Comunidad y Cultura Local
Las Alas del Caballo
foto: El Sol de Sinaloa
COLUMNA
El Sol de Sinaloa
2 de octubre de 2009

Por Ulises Cisneros

LA CIUDAD DE LOS LOCOS

Sea por la carencia de litio en las aguas de sus ríos o porque la luriez y la ventolera son características de su gente; sea porque el calor encrespa y orilla a cometer desvaríos y desatinos que luego luego son pasto de anécdotas y habladas sin piedad en honor de los ausentes, a Culiacán desde tiempo atrás se le conoce como "la ciudad de los locos", epíteto repetido por los abuelos de unas y de otras generaciones y sobradamente demostrado con el relato de las mil y una tarugadas de las que fueron protagonistas sus ahora legendarios personajes.

Cada pueblo tiene su loco de renombre, pero al decir de los culichis de canalla y abolengo, en la capital de Sinaloa se esmeraron con tenerlos al por mayor. No hay familia que no traiga a cuento los excesos cometidos por alguno de sus miembros ni mucho menos que deje de citar las extravagancias de sus vecinos.

Su afición al vituperio y el escarnio es de sobra conocida: Trátase de la carrilla, como la mejor forma de expresión y relación de semejantes. Como el que se lleva, se aguanta, no dudan en propinar las indispensables dosis de llevadera que sean necesarias como para que hasta el más paciente, reviente.

En abono de su adicción al vilipendio, los culichis cuentan con las suficientes razones para ilustrar con históricos ejemplos.

Tal como lo afirman y sostienen: Para ser loco de renombre, no se requiere estarlo de remate. Nomás tantito.

La receta es infalible: Basta y sobra con seguirles la corriente, darles por el lado, pellizcarles la parte más sensible de su ser para que, en menos de lo que se dice ¡cuas!, sacar del cartón al pequeño monstruito que todo mundo lleva dentro.

¿Pero quiénes estarán más locos de atar, si aquellos desprovistos de cordura o los cuerdos que buscan de quién vociferar?

Así como para pelearse se necesitan mínimo dos, para tener un sayo a quien cargarle las pulgas se requiere de otro con buena voluntad.

En tal punto, los culichis han dado pública voz y fama a locos insignes como Lupita, La novia; Rodolfo Días y Noches; Pancha La Bola; El Rarra; El Tonto Calalo; El Panchito Tanamachi (único agente de tránsito Honoris Causa); Los Chachos; La Fanny; El Iraquí y La Vietnamita, entre varios ilustres de una galería popular que se extiende al menos ya durante dos siglos.

Gracias a la desinteresada cooperación del colectivo social, todos ellos son leyendas vivientes de las tertulias de los miercolitos y, por supuesto, de las pláticas de fin de semana alrededor de una carne asada y pisteadera de rigor.

Si a Lupita la exaltaron a la altura del arte, con poemas, obras teatrales, coreografías, canciones y pinturas al óleo, a otros como Rodolfo le dieron de comer comprándoles sus cuartillas mecanografiadas con las historias de las enanitas, cómics literarios de la presencia de extraterrestres aquí y ahora y que, por alguna extraña razón, dejaron de tener contacto con este planeta a la muerte de su renombrado divulgador.

Más aún resulta inolvidable el presunto suicidio o asesinato de Pancha La Bola en el Puente Negro, de quien han hablado por décadas gracias a su talla paquidérmica y al tufo de su lengua a drenaje verbal. De igual manera, de El Rarra, primer taxista con carro inexistente, quien cobraba por subida y dejada a sus ínclitos pasajeros (algunos, distinguidos catedráticos universitarios) llevándolos detrás suyo al ritmo del cambio de clutch y de la onomatopeya del motor que tenía en su cerebro desquiciado.

Todavía hay quienes llegan al Santuario del Sagrado Corazón a pedir el milagro de desposarse como El Tonto Calalo, quien se la pasó repasando el rosario y tallando sus cuentas al compás de "pasa bolita, pasa bolota, que me case con una de las Clouthier" y otros que recuerdan las infracciones que les levantó El Panchito Tanamachi, quien no obstante tener las secuelas del síndrome Down, hacía respetar a silbatazo puro las normas de tránsito con mayor eficiencia que nadie.

Otros se asombran de la fidelidad y monogamia de Los Chachos y su indeclinable amor, vivo aún a pesar de los años y de la diferencia de edad entre ambos, demostrándose así que entre un hombre y una mujer puede más el instinto y el amar con locura que las ganas de querer por la simple conveniencia de querer.

¡Ah, pero cuando de La Fanny se trata no hay quien niegue haberla visto, platicado o tratado con ella en los multitudinarios mítines y marchas de la Universidad cuando la institución era de izquierda probada! No hubo rector al que no le exigiera que la pusiera en nómina pues, al fin y al cabo, les reclamaba que ella pasara más tiempo en la UAS que cualquiera de sus maestros o empleados.

Como no hay loco que sea tarugo, el Iraquí y La Vietnamita descubrieron el paraíso en la tierra. Ninguno de los dos se queja de padecer hambres. En las fondas del mercado "Garmendia" hallaron su abasto y sustento con sólo extender la mano. En las fuentes públicas, sus albercas particulares. En las tiendas, la renovación del guardarropa y, por si fuera poco, han alcanzado derecho de silla en los conciertos musicales de toda la semana en la plazuela "Obregón", donde El Iraquí baila al ritmo de sus artes marciales, en contraste con La Vietnamita, quien no duda en encuerarse por completo y a la vista de todo el público al escuchar las fanfarrias de "Nereydas", el danzón.

La lista es larga. Baste citar algunos ejemplos de nuestros locos egregios porque aquellos que permanecen en el anonimato son la mayoría y no sacan sus demonios del cajón, y Culiacán, más cerca que nunca de cumplir sus cinco centurias, continuará con su estirpe de orates por simple función demográfica y exponencial.

Escuche "Las alas del caballo" por Radio UAS (96.1 de FM Culiacán e Internet: www.radiouas.org ), de lunes a viernes, a las 11 de la mañana. Escríbanos a ulises_cisneros@hotmail.com