Opinión / Columna
 
Rubén Núñez de Cáceres 
DE NUESTROS PADRES APRENDEMOS...
El Sol de Tampico
23 de junio de 2009

  "...Un día vendrá un emisario

mío a cobrarte,

será una gota de tu sangre...

y a él, hijo mío,

como hombre honrado,

deberás pagarle..."



Rudyard Kipling.

Rubén Núñez de Cáceres V.

De nuestros padres aprendemos una parte importante de lo que a lo largo de nuestra vida por mucho se nos enseña, y que es fundamental para saber vivirla.

De ellos aprendemos lo positivo y algunas veces también lo negativo; lo alegre y lo triste, lo grato y lo ingrato, en medio del ambivalente asombro del que sabe que de todo ello se compone la experiencia de disfrutar su esplendor magnífico.

Así aprendemos, por ejemplo, acerca de la noble virtud del heroísmo, porque tal como en ese tiempo podíamos entenderla, fue lo que más admiramos en ellos, y recordamos con más ternura ahora que ya no somos niños. Para nuestros ojos, aún inocentes, no había hazaña que nuestros padres no fueran capaces de realizar, tarea que no supieran resolver, pena que fueran incapaces de soportar y obstáculo, que ante nuestra sorprendida mirada, ellos no pudieran superar.

Aprendimos, ahora lo sabemos, tanto las cosas sencillas como las difíciles, como lo fue el incierto pero retador comienzo de nuestro caminar, el poder manejar con destreza una bicicleta, saber cómo nadar, o empinar una cometa una tarde de abril. Ellos estuvieron entonces, en cada momento de nuestro crecer, animándonos cuando tropezamos, sonriéndonos cuando estuvimos enfermos y también ayudándonos a resolver los problemas escolares a pesar de que llegaban cansados de su trabajo. Y con su devoción y su cariño hacia nuestra incipiente vida, nos entusiasmaron siempre para que no desfalleciéramos y pudiéramos luchar sin descanso, hasta por aquello que en nuestro corazón creíamos que no tenía remedio. Y permanecieron con nosotros como respuesta sincera y leal que nos proporcionó confianza en la búsqueda de nuestro destino.

De nuestros padres aprendimos, aunque al principio no lo entendiéramos plenamente, que ellos también eran débiles, vulnerables y temerosos, porque al fin y al cabo se trataba de seres humanos y no de los superhéroes que diseñó feliz nuestra imaginación, como un mecanismo de defensa para nuestra alma aún sin dobleces. Pero cuya sabiduría y fortaleza fueron la prenda de nuestra seguridad futura.

Aprendimos de ellos que los sueños son alcanzables, pero que también las decepciones son posibles; que los ángeles existen, porque sin duda un día lo fueron y para muchos lo siguen siendo todavía, y con valentía nos defendieron de los demonios, que también existen, y que nos rondaron en todo momento buscando devorarnos. Pero que no contaban con el poderoso escudo de su amor que nos protegió siempre.

De nuestros padres aprendimos, aunque poco lo hayamos comprendido antes, y quizás hasta se los hayamos reprochado, el precio que debieron pagar por ser proveedores y recolectores, agobiados sí, pero animosos siempre, que pusieron el pan en nuestra mesa para que nada nos faltara; aunque a veces, en ese esfuerzo subvaluado e incomprendido nos dejaron caer impensadamente de sus brazos, demasiado cansados para poder sostener tanta carga al mismo tiempo. Por dulce que haya sido para su corazón la nuestra.

Ahora sabemos que si dudaron en diferenciar lo urgente de lo importante, finalmente ambos fueron elegibles para la nobleza de su alma e igualmente prioritarios para su mente demasiado ocupada a veces para razonarlo. Y es por eso que de ellos recibimos tanto la paciencia como la intemperancia no meditada; la plática serena y el grito impaciente del que más tarde se arrepentirían; la risa y el enojo; el entusiasmo y el desánimo, lo agrio del temor y el regaño tantas veces fingido, junto con la dulzura del abrazo y la caricia que nos ayudó a crecer, como también esos juegos que compartimos en el silencio de las horas idas, y que tejieron el vínculo irrompible entre ellos y nosotros.

Y si hay algo que nadie podrá negar jamás es que, a pesar de lo intrincado de su rutina y su forma peculiar de ser padres, buscaron siempre la mejor manera para manifestarnos la maravilla que su amor ha sido, a través de la constante batalla que debieron enfrentar para no parecer débiles. Por eso debieron enmascarar muchas veces su frágil dureza en detrimento de su innegable ternura hacia nosotros sus hijos, en esa su sonrisa, que apenas perceptible, les hizo sentirse orgullosos de nosotros al ver nuestras calificaciones o contemplar en apariencia distraídos y, aunque fuera sólo de vez en cuando, la ronda infantil o el festival en que participamos, ese que esperamos siempre que tuvieran un poco de tiempo para asistir y vernos.

Aprendimos, en fin, la vida misma que por ellos ahora en nosotros se repite. Porque al fin y al cabo nuestros padres fueron seres de carne y hueso, no entes etéreos o semidioses, material privilegiado pero no divinizado, duda constante entre el querer y el poder, el ser y el tener, el dar y darse, el amor y la disciplina. Porque de ellos recibimos la herencia misma de la inmortalidad y los cimientos sobre los que, con su ayuda, pudimos construir nuestro futuro.

Y por eso, en este sencillo tributo, queremos decirles que aunque a veces nos parecieran avasallados por tantas penas e infortunios que la vida encierra, les damos las gracias porque jamás se rindieron y fueron siempre la esperanza firme en la que encontraron ruta cierta nuestras propias ansias de trascender. Y que estén ciertos que la luz de sus ojos resplandecerá por siempre en los nuestros, como a su tiempo brillará la nuestra en la de los propios hijos, reflejos todos, finalmente, de la generosidad de su corazón, que nos hizo participar un día de la hermosa cuanto perenne danza de la vida.


 
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