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Opinión
![]() Rubén Núñez de Cáceres
LAS PLEGARIAS DE LOS NIÑOS
El Sol de Tampico
10 de mayo de 2009
"...y no intentéis darles
vuestros pensamientos, pues ellos tienen los propios..." Gibran Jalil Gibrán. Rubén Núñez de Cáceres V. Si pudiéramos escuchar, muy dentro de nuestro corazón, las oraciones que brotan del alma inocente de nuestros niños, tal vez nos llevaríamos algunas sorpresas. No oiríamos, por ejemplo, que piden por lo que de ordinario acostumbramos enseñarles para que lo aprendan de memoria y que tal vez sea importante para nosotros, pero que no lo es tanto para sus mentes, aún no contaminadas por la frase hecha y el cliché. No les oiríamos pedir quizá por sus abuelos, porque con sólo verlos coronados de años, con su voz tranquila y su mirada serena, ni siquiera serían capaces de imaginar cuál sea la razón por la que es necesario rezar por ellos. No pedirían para sí mismos una magnífica escolaridad y rimbombantes títulos académicos o un puesto ejecutivo para cuando el futuro les arrebate con su prisa, porque su horizonte es ahora solamente el asombro y la curiosidad, no la filosofía del logro, el reconocimiento, o el debate ideológico, quizá porque adivinan ya que eso un día les podrá volver solemnes, egoístas y fatuos. Y tal vez tampoco pedirían porque la crisis que hoy nos agobia se vuelva más llevadera, y porque la globalización que todo nos promete se vuelva mas humana para nuestras vidas, ya que sus sueños en ese tiempo, afortunadamente, aún son compatibles con la inclusión ajena, el amor y la compasión. Si pudiéramos oír la profunda sencillez de las oraciones que por las noches musitan nuestros niños, sin duda quedaríamos asombrados, con el azoro a flor de piel, ya que nos harían reflexionar sobre su sentido, que no por inesperado, es menos trascendente. Les oiríamos pedir, eso si, que ojala Dios les convirtiera en televisores para ser de pronto el centro de atención de toda su casa. Y si la pantalla es más grande que su mirada, mejor, porque hasta ahora, la suya no ha bastado. Pedirían porque todo mundo callara cuando ellos hablan, aunque dijeran tonterías, perdonables en la caja idiota, y en el analista político sabihondo, pero no en ellos. Y que todos en casa les invirtieran horas y horas sin pestañear siquiera, como hacemos con la computadora, el celular y el inefable Internet Explorer. Pedirían ser el automóvil de papá, con seguro de cobertura amplia, MP3 y aditamentos de lujo para que a la menor falla fueran llevados inmediatamente a reparar. Ser cuidados con esmero y no permitir que nadie los tocara siquiera. ¿Se imaginan a un niño convertido en el centro comercial preferido de mamá? Visitados con gusto y con frecuencia, verse convertidos en la oferta mas codiciada y que les tuvieran tanta paciencia que pudieran ser recorridos palmo a palmo, sin prisa y sin enojo y que jamás se cansaran de verlos una y otra vez. Y tal vez entonces serían más consentidos de lo que lo son, como simples niños. Si pudiéramos oír las oraciones de los niños, tal vez les oiríamos pedir que ojala Dios les convirtiera en un partido de fútbol, y así ser de pronto el foco de atención de sus papás; lograr que todo mundo llegue corriendo a verlos; hacer que todos conozcan a fondo sus fallas y sus virtudes y así saber la estrategia que se les debe aplicar para que resulten más atractivos y siempre tuvieran con ellos una marcación personal. Y que se les mencione en la sobremesa, con los amigos y estén siempre presentes en sus platicas como personas importantes en su vida. Es verdad, si pudiéramos escuchar las oraciones de nuestros niños, nos llevaríamos algunas sorpresas. Pero la mayor de todas es que nos daríamos cuenta que sus peticiones no tienen sofisticación alguna: ellos simplemente quieren que los cuidemos como lo hacemos con nuestras cosas más triviales e intrascendentes; o nuestras posesiones mas preciadas, que los amemos para que así, insospechadamente, les proporcionemos la capacidad de amar en el futuro; que fomentemos su autoestima, acariciándolos física y psicológicamente y que no abusemos de su debilidad con el pretexto sutil de que estamos formándolos en el camino del bien. Pedirían finalmente que los respetemos tratándolos como niños y no como adultos tempranos; que no pensemos que nuestro papel frente a ellos termina cuando les otorgamos cosas, si no van unidas al afecto, la ternura y el cariño y que no son prolongaciones nuestras, ni cumplen aspiraciones insatisfechas, porque como dice Gibrán, los niños no son nuestros, son simplemente hijos del anhelo de la vida. Un poeta ingles, W. Woordsworth, escribió alguna vez que el niño es siempre el padre del hombre. Tal vez en ninguna parte encaje mejor esta frase que en las oraciones de los niños. Los adultos pedimos cosas que muchas veces a los niños les resultan incomprensibles. Y los niños a su vez piden cosas que a los adultos les resultan extrañas. Pero en ambos casos, la paradoja es que finalmente las oraciones de ellos hacen aflorar en nosotros al niño que todos llevamos dentro, quizás con la esperanza de que, aún cuando ya seamos adultos, no se nos pierda nunca la inocencia de esa niñez, única capaz de traducir cabalmente los sueños de unos y de otros. Columnas anteriores
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