Opinión / Columna
 
Herberto Sinagawa Montoya 
15 de noviembre de 2009

  LA CAIDA DE UNA ESTRELLA

Marilyn Monroe

Nos horrorizó la noticia del suicidio de Marilyn Monroe en 1960. ¿Cómo era posible que una mujer tan hermosa, que tenía todo el bienestar a su alcance, que todos sus antojos eran cumplidos sin rezongos, llena de vida, con todo por delante, muriera en forma tan triste?

Bastó una muy buena cantidad de pastillas contra el insomnio para llevarla dócilmente a un mundo de un sueño que se prolongará por toda la eternidad.

Cuando supimos su muerte y la circunstancia en que se dio, nos entró una desazón, no hallándole respuesta a muchas preguntas sobre la fugacidad de la vida, y los inextricables misterios que se aposentan en el alma humana.

Marilyn Monroe, cuyo nombre verdadero era el de Norma Juan Baker -lo de Baker significa, en inglés, "panadero"-, estudió en la escuela de actuación de Lee Strasberg donde nunca mostró un talento especial; fue, en verdad, una muchacha muy bonita, pero sin sesos.

Filmó películas en Hollywood que le dieron inmediata fama mundial, como Bus Stop, Los Caballeros las Prefieren Rubias, y Vidas Rebeldes.

En su turbulenta vida sentimental figuran dos acontecimientos que la habrían de marcar de por vida: se casó con Joe Di Maggio, el legendario pelotero del Yanquis de Nueva York, cuyo matrimonio nunca fue feliz; se desconocen las causas. Después del divorcio se casó con el dramaturgo Arthur Miller, autor de la "Muerte de un Viajante" "Panorama desde el Puente". del que se divorció en 1960.

Al divorciarse del circunspecto Miller, la Monroe se envolvió en el vértigo de los escándalos sexuales. Sus peores hazañas fueron las de mantener públicas relaciones sexuales con los dos hermanos más famosos, más apuestos y más "sexy" de los Estados Unidos, John F. Kennedy y Robert Kennedy.



TERRIBLE DEPRESION POR

SU SOLEDAD ESPANTOSA



Todo mundo creía que Marilyn Monroe era la mujer más feliz del mundo. Era envidiada. Era objeto de crítica feroz de los moralistas que abundan en cierta sociedad norteamericana tan dada a darse de golpe de pecho.

Al concluir el romance promiscuo con los Kennedy, la Monroe entró en una espantosa depresión. Sus últimos meses de vida fueron de una mujer huraña y solitaria, tan solitaria y huraña como la inmensa Greta Garbo, reclusa en un departamento de lujo en Nueva York.



MARCO LA POBREZA A

LA FUTURA ESTRELLA



Dos años antes de matarse, Marilyn Monroe tuvo una plática con el periodista Georges Belmont, del Marie-Claire. El periodista le preguntó sobre los primeros recuerdos de su niñez. Marilyn contestó: -Yo era una pequeña, estaba aún en la cuna, y ya luchaba por sobrevivir a causa de la pobreza. No me gusta hablar de esa época de mi vida, perdóneme. Es una historia sórdida, y es un asunto muy mío que no deseo compartir.

Pero el periodista terqueó como buen perro de caza, y le sacó algo más a la bella e infeliz mujer. -Fui hija natural, ilegítima. El primer marido de mi madre se llama Baker y el segundo Mortenson, pero ella estaba enamorada de ambos cuando yo nací; es decir, disfrutaba de los dos al mismo tiempo. Cuando era muy joven mi madre me contaba que mi padre había muerto en un accidente de automóvil en Nueva York, antes de que yo naciera.

Durante la guerra trabajó en una fábrica. Era un trabajo muy aburrido y mal pagado. Las demás compañeras hablaban de lo que habían hecho la noche anterior y de lo que tenían planeado hacer en la siguiente. Siempre en términos pecaminosos. Marilyn trabajaba cerca de la sección de pintura donde había muchos hombres. Estos hombres interrumpían su trabajo para escribirle recados amorosos.

