Opinión
José Antonio Martínez
Un camino hacia Dios

El Sol de San Luis
6 de julio de 2008

¿Se puede vivir la castidad hoy?

Cuando se habla de castidad siempre salen a flote puntos de vista diferentes. Hay quienes la asocian con actitudes frustrantes que llevan a la persona a realizar actos moralmente inaceptables, muchas veces con la vida sacerdotal y religiosa, y en otras se cree que eso pasa con aquellos que no se han casado.

Hoy trataremos de despejar estos mitos que nublan el verdadero sentido de la castidad, para que podamos encontrar la riqueza que se esconde tras ella.

Toda persona está llamada a vivir la castidad, que es la pureza de corazón en cualquier estado de vida, es decir casado, soltero o consagrado. Ser casto es descubrir el verdadero sentido de la sexualidad humana y vivirla como un regalo de Dios. Y como somos "imagen y semejanza de Dios", debemos vivir nuestra sexualidad con responsabilidad y una verdadera y sana libertad. Es poder descubrir en mi mismo y en los demás la presencia de Cristo, pues nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, y por lo mismo debemos de tratarlo con dignidad y respeto.

Desgraciadamente nos bombardean con ideologías acerca de la promiscuidad que llevan a un permisivismo desmesurado. Todo esto desvirtúa el sentido de la sexualidad y confunde a las personas, principalmente a los jóvenes.

Y las consecuencias de estas ideologías se pueden palpar porque sólo cosas negativas surgen de ellas: abortos, madres adolescentes, niños abandonados, enfermedades de transmisión sexual, prostitución, familias desintegradas, infidelidad, etcétera.

Por eso hoy más que nunca debemos los católicos dar testimonio de castidad. Un claro ejemplo de que la castidad se puede vivir y que la vivencia de la misma lleva a una vida más plena, es el siervo de Dios padre Moisés Lira Serafín, M.Sp.S., el "Apóstol de la bondad".

En cuestión de castidad ni qué decir, era el padre Moisés un casi privilegiado en esta materia. Siempre fue muy precavido, nunca se dijo nada en su contra, y atendía a todo mundo. Entre sus dirigidas había de toda clase. Supo armonizar el cariño afectuoso con la castidad exquisita. Obraba con mucha prudencia, pues tenía esta virtud en alto grado.

Previendo los peligros que pudiera encontrar en su ministerio, diariamente hacía su consagra-ción a la Santísima Virgen poniéndose bajo su protección:



"Oh María, te consagro la pureza de mi ser todo entero... la de pensamiento, palabra, corazón y de cuerpo... ampárame contra los asaltos de mis enemigos... Tú lo ves... primero la muerte que ofender a Dios... ayúdame".



A Jesús le decía: "Que sea puro, acuérdate de tu promesa... recuerda que eres mi modelo, re-cuerda tus promesas... Te amo."



Su pureza no era esa virtud laboriosa fruto de grandes combates y de innumerables precau-ciones. Era la pureza candorosa, ingenua, sencilla de un niño. En su vida sacerdotal usó los medios sobre-naturales que se aconsejan para guardar esta vir-tud, sobre todo la mortificación, la oración y la humildad.

Fue muy ameno y jovial, agradable en sus conversaciones, pero nunca se le oyeron palabras indecorosas o expresiones en contra de esta virtud. A sus hijas les recomendaba cuidarse de los afectos o apegos desordenados, puramente huma-nos.

La castidad sigue siendo hoy una virtud vigente y necesaria que lleva a quien la vive a descubrir el verdadero sentido de la sexualidad y de la pureza de corazón, y a una verdadera entrega generosa al servicio de la humanidad, tal como lo vivió el padre Moisés Lira; no como un replegarse en sí mismo, sino como un ser libre para amar a Dios y a los seres humanos con el mismo amor de Dios. Esto es vivir en castidad.

Para introducir sus peticiones en cadena de oración por intercesión del siervo de Dios padre Moisés Lira Serafín, «Apóstol de la bondad». http://www.apostoldelabondad.congregacion.org/

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