Opinión
Melchor Inzunza
Pensar en Público

El Sol de Sinaloa
5 de diciembre de 2006

*Adiós, Alfredo

*Cine Paraíso

En las celebraciones cincuentenarias, referidas en la entrega anterior, faltó una no menos memorable. La de un grande de la actuación, cuya carrera cinematográfica empezó en 1956 con 'La punta corta', de Agnes Varda, y concluyó -con su vida-, en el 2006, en Trois amis, de Michel Boujenah.



Julio Inzunza Mungarro, heraldo oportuno de las malas nuevas, me hizo notar la omisión en el breve mail de su anuncio:



"Para no perder costumbre de ser un ave de mal agüero, te daré otra mala y no menos triste noticia: Murió Philipe Noiret, a quien nuestra memoria recuerda mejor como Alfredo, el entrañable personaje de 'Cinema paradiso', que vimos tantas veces."



En efecto, el aclamado actor francés había dejado de existir el 23 de noviembre pasado, a los 76 años de edad.



Entre las más de cien películas en las que participó, menciono las más conocidas y reconocidas: 'Zazie en el metro' (1960), el clásico de Louis Malle, con la que saltó a la fama; 'La gran comilona' (1973), de Marco Ferreri; El viejo fusil' (1975), de Robert Enrico, que le proporcionó un premio César (equivalente francés de los Oscar) al Mejor Actor en 1976; 'Cinema Paradiso' (1988) de Giuseppe Tornatore, que ganó el Oscar y el Globo de oro a la mejor película extranjera en 1990; 'La vida y nada más' (1989), de Bertrand Tavernier, por la que obtuvo su segundo César en 1990; 'El cartero' (1994), Michael Radford, en la que Noiret encarnó al poeta exiliado Pablo Neruda; 'La hija de D'Artagnan' (1994) de Bertrand Tavernier; y 'Padre e hijos' (2004) de Michel Boujenah.



Cinema Paradiso



Pero hay, entre todas sus películas, una que muchos, como el músico Julio Inzunza, el ingeniero José Enrique Rangel Ramos 'Toto', y yo, recordaremos siempre. Y por la que no olvidamos a Philippe Noiret y su Alfredo, amigo, mentor y de hecho padre adoptivo del niño Salvatore, también apodado "Toto", a quien inspira a realizar sus sueños, al mismo tiempo que le enseña: "... La vida, Toto, no es como las películas, es más dura, más difícil".



Me refiero, ya lo sabe usted, a Cinema Paradiso. Un filme de amor por el cine. Una mirada amorosa y nostálgica a los salas de antaño. Como las que alguna vez tuvimos en Sinaloa: la de Casa Blanca, Guasave, como lo sabe, con todo y rima, Mingo Ramírez y también Guadalupe Morales; las de los cines Rex, Murcia y Popular, igualmente guasavenses y al aire libre.



Así como en Culiacán se recuerda el Humaya, Ejidal, Alcázar, Cocos y por supuesto el Colón, donde -dice Sinagawa- se exhibieron las mejores películas europeas. ("Después de todo, fue muy divertido. Relatos autobiográficos de Herberto Sinagawa", de Luis Antonio García (2003).



Sinagawa coincidirá en que Cinema Paradiso es un honroso homenaje al cine aquel y sus estrellas.



La nostalgia



El filme narra la historia de una amistad entre un niño fascinado por el cine y un viejo proyectista de películas que hacen olvidar un poco, a los habitantes del pequeño pueblo de Giancaldo, la triste realidad de la Italia de la posguerra.



Ni para que contársela a usted, que seguramente la vio. No le costará convenir entonces con esta observación de la crítica: en el tratamiento de los principales temas de la historia (la muerte de Alfredo; el regreso del adulto Salvatore; la amistad entre Toto y Alfredo; el amor del joven Salvatore hacia Elena; o la afición del pueblo por los filmes), los personajes y sus relaciones aparecen de manera natural y sincera, y el espectador se identifica con ellos al instante.



Martín Vargas Estrada señaló que la tradición de sentimentalismo del cine italiano no fue en esta ocasión en desmedro de la calidad. Giuseppe Tornatore -añadió- creó un clásico porque el mensaje es universal: la nostalgia (literalmente, "dolor por lo lejano") como conmovedor reino de lo que el tiempo nos arrebata minuto a minuto, dejándonos sólo memorias. (Cinencuentro, 2006/ 05/ 25).



Escenas inolvidables



Entre otras, elijo dos.



Primero la de la estación del tren



Alfredo, ciego desde años antes, había impulsado a Salvatore a abandonar Giancaldo, y ahora despide al joven que se va a Roma a estudiar. El viejo lo abraza mientras le dice al oído:



-Este pueblo está maldito.¡Vete!, vete y no vuelvas nunca. No dejes que te agobie la nostalgia... Y si algún día te gana la añoranza y regresas... No me busques. No toques a mi puerta porque no te abriré. Busca algo que te guste y hazlo, ámalo como amabas de niño la cabina del Cinema Paradiso. Desde hoy, ya no quiero oírte hablar; ahora, quiero oír hablar de ti.



Toto sube al tren y lanza el último adiós a su amigo y mentor, a su madre y a su hermana, y no vuelve al pueblo hasta la muerte de Alfredo, treinta años después.



Y la final de los besos



De hecho, la película comienza cuando una noche Toto, convertido en Salvatore Di Vita (Jacques Perrin), un prestigioso cineasta que reside en Roma, llega a casa y su pareja le dice que lo ha llamado su madre desde su pueblo, "porque ha muerto un tal Alfredo". Esa mágica frase -apunta Estrada- es suficiente para dejarlo insomne y disparar la máquina de sus recuerdos.



Su regreso es un viaje hacia su niñez en Giacaldo. Ve a los personajes, mucho más viejos, a sus condiscípulos, al loco de la plaza; asiste al derrumbe del cine donde van a poner un estacionamiento y luego al sepelio, donde la viuda le dice que Alfredo había dejado algo para él.



El regalo póstumo era una pequeña lata que contenía la secuencia de todas las escenas cortadas cuando él era un niño, paciente y amorosamente armadas, cuadro a cuadro, por el anciano ciego.



La lleva consigo a la ciudad y en proyección privada empiezan a sucederse las escenas de besos censuradas por el cura del pueblo. Vemos, con él, todos los besos de todas las películas, unos tras otros, besos, besos, besos, sobre la banda sonora de Ennio Morricone y de su hijo Andrea. Música que no había dejado de encantarnos a lo largo de 'Cinema paradiso'.



Un largo adiós



Por eso quise dedicar esta columna al protagonista de Cinema Paradiso. Y, mientras escuchamos la música de Morricone, Julio, Rangel 'Toto', y yo, le damos el largo y conmovido adiós de nuestro homenaje a Philipe Noiret, por quien queremos tanto a Alfredo.





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