Un buen día la Air Force decidió tomar unas fotos de la fábrica y Marilyn posó como modelo. Las fotografías fueron reveladas por la Kodak y causaron un escándalo por la gracia y la hermosura de la modesta trabajadora de la fábrica.



"DEBES TRABAJAR DE

MODELO Y HACER PELICULAS"



David Conover, uno de los fotógrafos, le dijo: -Déjate de golpear el lomo en esta cueva apestosa; busca un trabajo de modelo. Ganarías fácilmente cinco dólares por hora.

Cinco dólares por hora, cuando ganaba 20 dólares a la semana pudriéndose el lomo durante diez horas dirías trabajando sobre un suelo de cemento.

Cuando Marilyn Monroe esperaba el autobús, en la esquina, los automovilistas se paraban y le preguntaban: ¿Qué haces ahí lindura? Tú lugar está en el cine.

Después la invitaban "a dar una vuelta" seguramente al motel más cercano. Ese asedio sexual habría de llenar las peores páginas de su vida y la fue orillando a lo irremediable.

Circuló como un estallido de luz aquella famosa respuesta de Marilyn Monroe al periodista que le preguntó sobre qué se ponía al dormir. Contestó: -Me pongo Chanel-5.



"SOY FRIVOLA Y

ESTUPIDA"



Al platicar con Belmont, la Monroe le confesó que la gente la consideraba una "starlet"; es decir, una mujer frívola y estúpida. Eso soy. En general no soy feliz, soy una mujer desgraciada. No separo mi vida personal de la profesional. He descubierto que cuanto más me implico personalmente en mi trabajo, mejor resulta. Mi problema es que me exijo demasiado, pero estoy empeñada en ser maravillosa, ¿sabe? Sé que no faltará alguien que se ría de mí por decirlo, pero es la verdad.

En un arranque de sinceridad, la rutilante estrella del cine, esa fábrica de sueños irrealizables para la gente común y corriente, dijo que si la gente creía que era frívola y estúpida ella creía que era una impostora, una farsante.

Lee Strasberg, su maestro de actuación, persona amiga, preocupada por el laberinto mental de la hermosa mujer, le dijo: -Sé tú misma, no te preocupes de otra cosa. Sé tú misma.



EL AMOR Y EL TRABAJO

LAS RAZONES DE VIVIR



La Monroe dijo que el amor y el trabajo eran las únicas cosas que verdaderamente tenían importancia. Lo demás, es irrelevante.

Cuando se casó con Joe Di-Maggio en 1954 él ya se había retirado del béisbol, pero seguía siendo un atleta formidable. Era hijo de emigrantes italianos y su familia había sufrido las tarascadas de la pobreza al llegar a Estados Unidos, igual que miles de irlandeses, según lo cuenta con extraordinaria sabrosura Frank McCourt en su triunfal novela "Las Cenizas de Angela".

El matrimonio Monroe-Di Maggio fue un fracaso, porque él entendía muy pocas cosas de la esposa y ella mantenía una recriprocidad al no interesarle mucho entender al famoso deportista que no podía olvidarse de sus días de asedio al estómago; finalmente, acordaron divorciarse cuando el matrimonio apenas duraba nueve meses.



"SOY TAN RESERVADA Y SOLO ME

GUSTAN UNOS CUANTOS"



Marilyn Monroe abrió el corazón al periodista por fin, y le dijo que era muy impetuosa "y reservada; me gusta la gente, pero cuando se trata de amigos sólo me gustan unos pocos".

Es decir, la clásica postura de la solitaria por acuerdo propio: soledad, silencio.

Cuando vio a Arthur Miller, un hombre evidentemente sin mayores atractivos físicos, se enamoró locamente de él. Vivieron un matrimonio tranquilo en Nueva York; los fines de semana los pasaban en una casa de campo. Marilyn se levantaba a las ocho y media y desayunaba un buen par de huevos fritos con jamón y sacaba su perro Hugo a pasear por las hermosas e inmensas calles de Nueva York. Más tarde leía The New York Times y oía música. Sabía cocinar: su especialidad era el pan y tallarines. En ocasiones la pareja paseaban por el Central Park, con la cordillera de rascacielos al fondo. Nunca se aburrían y Marilyn Monroe decía: -No me aburren las cosas, me aburre la gente que se aburre.



