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Opinión
![]() Yolanda Gámez
A Flor de Piel
El Sol de San Luis
21 de diciembre de 2008
* Los treintas
San Luis Potosí, San Luis Potosí.- -Ring!!!, ring!!!! - Bueno? - Felicidades amiga!!!, ¡¡¡ Ya tienes un cuarto de siglo!!! ¡Idiotaaa! ¿Y quién te programó la alarma para que vinieras de ese modo a recordármelo? - ¡Gracias! -contesté-. En realidad llegar a los 25 años es muy bueno, sobre todo cuando se han vivido tan plenos. ¡Pamplinas! Ni yo me la creí. Menos cuando desde la perspectiva temporal del siglo, uno se percata que ya va por la cuarta parte. ¡La cuarta parte de un siglo! Si esta llamada hubiera sido ayer, mire que me hubiera causado mucha más gracia que angustia. Pero como fue hace ya algunos ayeres, pues... En fin, el caso es que actualmente la juventud está sobrevalorada, a grado tal, que hay quienes están dispuestos a arriesgar la vida en un quirófano con tal de mantener una apariencia de jovialidad; cuando la realidad es que en la mayoría de los casos, después de la cirujeada la piel se pone como enojada por tanto jaloneo y tanto dolor. Además hay algo que ningún botox, silicona, hilos rusos o lo que sea, pueden hacer: devolver el brillo de una mirada apasionada, el candor de una sonrisa honesta o el aura maravillosa que emana de quien ha llegado a conformarse consigo y a amarse. Mire que pasar de los treinta tiene sus ventajas: Uno adopta un criterio de levedad que no da ni el cutis más terso, ni el más lozano de los cuerpos. Tal vez el metabolismo se vuelve muy lento y uno empieza a engordar de tan solo ver la comida que se le antoja, como si con salivar se activara el botón de "Atención grasa, acumularse...¡YA!". Nuestro cuerpo empieza a ponerse moñudo y ya no tolera malpasadas, desveladas, ni mucho menos excesos que causen cruda. Casi podemos ir de compras con las bolsas de los ojos y ni un kilo de pepino alcanza para aliviar las ojeras. Sí, siempre lo pensé... el cuerpo pasa factura tarde o temprano, Sí, benditos aquéllos años en que uno se pasaba 2-3 noches sin dormir, so pretexto de terribles exámenes para los que teníamos que estudiar en bola, para luego cada quien agarrar sus chivas, echarse agüita en la cara, un café y a seguirle, con buena cara y mejor ánimo. Después de los treinta y tantos uno empieza a comprender que efectivamente, del volumen depende que la música se convierta en ruido, que la columna vertebral no resiste tan bien como creíamos los saltos del bon-gee, que la gastritis y la migraña ¡sí existen!, que eso de tener que dormir ocho horas diarias era más que una argucia para que no nos fuéramos de antro. Y así como esos, hay muchos ejemplos de los que bien pueden testificar los mayorcitos. Pero los treintas traen también consigo grandes privilegios. Uno de los más maravillosos es lo que podríamos llamar "el crecimiento de la concha", que es cuando uno comienza a volverse conchudito, como si nos hubieran echado una capa de teflón. Las cosas que antes parecían graves, ahora carecen de importancia: que si la vecina habló mal de mí con la de la esquina, que si la del otro escritorio me volteó la cara, el jefe nos habló feo, la amiga nos hizo una mueca extraña, la pareja dejó las pantuflas en la sala, nos pisaron el pasto (¿porqué me rompen mis macetas, porqué se meten conmigo?), el camión de la basura se fue y nos dejó con las bolsonas a media calle, o de repente el espejo alzó la voz para confirmarnos que con ese vestido lucimos como una especie de choricín mal embutido... Ante todo esto que antes nos crispaba los nervios o nos ponía insomnes, después de los treinta decimos ¡Bah! Esas son algunas de las 53,926 cosas que me vienen flawers. ¡A lo que sigue! Otra de las ventajas de la tercera década es que el "que dirán" pasa a ser un susurro lejano que nos recuerda la frase de uno de los personajes de Rulfo: "Deja que los perros ladren, señal de que vamos andando". Nada que nos cause preocupación o desvelo. Disfrutas de un trago sin necesidad de embriagarte, de un cigarrito por gusto y no por ansia, disfrutas la calma y la soledad, llega el viernes y no pasa nada si no tienes plan, hablas y disfrutas del sexo sin ruborizarte, decides qué hacer gústeles o no a los demás. Parafraseando una canción, diríamos que después de los treinta uno olvida quejarse de cosas que siempre detestó. ¡Qué bendición! ¡Qué tranquilidad!, descubrir que siempre fuimos libres, que sentirnos presos y sofocados era un efecto de nuestros propios grilletes, de nuestros prejuicios e inexperiencia. Que la vida puede ser leve... Ahora que mire, tampoco es que después de los treinta uno alcance el nirvana o la paciencia de Job. No, yo creo que sólo se empieza a poner clarito el panorama, a caernos el veinte de que hacer bilis por cosas que escapan a nuestras manos es decisión propia. Que también podemos decidir ser felices gracias y pese a nosotros mismos. También es cierto que cada quien habla de cómo le va en la feria. Si usted tiene una opinión que de los "treintas" nos quiera compartir, o de otras edades, ¿porqué no? Bienvenidos sus comentarios, que pueden ser material de otros artículos. Le deseo un feliz domingo. yega1320@yahoo.com.mx Columnas anteriores
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