|
Opinión
![]() Rubén Núñez de Cáceres
EL PODER DEL AMOR
El Sol de Tampico
15 de febrero de 2009
"No sé como quieren los otros,
ni cómo amaron antes, pero yo vivo, naturalmente enamorado..." Pablo Neruda. Rubén Núñez de Cáceres V. Es posible que haya usted escuchado a los nuevos gurús del amor, refiriéndose a él y a la necesidad que tenemos de verlo bajo nuevos parámetros, que nos hagan apreciarlo en su justo valor y no sobredimensionarlo como desafortunadamente ha sucedido, dicen ellos, debido a su matiz de romanticismo. Esta novedosa filosofía incluye la pretensión de salvarnos a muchos de las visiones trasnochadas de ese amor que sólo nos despersonaliza, haciéndonos dependientes de otros, lo que es desde luego injusto. Las relaciones afectivas, dicen, están pasando por transformaciones profundas, que han revolucionado su propio concepto, y que por lo mismo debería ser revisado. El amor, según estos expertos, debe ser visto en el contexto de descubrimientos tecnológicos de alcances inimaginables y de los cuales no podemos sustraernos. Para ellos el amor romántico es la causa de todas nuestras desdichas porque coarta el deseo de la legitima soledad que nos hace ser nosotros, y nos convierte en egoístas que toman la energía de los demás para su beneficio. Una idea así debe ser erradicada del cerebro humano, ya que aceptarla nos convierte en sólo una parte de algo, en un complemento de alguien, siendo nosotros enteros y unidades absolutas, no partes de nada o de nadie. Supuestamente las premisas del amor romántico son precisamente esas: hacernos partes de entidades que necesitan encontrar su otra mitad para sentirse completas, a pesar de que ambas son unidades que, debido a esa visión errada, jamás se han visualizado como tales. Esto trae como consecuencia la pérdida de la propia personalidad, como tristemente se vio en otro tiempo con la mujer, que casi perdió su sentido de identidad al fundirse, por mandatos socioculturales obsoletos, con el ser del hombre. Obviamente todo esto no es necesariamente cierto. Hace treinta siglos, Salomón, quien tenía una gran cantidad de mujeres y concubinas, escribió una de las páginas más brillantes sobre la innegable autonomía de la mujer en su hermoso "elogio de la mujer fuerte". Y modernamente Gibrán escribió que el verdadero amor entre dos personas es como un templo cuyas columnas aún estando separadas sostienen su techo; o como dos cuerdas de una guitarra que sin estar unidas, cuando se pulsan tocan la misma melodía. No es pues el amor romántico, la raíz de todos nuestros desajustes emocionales, sino cómo el amor es visto por algunos, de cualquier tipo que ese amor sea, maternal, filial o marital. Por eso no es válido generalizar y aunque en el peor de los casos, cierta dependencia llegara a darse, podríamos convertirla en la intersección fecunda, y no necesariamente enfermiza, por la que dos círculos pueden seguir teniendo su independencia, a pesar de que se necesitan, como sucede con los dos hemisferios del cerebro que se interconectan, a pesar de ser autónomos en su actividad, para completarse y hacer así congruentes sus funciones especificas y mantener su equilibrio. Tanto el deseo como la necesidad deben coexistir porque la naturaleza misma de la que estamos dotados sólo encontrará así su sustento y su justificación. "No es bueno que el hombre esté solo, dice el Libro Santo, hagámosle una compañía semejante a él". Frente a las teorías indoloras del amor que se centra, con el pretexto de la autonomía, sólo en el sujeto que ama, el cual supuestamente viviría feliz con o sin el ser amado, porque de otro modo perdería su valor; frente a la concepción del amor que encuentra la donación de sí mismo, como una fórmula inaceptable de despersonalización y un estorbo a la propia realización, se encuentra otra, la del amor que es difusivo por naturaleza y no necesita otra justificación para existir que el ganar puro. El poder del amor así entendido es la entrega al otro porque sí, para proporcionarle felicidad, sin que eso signifique inmolación sino sentimiento que el corazón generoso ofrece por el placer simple de hacerlo, sin enredadas explicaciones psicológicas para no hacerlo. Es Cristo, Teresa, Héctor y Penélope, Sor Juana y Alfonsina Storni, Neruda y Wilde, para quienes el amor nunca necesitó explicaciones rebuscadas para ser más fuerte que la muerte. Es posible sin embargo que el amor en muchos casos sea tal como lo describen los modernos psicoterapeutas. Quizás los poetas sean sólo seres patéticos, dependientes y despersonalizados; los novelistas y dramaturgos que sobre el amor tratan, resabios de tiempos ya idos; la retórica amorosa una necedad; aquello del "alma gemela" una ridiculez ya superada y el amor así entendido no sea sino una pasión sin sentido, explicada tan sólo por química neuronal, secreciones ciegas y hormonas activas, prefijadas y fatales y además de irrenunciable caducidad. Pero también es posible que Antígona y El profeta, el Libro de Buen Amor, Otelo y Veinte canciones de amor, Desde los afectos y el Cantar de los Cantares, no estén tan errados. Que el amor sea muchísimo más para quienes en él creen, y no merece ser estigmatizado por esos seres especiales que quieren convencernos de que nuestros pobres paradigmas de él deben ser reemplazados por los que ellos nos dan, ya que éstos si nos dicen la verdad, y son los que realmente nos redimen de ser sombras huyendo de sí mismas. Pero quizás también suceda que ninguna dependencia, realización personal, dignidad a toda prueba, entero o unidad, o responsabilidad absoluta por mi cerebro y sus muy personales circunvoluciones, sea capaz de impedir que en un punto sienta su llamado y su encanto me sujete a pesar de todos mis reclamos de independencia, unicidad y libre decisión. Y que efectivamente, sólo quien en verdad lo probó, lo sepa. Por eso, y a pesar de los románticos incurables, y de los sabios, profundos e imperturbables y sus teorías novedosas y atractivas, el amor está ahí, "esplendor en la hierba", esperando que lo descubramos en el silencioso asombro de nuestra fragilidad. Porque todo podrá pasar, la sabiduría y los bienes, los dones y los carismas, el poder de profetizar y las invenciones maravillosas, pero él permanecerá. Tal vez nadie expresó tan bellamente ese poder como W. Wordsworth cuando dijo: "Sólo a través del amor, podemos sentirnos más grandes de lo que realmente somos". El poder del amor es así: está presente en el niño que nace y en el hombre que muere. Y aun cuando todo terminara un día ahí estará, para comenzar de nuevo. Columnas anteriores
|
Columnas
Cartones
|