QUIEREN ESTAR SOLOS

Y AL MISMO TIEMPO ACOMPAÑADOS



Confesó que mucha gente quiere estar sola y al mismo tiempo acompañada. -Yo tengo un lado triste y un lado alegre.

Fue tal vez el lado triste que la llevó a tan drástica decisión.

Cuando se produjo esta entrevista, la Monroe vivía con Miller, y se sentía que la vida "tenía muchas cosas que ofrecerme".

Incluso, la muerte, digo yo.



ME GUSTA PLATICAR DE

NOCHE POR TELEFONO



Marilyn Monroe confesó en alguna otra ocasión: -Me gusta llamar a mis conocidos especialmente de noche cuando no puedo dormir. Sueño que todos nos vamos a levantar y salir a tomar un helado.

No podía dormir. No podía reparar con sueño los daños de la terrible fama y del desequilibrio que significa lucir siempre elegante y talentosa, verdadera farsa, tormento a los nervios.

Murió aferrada a su mejor amigo: el teléfono. Confesó a otro periodista, W. J. Watherby: -No confío ni siquiera en los amigos; confío en el teléfono. Ese es mi mejor amigo.

Confesó que al sostener un romance con John F. Kennedy y con su hermano Robert "se sentía utilizada, un pedazo de carne".

Los dos ambiciosos políticos norteamericanos, muertos en forma tan trágica, empleaban a la rutilante estrella del cine con fines electorales, atrayéndose al pueblo con una íntima amistad con Marilyn. Kennedy acordó romper con la estrella y ella llamaba en su famoso teléfono a la Casa Blanca sin recibir respuesta. Joe Di-Maggio al referirse a los Kennedy los llamaba despectivamente "los malditos Kennedy".



JOE DI-MAGGIO

ORGANIZO EL FUNERAL



Al morir Marilyn Monroe la madrugada del domingo 5 de agosto de 1962, en su casa de la avenida Helena, en Brentwood, un barrio de Los Angeles, el ex esposo Joe Di-Maggio organizó el funeral en el Westwood Memorial Park de Los Angeles, al cual fueron invitadas 24 personas.

No estuvieron los ex amantes de la extraordinaria mujer como Frank Sinatra, Yves Montad y Marlon Brando, sólo 24 amigos de los cientos de millones que tenía Marilyn Monroe en el mundo. Se colocó un epitafio sobre el mármol: "Marilyn Monroe, 1926-1962. Descansa en el lugar más tranquilo, donde no hay abrazos reales o inventados".

Allí, en el epitafio, está su mejor biografía.

Arthur Miller dijo, entristecido: -Era imposible adivinar qué necesitaba cuando ni siquiera ella lo sabía.



RECIBE A TU HIJA SIN

MAQUILLAJE NI FOTOGRAFOS



Ernesto Cardenal, el gran poeta de Nicaragua, igual de bueno que Rubén Darío, escribió un poema que no soporto el deseo de compartir con mis aguantadores lectores dominicales que dejan de hacer mejores cosas por aturdirse con lo que escribo.

Ernesto Cardenal escribió: "Señor, recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de Marilyn Monroe, aunque ese no era su verdadero nombre, y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje, sin su agente de prensa, sin fotógrafos, sin la Metro Goldwyn Mayer, y sin firmar autógrafos, recíbela, va sola como un astronauta frente a la noche espacial".

¿No agravaría sus males mentales el hecho que ya no se podían ocultar las señales irreparables de la vejez?

