Opinión
Melchor Inzunza
Un hombre bueno / Parlamentarios

El Sol de Sinaloa
31 de marzo de 2009

Para el licenciado Juan Luis Torres Vega

La imagen que recordaré de Renato Vega Alvarado es la de un hombre decente.

La de un gobernante que no cedió a las tentaciones autoritarias. Gobernó sin complejos, sin rencores, sin resentimientos, sin las paranoias del poder; es decir, lo hizo con sencillez, prudencia y generosidad. Con las tres grandes "C": cabeza, corazón y carácter.

Como lo expresó el perredista José Luis López Duarte, fue "un hombre receptivo, abierto, franco, de carácter fuerte, bueno y políticamente sano".

Carácter

Ese "carácter fuerte", "explosivo", dice Antonio Quevedo Susunaga, no lo convirtió en "un gobernante perverso, porque de alguna manera mostró la tolerancia en lo general para atender muchos asuntos de gobiernos."

En los inicios de su gobierno, en efecto, parecía gobernar enojado y eran frecuentes sus desencuentros con los medios. Así lo observó entonces Jorge Aragón, que lo imitaba hablando golpeado aún en los discursos de inauguración de obras. Exageraba, pero no mucho, el genial Maripas.

Renato Vega, sin embargo, no tardó en advertir los profundos cambios experimentados en la sociedad sinaloense, su diversidad y capacidad crítica.

Estilo

Así, aceptó de buen talante de la pluralidad política y de los triunfos de la oposición en las elecciones locales de 1995 (no en el 2005, como el error o la errata hace decir a Rubén Rocha Moya en su artículo en memoria de Renato Vega)

No intentó, desde el poder, imponer sus valores tradicionales como moral pública. Ni la reforma electoral, que propuso y dejó en manos de los partidos, y que resultó "de avanzada y gran consenso", como la califica Rubén Rocha. Ni su iniciativa sobre la ley de alcoholes, que ampliaba la oferta, y que los diputados del PAN y del PRD rechazaron con iguales los argumentos moralistas.

Tampoco se afanó en vigilar y controlar a los ciudadanos, ni en fomentar los entusiasmos prefabricados, la megalomanía, la grandilocuencia, el autoelogio publicitario, las ceremonias unánimes, el servilismo y la idiotez. Esas "tristes monotonías", como las llamaba Borges, "que usurpan el lugar de la lucidez".

Gobierno

Su estilo discreto de gobernar, pudo valerle el reproche de que parecía que casi no gobernaba. Es inexacto, pero si hubiera sido el caso, merecería el elogio por su carecía de excesivo protagonismo.

A fin de cuentas, de acuerdo con la sentencia de Thomas Jefferson, "el mejor gobierno es el que gobierna menos". El que se nota menos. El menos fastidioso y metiche en la vida de los ciudadanos.

El de Renato Vega, si no quedó bien con todos, no excluyó ni hostigó a nadie. Ni a partidos de oposición, ni a ciudadanos disidentes y críticos.

Si es cierto que un gobernante puede hacer mucho daño y, si quiere, hasta el bien, Renato Vega quiso hacer el bien, y lo hizo.

Fue un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Parlamento

En la entrega anterior referí los elogios que mereció la obra de Rudolf Rocker de parte célebres científicos, filósofos y escritores, como Albert Einstein, Bertrand Russel, Thomas Mann, Octavio Paz, Gabriel Zaid y Carlos Monsiváis.

Comparto ahora con el lector lo que refiere el ilustre libertario sobre los debates en los parlamentos de los países democráticos.

En el capítulo octavo del libro segundo de Nacionalismo y cultura, escrita a principios de la década de 1930, Rudolf Rocker, dice:

"...En todas partes trabaja la máquina parlamentaria con iguales métodos y con la misma rutina. Los debates de los cuerpos colegisladores sirven a modo de representaciones teatrales a las que asiste moralmente el país para su esparcimiento; pero no consiguen, en absoluto, el objetivo que parecen proponerse de convencer al adversario o, por lo menos, de hacerle vacilar en sus puntos de vista.

"En cuanto a la posición de los llamados representantes del pueblo en las votaciones sobre las diferentes cuestiones sometidas a debate, se fija previamente en las diversas fracciones, y no hay elocuencia capaz de hacerles cambiar de posición. Si el Parlamento se limitase simplemente a las votaciones y prescindiese de toda discusión publica, el resultado sería exactamente el mismo. Las exposiciones oratorias no son, en definitiva, más que un aderezo para salvar las apariencias...".
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