Opinión / Columna
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Juan Jesús Priego
Por qué no voy a China
El Sol de San Luis
22 de noviembre de 2009
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San Luis Potosí, San Luis Potosí.- Oía decir a mis vecinas de mesa que ya estaban más que preparadas para su próximo viaje a China cuando uno de los que estaban por ahí cerca me preguntó:
-Y a usted, ¿no le gustaría ir a China?
Sin siquiera pensarlo le dije que no. ¡Yo no iría a China por nada del mundo! Mi interlocutor insistió:
-¿Y por qué no? ¿No puede, o más bien no quiere?
-Quizá sean las dos cosas -respondí-, pero, en todo caso, es más lo primero que lo segundo.
¿Qué tengo yo contra este país? ¡Nada! Como tampoco tengo nada contra Corea, Tailandia o Ceilán, y tampoco se me antoja visitarlos. Ahora bien, confesar a mi vecino las razones que me animaban a decir semejante cosa era, en ese momento, decir demasiado, y además la ocasión se prestaba poco para ello; pero aquí sí puedo decirlo.
Veámoslo: ¿qué haría yo, por ejemplo, en un país lleno de rascacielos, pagodas y templos budistas? ¿Qué haría yo en un lugar donde el mensaje cristiano aún no ha modelado el carácter de los habitantes?
Me decía hace poco un señor que se disponía a viajar a un lugar remotísimo:
-¡Pero, hombre! Con eso de la globalización uno se siente en todas partes como en su casa. ¡Adonde quiera que vayas siempre habrá un McDonald's o un Pizza Hut!
Sí, todo eso lo sabía. Sabía perfectamente que, "en efecto, estos lugares -Wall-Mart, McDonald', Pizza Hut- permiten a los hombres viajar sin salir de casa y sentirse en casa incluso cuando viajan" (George Ritzer), pero, al menos para mí, esto no es suficiente. Hace falta algo más que estos lugares para sentirse uno verdaderamente seguro fuera de su hogar. Trataré de explicarme mejor.
Si yo fuera a Italia, por ejemplo, estaría siempre rodeado de signos que me son familiares de modo que, aunque no hablara la lengua del país siempre podría arrodillarme en un templo y reconocer en algunas esculturas antiguas los personajes que mi fe venera. Y así, gracias a estos signos, podría sentirme en un mundo familiar aunque me encontrara a miles de kilómetros de mi casa. En un país de tradición cristiana -sea el que fuere- podría darme el lujo de desvanecerme en plena calle, pues ya sé lo que harán conmigo: me llevarán a un hospital y no me dejarán salir de él hasta que me encuentre bien otra vez (en el caso, claro está, de que no muera). En Tailandia, en cambio, yo no sé lo que harían conmigo si tal cosa sucediera, pues desconozco qué valor tiene la vida humana para un tailandés medio, que es con quien me encontraría si fuera alguna vez a su país.
En 1899, Léon Bloy, el famoso escritor católico, tuvo que hacer un viaje a Dinamarca, país, como se sabe, de población mayoritariamente protestante. Allí Léon Bloy sufrió indeciblemente, tanto, que escribió así en su diario (anotación del 9 de noviembre de ese mismo año):
"Instalación provisional en el célebre pueblo de Askov... Desde el primer día, un paseo horroroso por el barro y la nieve me han dado el presentimiento de lo que voy a tener que sufrir. No imagino una desolación del corazón capaz de sobrepasar a la melancolía de un paisaje protestante".
¿Sufría Bloy a causa del frío? Sí, un poco. Pero era otro frío el que lo hacía gemir: el frío de sentirse lejos de casa, entre gentes que -aunque quisieran- no podrían entender la inquietud de su corazón. ¡Léon Bloy echaba de menos las cruces, los campanarios, la Eucaristía, los confesionarios -esas tumbas de madera en la que entra uno muerto y sale vivo-, la imagen de Nuestra Señora, los rostros de los santos! Y como no había nada de eso en Dinamarca, ¡qué triste y qué deprimente le parecía el país entero! Y si alguien le hubiera dicho: "¡Señor Bloy, pero hay un McDonald's aquí!", él seguramente le habría soltado un puntapié.
Bien, igual que Bloy se sintió en Dinamarca me sentiría yo seguramente en China.
En una novela de John Steinbeck (1902-1968), "Atormentada tierra", un hombre llamado John Wayne recibe del gobierno de California varios cientos de acres de tierra a condición de que las cultive y habite, pues los antiguos moradores se han marchado del lugar sin decir adiós y sin dar nadie ningún tipo de explicación. Pronto a John Wayne lo siguieron sus hermanos Thomas, Burton y Benjamín, con sus mujeres y sus hijos, quienes también recibieron el mismo número de acres que había recibido él. Pero Burton se va pronto de allí. El lugar le parece sombrío, inhóspito y terrible.
"-No trataré de detenerte -le dice John, su hermano, al verlo partir-. Esta comarca es muy salvaje. No tuviste ninguna iglesia aquí".
¡John había adivinado! Burton, como Bloy, era un hombre que necesitaba un entorno sagrado para sentirse realmente en su casa, pues de otro modo -él lo sabía, no se engañaba a este respecto- acabaría enloqueciendo de tristeza.
Ahora ya saben ustedes por qué no voy a China. Pero esto no quiere decir que desaconseje a otros la aventura. A mis amigos que vayan allá les deseo desde ahora un viaje feliz. ¡Que vean muchas cosas bellas y, sobre todo, si pueden, que me traigan un recuerdo!
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