Lo cierto está allí: Eunice Murray, la fiel ama de llaves, despertó a las tres de la mañana y al ver luz bajo la puerta llamó varias veces para ver si necesitaba algo. Ya no necesitaba nada. Eunice llamó, nadie le abrió; se asomó por la ventana y vio a Marilyn Monroe en una posición inerte y extraña y decidió llamar al doctor Greenson, psicoanalista de la actriz.

Ya todo estaba decidido; nada se podía hacer, sólo preparar el campo para la leyenda.

Pero la eterna morbosidad que inunda el corazón humano no se hizo esperar: un fotógrafo del Herald Examiner se deslizó a la morgue para tomar una fotografía del cuerpo más deseado, de la mujer que alteró las noches de los varones, de la estrella que, ella sola, iluminó el cielo con muchos watts de potencia, otro fotógrafo, Leigh Weiner, de la revista Life, también fotografió el bello cuerpo sin vida cohechando al guardián, éste abrió la puerta de acero inoxidable y sacó el estante deslizable con los restos de la actriz.

Tomó muchas fotografías desde distintos ángulos, acicateado por la jugosa venta que haría, pero tomó una que llamó más la atención que las otras: mostraba la famosa mujer con una etiqueta amarrada al pie.

Y, en recuerdo a la infeliz Marilyn Monroe, muerta sin darle explicaciones a nadie, me viene a la memoria unos versos de Jorge Manrique: "Partimos cuando nacemos,/ andamos mientras Vivimos,/ al tiempo que fenecemos;/ así que cuando morimos,/ descansamos.

Y, Antonio Machado me ayuda a cerrar esta jornada, con otros versos: "¿Qué es el amor? amor es verte una vez, y pensar haberte visto otra vez.



EL MORBO DE LA CRONICA ROJA



Carlos Monsiváis ha enriquecido un libro que publicó años atrás, y ahora tituló "Los mil y un velorios", disponible para el lector local en la Librería México, de Escobedo y Obregón.

Con su habitual habilidad estilística, Monsiváis hizo un relato realmente conmovedor del morbo que arropa la crónica roja, la parte macabra de la que ningún periódico puede prescindir.

Según las encuestas, gran parte de los lectores de periódicos se interesan por la página roja desdeñando las otras. Se quiere saber quién murió y en qué circunstancias. Entre más prolija sea la crónica más lectores ganará.

Al leer a Monsiváis, me vino a la memoria los grandes reporteros de la sección policiaca que ha tenido la prensa local. Pensé en Enrique Navarro y en José López Hernández, y pensé también en lo útil que fue su reseña de sangre para educar a la gente por medio del periódico, tal como sucede en Estados Unidos. A esos reporteros de policía debemos hoy buenos y sobrios lectores de periódicos, que, en su momento, se desviaron de las páginas rojas a las otras páginas del periódico.



EL ALTAR DE LAS OCHO COLUMNAS



Monsiváis escribió en su libro que en estos últimos quince años se ha registrado un cambio feroz, ya que el narcotráfico "ha modificado radicalmente el sentido de la nota roja y la traslada casi a diario al altar de las ocho columnas".

A Navarro y López Hernández les tocó narrar hechos de sangre en reyertas de cantina, y en accidentes de carretera. Pero a los reporteros de hoy no les basta la libreta para llenarla con los muertos del día.



UN ASESINATO MAS



Monsiváis en su librito chispeante dijo que en 1971 Trinidad Ruiz Mares mató con un bat de béisbol a su amante, el peluquero Pablo Díaz Ramírez, "porque maltrataba a sus hijos".

Luego de matarlo lo descuartizó, y vendió tamales con su carne. Trinidad dijo cómo lo había hecho.

-Cuando ya él estaba frío, le corté las piernas.

-Qué instrumento utilizó para mutilarlo? -Un hacha. -¿Y la cabeza. -También se la corté con un hacha.

Y, teniendo presente el suicidio de la Monroe y el tamal de cabeza de peluquero, Andy Warhol ha dicho: "No creo en la muerte porque no estoy presente para saber que, en efecto, estoy muerto".




 
Columnas anteriores
Columnas anteriores
Cartones
Columnas