez de Cáceres 
ACERCA DE OCTUBRE Y OTROS OTOÑOS.
El Sol de Tampico
18 de octubre de 2009

  "...en los ojos del joven

resplandece la llama,

pero en los ojos del viejo,

brilla la luz..."

Víctor Hugo.

Rubén Núñez de Cáceres V.

La lumbre refleja de la vida, que fue sin embargo un día esplendorosa llamarada, se va haciendo cada vez más tenue en nosotros cuando octubre se avecina. Para algunos su advenimiento es mortificante porque su luz mortecina nos anuncia sin más que el otoño finalmente llegó. Para otros, en cambio, es gozo por la certeza en la cosecha de ese fruto dorado que sólo recoge quien ha sabido vivir.

En ambos casos, octubre es premonición y patente privilegio en ese declive que inexorable se aproxima y que es preludio del ya cercano invierno, a la par del hecho indiscutible, aunque jamás apreciado con justicia, de que hemos llegado hasta ahí, lo que no todos pueden asegurar. Y es por ello que la dignidad con que lo enfrentemos debe ser más fuerte que el sentimiento ambivalente de saber que se está en el umbral de ese examen final que todos deberemos presentar un día.

Por eso, a veces octubre nos duele quizás porque jamás nos preocupamos por la preparación de su ritual. El otoño se convierte entonces en una estación que quisiéramos soslayar, mezcla de disgusto y justificado desasosiego. Tal vez sea porque su asalto -presentido pero nunca prematuro- contraviene nuestros innatos deseos de permanencia y la oculta necesidad que abrigamos todos de creer en la perennidad de mayo.

Y es así que en ese tiempo empezamos a maquillar nuestros cuerpos, con la vana e ingenua pretensión de aparentar una lozanía que ya no existe y neciamente deseamos anclar nuestra vida en un tiempo que ya no nos pertenece, a través de sofisticados artificios que sólo nos duelen más, pero que en el fondo ocultan el deseo de detener el inflexible paso de la edad con esos recursos frágiles que no logran, sin embargo, hacernos desandar el camino que un día recorrimos en el bullicioso encanto de nuestra juventud.

Pero, paradójicamente, octubre puede ser tan fragante como la rosa de abril que un día aromó nuestra primavera. Basta que veamos su esplendor magnífico como preámbulo de un gran final; que entendamos que el tibio calor que aún puede proporcionarnos es resultado de que antes fue lumbre maravillosa; que veamos regocijados cómo a la sombra de ese árbol añoso y de su robusta fronda, algunos todavía encontrarán reconfortante cobijo y sepamos ver cómo en la brazada de los oros aún cálidos de su verano perdido, los suaves vientos de la noche mecerán los nidos de aquellos que son ahora ya fruto cierto de lo que antes representó tan sólo un sueño entrañablemente acariciado.

Desde esa perspectiva, octubre es el plácido regazo en el que más adelante se refugiarán los otoños siguientes los cuales desde su primavera vibrante, deberán caminar hacia ese crepúsculo dorado que gozoso les esperará más tarde. Y por ello no debemos ver en él la amenaza gris que pesimistas nos imaginamos casi siempre, y que cruel despoja nuestra vida de su encanto y su fascinación, sino la esperanza viva de un nuevo amanecer.

Porque octubre, es cierto, representa el otoño inevitable, pero de ninguna manera la despiadada visión de algo que limitará nuestra búsqueda esencial de trascendencia. Octubre es presagio, no triste desventura, sabiduría que puede compartirse y no un saber incierto, acogedor rescoldo cuya naturaleza es la ternura y nunca la decepción; serena tranquilidad y no letargo inerte; inquietud pero no por un destino ingrato, sino al contrario, por la certeza de otra aurora luminosa, que vendrá sin duda, por cuanto tuvimos un día la audacia de soñarla.

Octubre es, en fin, sólo el brillante prólogo de esa culminación generosa que hizo posible, por otra parte, el milagro de la vida en aquellos en los que se repetirá su música; cercanía de la fuente original de donde procedimos y regocijo definitivo de quienes siguiendo nuestros pasos, encontrarán en nuestra actitud frente a su presencia, el nombre justo que debe darse a la existencia humana.

Hay quienes ven la vida desde la primavera o el verano con la certeza del otoño, pero sin experimentar angustia por éste, que no por cierto debe ser mortificante. Marcel Proust afirmó en una ocasión: "La delicia de nuestro viaje no consiste tanto en ver muchas cosas diferentes, sino en ver las mismas con ojos diferentes". Margaret Lee Runbeck escribió igualmente que es al final del día que comprendemos que "la felicidad no es una estación a la que se llega, sino sólo una manera de viajar."

Y es verdad. Cuando nuestro otoño llegue habremos sin duda visto muchas cosas, pero las habremos gozado mejor, si las vimos con mirada diferente, en cada etapa por la que nuestros sueños nos condujeron. Y una de ellas es que, inevitablemente, octubre es sólo un lapso más de tiempo en medio de tantos otros otoños, en los que todavía se asoman, malva y oro, los esplendentes matices de esa vida con que radiante se vistió el asombro alucinado de nuestra magnífica temporalidad, al participar con júbilo de su danza eterna.














 
Columnas anteriores
Columnas anteriores
Cartones
Columnas