Opinión / Columna
|
Edmundo Font
DE CRONICAS A CRONICAS
El Sol de Tampico
20 de agosto de 2009
|
La Esgrima de Edmundo Font
Hay crónicas que se piensan, poco o mucho, pero eso resulta intrascendente para el tema que nos ocupa; otras notas se imponen, a pesar de que quien escribe una columna cada semana anda como cazando mariposas en lo que llamamos realidad, para compartir con el lector los desatinos o las pertinencias de las reflexiones. Temas siempre habrá. A muchos de ellos no queremos ni acercarnos, tanta es la cola que tienen que les pisen.
No suelo castigar a quien me sigue en estas páginas con la denuncia permanente de la violencia que chorrean los periódicos y el contenido de los hechos de sangre, casi completo, en los noticieros de televisión. La discusión peregrina seguirá siendo si es una obligación o no de los medios reflejar los acontecimientos con toda su crudeza.
Hay locutores de televisión que debieron haber estudiado para actores. No leen la nota en el tono neutral que todos agradeceríamos. Ya bastante dramatismo se registra en los contenidos como para que todavía se "edulcoren" con tonaditas de comadre en un mercado (Es un decir, no tengo nada contra el chisme popular, ni contra el ágora donde se ventilan los asuntos apremiantes).
A los tonos inmisericordes de esos periodistas, que concluyen sus frases sin pronunciar las últimas sílabas, se agrega siempre una musiquita para "amenizar" los crímenes o tal vez para soltarnos la lágrima. Sería cómico, si no fuera enojoso. El ejemplo de esas cadenas de televisión a nivel nacional es poco constructivo. Van dejando, en los aspirantes a ese bello y trascendente oficio, una huella profundamente anómala que los jóvenes con vocación de periodistas no están en condiciones de contrastar. La televisión de paga es carísima y habría que ser versado en idiomas para asistir a los estupendos noticieros de la Deutsche Welle, "O Globo", TV5, a los de Televisión Española o hasta los telediarios de la RAI, aun bajo la bota de Berlusconi. Allí se escuchan y se ven hechos concretos, no interpretación de los mismos. Los presentadores hablan en nombre de un equipo de profesionales. No se les ocurriría nunca autodenominarse: les tengo, les informo, les, les, les, yo, yo, yo...como si la pontificación del personaje que lee lo que le preparan y le editan naciera de una sabiduría autorizada para formar una opinión pública que en realidad se encuentra secuestrada por un estilo que no conoce el tamiz de la autocrítica.
Como el océano, es profundo el abismo que nos separa de ese periodismo preocupado con el término veraz e imparcial, en la medida que eso puede alcanzarse. Aquí no sólo "gritamos" o subrayamos con enjundia la noticia, o repetimos frases, machaconamente, para imprimir un sello personal, un estilo que termina resultando contraproducente y antipático. Tampoco cuidamos la dicción más elemental. Hay un triste locutor de un canal "sideral" que encabalga y deja de pronunciar las frases de manera completa, en el horario más destacado de la noche, con tal de "conmovernos" con su narración compungida. Además, acentúa las palabras a placer, con un acento desnaturalizado que no corresponde siquiera a los numerosos que dividen nuestra geografía. Nada de ello puede ser visto como emisión apropiada de la información. Es muy triste que una sólida tradición de prensa que alguna vez representaron brillantes profesionales mexicanos de la talla de Renato Leduc, por citar un solo nombre de una pléyade, se haya quedado aparcada, "nivelando por lo bajo" la herencia de una cultura tan rica y poderosa como la mexicana.
Desconozco si alguno de nuestros diarios tiene un manual de estilo, por ejemplo, a la manera de grandes periódicos en español, como "El País" o El Mundo. Precisamente, ya hablar de la prensa escrita, sobre todo en provincia, es también preocupante, por el tratamiento dado a los hechos de sangre. Me refiero también al manejo del lenguaje. La sintaxis pareciera cosa superflua. Frases como "desalmado y ebrio sujeto" y otras perlas por el estilo, no agregan más que morbo a la supuesta noticia. Tampoco es constructivo mostrar cuerpos de seres humanos abiertos en canal, como si se tratara de gráficas captadas en el rastro. Me dirán que la "gente" demanda ese material y es verdad. Me ha tocado presenciar una escena lamentable donde un jefe de familia, acompañado de su esposa e hijos pequeños llegaba al puesto de periódicos preguntando: ¿no le queda un ejemplar con las cabezas cortadas en primera plana?
Sin embargo, el morbo popular no debería ser saciado para vender más periódicos. Esa violencia desata otra peor, el relajamiento moral. Cada vez que veo una fotografía de una persona asesinada pienso en su dignidad, arrancada no sólo por su vida perdida. Se atropella impunemente el sentimiento de sus seres queridos, confrontados con el tratamiento mercantil de su sufrimiento.
Pero como suele ocurrirme, la larguísma disquisición anterior fue un preámbulo para la verdadera crónica que resumo ahora: en estos días tuve que parar un taxi en la calle para que me condujera al aeropuerto internacional. Un señor que pintaba más canas que yo me expresó de inmediato una enorme tribulación. Nada más arrancar el coche me pidió una disculpa por no haberme dado los buenos días. Acto seguido expresó que venía de pasar un mal trago. Era obvio que deseaba desahogarse y lo animé a contar su pena.
-Vengo de ver al patrón de mi esposa. La denunció por el robo de cuatro mil dólares en mercancías de la bodega a su cargo. Para que no la llevaran directo al penal tuve que afrontar el pago de esa cantidad y le firmé un pagaré poniendo el taxi como garantía. Fui a pedirle una prórroga de unas horas para completar esa cantidad, después de vender media casa y pedir préstamos. La respuesta fueron una serie de injurias e improperios y me dio una hora para entregar mi herramienta de trabajo. Claro que creo en la inocencia de mi mujer. El patrón ya la maltrataba, la acosaba. Meses atrás la amenazó con represalias si renunciaba y se lo cumplió.
Pregunté porqué no se había amparado. Inquirí también porqué no había intervenido un abogado a tiempo. El que contratamos se vendió -me dijo- y la amenaza de que mi esposa acabara en prisión todo un fin de semana nos hizo pactar injustamente. El señor pertenece a una comunidad que sobrevalora el dinero. Y acto seguido mencionó el origen, (políticamente incorrecto repetirlo) de dicha colectividad.
El taxista estaba cayendo en un prejuicio que tanto daño hace y que se suma a la primera injusticia. No es válido culpar de un hecho reprobable a alguien por sus vínculos de raza. Sea como fuere y extremos desdeñables aparte, el señor taxista atravesaba un drama más de una selva, ya no de asfalto, sino de infortunio, donde la cuerda se rompe siempre por lo más delgado. Y esto termina siendo parte del alma colectiva.
Columnas anteriores
Columnas anteriores