Opinión / Columna
 
Juan Jesús Priego 
LA ERA DE LOS DERECHOS
El Sol de San Luis
8 de noviembre de 2009

  San Luis Potosí, San Luis Potosí.- En un libro que hoy nos parece ya viejo -fue publicado por primera vez en 1946-, el gran intelectual francés Paul Hazard (1878-1944) trazó un retrato del hombre moderno que, hasta ahora, nadie ha podido superar y ni siquiera igualar; el libro se titula así: "El pensamiento europeo en el siglo XVIII", y en él, Hazard se aventuró a decir lo siguiente: Lo que caracteriza al hombre moderno, aquello que lo distingue del hombre de otras épocas -pero sobre todo del hombre del siglo pasado-, es la conciencia que éste tiene de sus derechos. El hombre antiguo no tuvo dicha conciencia, y el medieval tampoco, mas apenas hizo su aparición el siglo XVIII -siglo de la Revolución Francesa y de muchas otras transformaciones- todo el mundo empezó a hablar de las diez mil cosas que les eran debidas. Pero citemos a Hazard:

"¡Qué contraste, qué brusco cambio! La jerarquía, la disciplina, el orden que la autoridad se encarga de asegurar, los dogmas que regulan la vida firmemente, eso es lo que amaban los hombres del siglo XVII. Las trabas, la autoridad, los dogmas, eso es lo que detestan los hombres del siglo XVIII, sus sucesores inmediatos. Los primeros son cristianos, y los otros anticristianos; los primeros creen en el derecho divino, y los otros en el derecho natural; los primeros viven a gusto en una sociedad que se divide en clases desiguales; los segundos no sueñan más que con la igualdad... La mayoría de los franceses pensaban como Bossuet; de repente, los franceses piensan como Voltaire: es una revolución... Una civilización fundada sobre la idea del deber -los deberes para con Dios, los deberes para con el príncipe- los 'nuevos filósofos' intentaron sustituirla por una civilización fundada sobre el derecho: los derechos de la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos de la razón, los derechos del hombre y del ciudadano"...

¡Cuánta razón tenía Hazard! ¡Qué bien supo detectar la enfermedad del hombre contemporáneo! Pero ¿es preciso hablar de enfermedad? Sí, pues este hombre no sabe hablar de otra cosa; por alguna razón se ha vuelto incapaz de decir lo que aquel personaje de "El malentendido", la pieza teatral de Albert Camus (1913-1960): "La felicidad no es todo; los hombres tienen deberes".

Hoy hablamos incluso de los derechos de los niños. Y está bien que se hable de ellos, pues los tienen, pero que no nos hagan creer que las cosas acaban allí.

Hace poco oí decir a un profesor de cierta Universidad mexicana que la ética se reducía toda ella a la cuestión de los derechos humanos, y cuando lo dijo -era en el transcurso de una conferencia- todos se pusieron de pie para aplaudirle. Pero, ¿es cierto que sólo a eso se reduce la ética? ¡Los derechos humanos! Pero entonces, ¿los deberes humanos dónde quedan? ¿O es que tales deberes no existen?

Pienso, por ejemplo, en un hombre al que conozco y cuyos vecinos organizan bailes caseros un día sí y el otro también. El pobre, desde que se fue a vivir a ese barrio, se ha vuelto tristón y nervioso. ¡Todos los días la música está a todo lo que da y él quiere morirse de pura pesadumbre! Un día fue a casa de los vecinos y les pidió que por favor le bajaran un poco a su ruido, pero éstos, aparte de darle con la puerta en la nariz, le dijeron que escuchar música en su casa era uno de sus derechos y que lo seguirían haciendo todas las veces que quisieran. Ahora bien, vistas las cosas desde la perspectiva de los puros derechos, aquellos energúmenos tenían razón. Pero, y el derecho de mi amigo a estar tranquilo en su casa, ¿dónde quedaba? ¡Ah, pero de eso nadie habla!

Unos amigos míos tienen una hija que se va de casa por semanas enteras. ¿Dónde duerme? Nadie lo sabe. Sólo regresa cuando se le ha acabado el dinero y entonces le dice a su padre: "Necesito que me des para una tarjeta telefónica". Su padre le da lo que le pide y la muchacha vuelve a irse como si tal cosa, quién sabe a qué lugar de este planeta o de algún otro. La mamá la riñe cada vez que la ve aparecer, pero entonces la joven saca una carta de entre sus ropas, escrita por un psicólogo amigo suyo, y le lee lo siguiente con voz clara y fuerte: "Tú, Carmina, ya eres mayor de edad, tienes 19 años. Y si tus padres se siguen entrometiendo en tu vida, tienes derecho a demandarlos judicialmente".

¡Qué fácil! Pero preguntémonos: si esta muchacha -yo la llamo "la señorita cometa", aunque acaso lo de señorita ya no sea verdad- no tiene ningún deber para con sus padres, ¿por qué éstos sí han de tenerlos para con ella? Ella se va cuando quiere, pero cuando regresa la mesa tiene que estar servida y la cartera de su padre llena; y si alguien quiere reñirla, ¡mejor que ni lo intente porque se las verá con la policía! Ahora bien, ¿es justo que las cosas sucedan exactamente así como las cuento? Que alguien, por favor, me explique este misterio.

Hace falta, pues, que al lado de la carta de los derechos del hombre haya una, complementaria, que especifique sus deberes. Pero, ¿quién la redactará? Y aun cuando algún valiente la escribiera, dudo que nadie se la tome en serio.

Sin embargo tales deberes existen. ¿Cuáles son éstos? Mucho me temo que, quien se ponga a enumerarlos, acabará confeccionando un elenco no muy diferente al que aparece en el libro del Éxodo con el nombre de "los diez mandamientos". ¿Lo duda usted? Pues yo estoy seguro de ello. Pero si no me cree, inténtelo y verá. Y si, por ventura, algo así sucediera, le suplico que no se quede allí y saque las conclusiones pertinentes al caso.
 
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