Opinión / Columna
 
Juan Jesús Priego 
En el parque con mi perro
El Sol de San Luis
5 de febrero de 2012

  San Luis Potosí, San Luis Potosí.- Ha dicho alguien -y si nadie lo ha dicho, ahora lo digo yo- que el perro es centrífugo, mientras que el gato, su contrario, es centrípeto; aquél busca el exterior, los parques y los jardines, mientras que éste prefiere quedarse en casa cómodamente tendido en un sillón. El perro es nómada; el gato, sedentario; aquél es explorador; éste, en cambio, no quiere sino una sola cosa: que lo dejen en paz. Para decirlo ya, los gatos detestan los parques.

"El gato -observa perspicazmente Michel Tournier- invita a quedarse en casa, a acurrucarse junto al fuego bajo la lámpara. No se trata de adormecerse, sino de meditar. Si el gato desprecia la agitación inútil no es por pereza, sino por sabiduría. El perro es primario, el gato secundario". Por lo que se ve, el autor de "Viernes o los limbos del Pacífico" se inclinaba por este último, cosa que, a decir verdad, me desagrada, porque yo nunca he podido soportar los gatos; me parecen demasiado astutos, demasiado sagaces y la mar de traicioneros. ¡Ah, prefiero diez mil veces la espontaneidad y franqueza de los perros!

Hace unos días, por ejemplo, llevé a mi perro a pasear a un jardín cercano. Había estado encerrado demasiado tiempo y cuando lo saqué de su prisión (una perrera de muy reducidas dimensiones), el pobre estaba que no se lo creía. Me lamía las manos en señal de gratitud y me llamaba su libertador en ese lenguaje tan expresivo que sólo los de su raza pueden comprender; giraba en redondo, se sentaba unos momentos sobre sus patas traseras, movía ansiosamente la cola y volvía a explorar el terreno una vez más.

Los perros, cuando son felices, lo demuestran; no así los gatos, que prefieren guardarse para sí sus emociones. Cada dos o tres minutos el perro volvía a mí y parecía decirme: "¿Qué haces allí con esa cosa entre las manos? Ven también tú a husmear entre los árboles. ¡Qué cosas tan bellas hay aquí y allá, y tú ni siquiera te enteras!". Él quería que yo lo siguiera, que me pusiera a correr yo también, pero me quedé donde estaba dándole a entender con mi actitud que lo que leía en mi libro era mucho más importante que lo que él pudiera descubrir entre las flores.

-¡Dios mío -pensé levantando la mirada-, qué mundos tan distintos son los nuestros! Este sencillo animal se asombra a causa de una hilera de hormigas que ve a lo lejos, mientras que a mí estos pequeños bichos hacendosos y marciales me dejan indiferente; se comporta como si dar una breve caminata fuera lo mejor del mundo, en tanto que el libro que tengo entre mis manos no suscita en él ninguna pasión digna de contarse; de hecho, éste fue todo el honor que le hizo: olfatearlo durante unos segundos para luego echarse a correr al ritmo de las mariposas. Sí, vivimos en mundos distintos y distantes. A mí la hierba sobre la que hace girar su vientre me tiene sin cuidado, mientras que mi libro no suscita en él más que un apresurado y muy visible desdén. Creo adivinar lo que piensa, creo poder leer sus pensamientos: "A mi amo este sol tan bello le da igual; el viento y la brisa le dan lo mismo. ¡Pobrecillo! Se conforma con leer cuando sería preciso vivir".

Con mucha dignidad levanto el cuello, interrumpo la lectura y hago como que no he entendido su mensaje. Pero, ¿leer no es ya vivir? De alguna manera me siento indignado contra mi perro que no se cansa de girar en redondo, reprochándome con sus volteretas mi propensión al sedentarismo.

Una vez, según se cuenta, llegó a oídos de Diógenes de Apolonia (esto ocurrió en el siglo V a. C.) que uno de sus contemporáneos, el filósofo Zenón, negaba el movimiento. ¿Cómo era eso? Diógenes fue entonces en busca de Zenón y, sin decirle nada, se puso a caminar ante él hacia delante y hacia atrás. Y una vez hecho esto, se marchó más que satisfecho por haber refutado a este loco con la pura danza de sus pies. Ahora bien, ¿y si este perro estuviera burlándose de mí? ¿Y si, como otro Diógenes, sólo se moviera para rebatir mi concepción tan complicada de la vida? ¡Ah, canalla! Bien sabe él que, en ocasiones, no hay más argumentos para refutar la mentira que el solo movimiento de las patas.

Para no dar importancia a estos pensamientos vuelvo a mi libro y prosigo la lectura. ¿Y qué me encuentro? La digresión de un personaje que de pronto se pone a hablar así: "¡Oh, aquellos tiempos en que podíamos ser como elefantes! La frescura que entra desde el parque nos da una vaga idea e imaginamos épocas en que podíamos ser felices por una cosa así: por la frescura, vale decir, por el sol y por la noche, sin tener que comprar pan, saciados, satisfechos con el rocío. Nosotros no hemos conocido esos tiempos. ¿Los conoció el abuelo, a quien mi madre llama 'elefante'? Quiero decir, ¿lo llama elefante a causa de una felicidad que él ha conocido? ¿O por alguna otra cosa? ¿Por qué cosa?".

"El Simplón guiña el ojo al Frejus", así se llama el libro que ahora leo, y lo escribió nada menos que Elio Vittorini (1908-1966), el novelista italiano. Pero me detengo en esta sola frase: Satisfechos con el rocío, que me hace tragar saliva y bajar la cabeza un tanto avergonzado. ¡Yo también querría estar satisfecho con el rocío, yo también querría que la suave brisa me bastara!

En el fondo, pese a todos nuestros artefactos, anhelamos la simplicidad, la vida sencilla, la vuelta al paraíso, que era tal porque allí los hombres eran sencillos y se conformaban con poco: un rayo de sol, un claro de luna, la sombra de un follaje espeso; esto poco bastaba para hacerlos felices. ¿Volveremos algún día, alguna vez, a revivir estos tiempos gloriosos? No lo creo. ¡Nos hemos vuelto tan complicados! Y, además, lo que se ha inventado no puede ya des-inventarse...

¿Y si mi perro tuviera razón? ¡Ah, mi perruno Diógenes, tú me has hecho vacilar! ¿Y si, en efecto, bastara muy poco para?... Pero no. ¡Basta ya! Cierro el libro disgustado conmigo mismo por no haber gustado el paseo, y hago señas a mi perro de que el tiempo de la holganza se ha acabado. Y regreso a casa diciendo de mí mismo: "Pobre de mí, pobre impenitente que no ha comprendido la lección"...
 
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