Opinión / Columna
 
Rubén Núñez de Cáceres 
ALGUN DÍA, LA PATRIA
El Sol de Tampico
13 de septiembre de 2009

  "...El árbol de la libertad

debe ser regado, de tiempo en tiempo,

con la sangre de héroes y traidores..."

Thomas Jefferson.

Rubén Núñez de Cáceres V.

Un día, hombres valientes y esforzados provenientes de Aztlán," lugar de las garzas" o "lugar de la blancura", edificaron una patria primigenia en un lugar, en el que tal como sus dioses les habían profetizado, encontrarían en medio de un lago a un águila devorando una serpiente. En aquella tierra para ellos prometida, nuestros audaces y soberbios antepasados iniciaron el camino hacia un horizonte de gloria, imaginario colectivo que nosotros sus descendientes aún buscamos esperanzados, con el espíritu y la mirada puesta en ese pasado del que somos orgullosos herederos, pero viendo también hacia el futuro con la ilusión de construir finalmente en él nuestro destino.

Otro día, esa patria se encontró sometida a la ambición del conquistador extranjero, pero de entre ellos mismos un grupo de soñadores como los primeros quisieron refundarla con nuevos matices, aquellos con los que ahora el mestizaje nos engalana. En la cruenta lucha por la búsqueda de esa identidad, otra patria nació en el estallido fervoroso de su grito de independencia, que aun cuando no acabamos de entender cabalmente, ya desde entonces presagiaba perfiles de heroísmo. La sangre de aquellos héroes fecundó el incipiente árbol de nuestra libertad y la patria avizoró un destino promisorio y diferente. Dios mismo lo había escrito en el cielo como prenda de la futura gloria de esa nación de hombres libres que lo recibirían en heredad.

Un día nuestra patria se vio de nuevo disputada por quienes creyeron ser sus dueños exclusivos, y en medio de dogmas e ideologías que se mezclaron con insana ambición de poder, soberbios e incapaces de encontrar derroteros comunes en la divergencia de opinión, mutuamente se culparon de traicionarla, con pretextos razonados y vagas explicaciones de una redención que creyeron les pertenecía sólo a ellos. Y unos, desdichados ignorantes de lo sublime, y otros fatuos protectores de sus propios intereses, se enfrentaron hasta devastar la patria común haciendo enemiga la propia sangre. La patria entonces se vistió de luto viendo como sus mismos hijos se convertían en sus depredadores y cercenaban su vientre, con el egoísmo siniestro de la lucha fratricida.

Otro día igualmente infausto nuestra patria fue saqueada y mutilada por la voracidad de otro invasor extraño, enemigo implacable y ventajoso. Empequeñecida en sus límites, pero no en su honor, la patria respondió con el duelo dolorido de sus propios hijos y en cada uno tuvo un soldado que defendió su dignidad con la vida misma. Los ecos de su muerte injusta aún resuenan en nuestros oídos, pero la suave patria del poeta continuó alimentando nuestros sueños, gracias a la sangre por ellos derramada, lo que hasta ahora nos ha impedido consumirnos en el crisol de lo que nos es ajeno.

Un nuevo día, después de sometimientos crueles y estériles luchas de caudillos, la patria sorprendida encontró nuevos cauces para lograr ser de leyes y no sólo de hombres. Inscribió entonces su nombre entre los de las demás naciones, como quien construye su destino por encima de vaivenes y tempestades a través del derecho, para que así las instituciones marcaran nuestra senda en la justicia y nuestro rumbo como país soberano fuera definido con ideales claros y elevados, reclamo de toda conciencia que desea ser auténticamente libre. Para ello, la patria dio de nuevo a luz generosa a hijos preclaros y próceres ilustres que nos legaron la aspiración de vivir en el orden, único patrimonio verdaderamente valioso de todo hombre bien nacido.

De Aztlán a Tenochtitlán, De Hidalgo a Juárez, de Díaz a la Revolución y de los Constituyentes hasta los padres de nuestras modernas Instituciones, nuestra entrañable patria se ha ido gestando y naciendo en el doloroso parto de sí misma, a través de todos y cada uno de los que con fe la heredamos.

Pero el camino es todavía arduo y cuesta arriba. Por eso requiere de saber compartir esfuerzos, olvidar los despropósitos que hasta ahora han limitado nuestro crecimiento y hacer coincidir los intereses incluso divergentes. Nuestra democracia es aún frágil y el autoritarismo, siempre presente, lo está hoy por hoy quizás más que nunca. Ahora es cuando nuestros sueños deben ser más grandes que nuestros desafíos. Somos todavía un pueblo joven, pero brioso y decidido que anhela construir, en estrecha comunión con todos los que lo formamos, un destino mejor y una patria más grande en la que sepamos convivir todos sus hijos, cualquiera que sea nuestra forma de pensar, creer o sentir.

Es por ello que aún lucha silenciosa contra los que ocultos en las callejones, hieren su dignidad con afanes mezquinos y todavía gime con el dolor de tantos hijos lastimados por la injusticia, la intolerancia y la pobreza. Pero paciente y generosa aún anhela para las generaciones futuras un horizonte sin tantos quebrantos e irrealizadas utopías, para cancelar así, de una vez por todas, la posibilidad de repetir pasados dolores y fallidas esperanzas

Un día esa patria encontrará el eco de su voz dolorida en todos nosotros, que finalmente somos ella. Y tal vez en ese día podamos ver que nuestra patria, en el trabajo que produce y que compite, en la aspiración cumplida por la democracia y la justicia, en la vocación plural de un desarrollo que se comparte, camine altiva, sin temores ni amenazas, por el rumbo de una aurora verdaderamente promisoria para todos sus hijos.


 
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