Opinión / Columna
 
Juan Jesús Priego 
Viaje a la Meca
El Sol de San Luis
25 de octubre de 2009

  San Luis Potosí, San Luis Potosí.- Una vez, según cuenta una historia persa, cinco hombres que se dirigían a La Meca coincidieron en la encrucijada de un camino. Como los cinco se expresaban en dialectos distintos y venían de lugares distantes, decidieron proseguir juntos su peregrinación para auxiliarse unos a otros en caso de necesidad.

A un cierto punto del trayecto uno de ellos vio a lo lejos, en el suelo, una cosa pequeña y redonda que brillaba con el sol; cuando se acercó a ella a ver qué era descubrió que se trataba de una antigua moneda de gran valor que la arena había desenterrado. El afortunado caminante habló entonces así a sus cuatro compañeros:

-Hermanos, por gracia de Alá, bendito sea, me he encontrado esta moneda de oro que ven ustedes en la palma de mi mano. Yo no la buscaba, pero la encontré, y ahora pienso compartir con ustedes. Propongo que con ella compremos "mafil" y saciemos los cinco nuestra hambre.

Todos aprobaron la decisión de compartir el hallazgo, pero no estaban plenamente de acuerdo en que se gastara la moneda comprando "mafil", que no les apetecía. Dijo entonces uno de ellos:

-Consiento, hermano mío, en que se divida entre cinco el valor de esa moneda -¡que Alá recompense tu generosidad en esta vida y en la otra!-, pero propongo que en vez de "mafil" compremos "uzum", que es un alimento mucho más nutritivo y provechoso que el "mafil".

Los demás escucharon la propuesta moviendo negativamente la cabeza; dijo entonces otro de los peregrinos:

-Ignoro, hermanos, qué sea el "mafil" y no creo que me guste mucho el "uzum" a juzgar por su puro nombre. Propongo, pues, que con el valor de la moneda compremos varias medidas de "balesch".

-¿Y qué es el "balesch" -preguntó molesto otro de los caminantes-. ¡No, no y no! No estoy de acuerdo en que compremos "mafil"; además, el "uzum" me desagrada y no estoy muy seguro de querer llevarme a la boca nada que se llame "balesch", pero me gustaría, y mucho, que con el valor de la moneda compráramos todo el "bestán" que con ella podamos adquirir. ¡Ni estando loco consentiría en comer otra cosa que no fuera ese alimento tan atractivo a la vista, tan delicioso al paladar y tan nutritivo para el estómago!

El único peregrino que hasta entonces había estado callado dijo a su vez que no toleraría de ninguna manera que se gastara una moneda de tanto valor comprando semejante tonterías. Gritó:

-¡O compramos "rektaf" o no compramos nada!

Y comenzó la discusión, que más que discusión era ya un litigio. Uno alababa el sabor del "mafil", otro ponderaba el color ámbar del "uzum", el tercero se hizo lenguas alabando las propiedades digestivas del "balesch", el cuarto no escatimó elogios a las virtudes del "bestán", y el quinto casi juró que el que no había comido "rektaf" no había aún hecho nada en la vida que valiera la pena.

Y así estuvieron durante varias horas, alzando la voz y pegando al suelo con los pies en actitud de indignación. Y ya estaban por pasar a los golpes cuando pasó por ahí un sabio que, como ellos, también se dirigía a La Meca.

-¿Qué discuten? -preguntó. Y al ver que era un maestro los cinco estuvieron de acuerdo en que fuera él quien decidiera lo que había que hacer.

-Es muy sencillo -dijo el maestro al saber de qué iba la cosa-. Denme ustedes esa moneda de oro y vengan conmigo.

Cuando llegaron al pueblo más cercano, el maestro se dirigió al mercado y dijo a uno de los vendedores de fruta que allí había:

-Hermano, dame todas las uvas que pueda comprar con esto.

Y al ver las uvas, los cinco peregrinos se mostraron satisfechos. ¡Pues uvas era precisamente lo que querían, sólo que cada uno las llamaba según su propio dialecto!

Me gusta mucho esta historia que he tomado de un viejo libro de espiritualidad oriental. ¿Qué era lo que todos estos hombres querían? Uvas. Sólo que cada uno las llamaba como podía. Y así como todos estos peregrinos sólo querían uvas, así, en el fondo, los hombres no queremos sino una sola cosa: a Dios.

El libertino cree que quiere los brazos de las mujeres, pero se engaña, él quiere únicamente el abrazo de Dios. El avaro piensa que sólo el dinero le dará seguridad; sin saberlo, lo que busca es el amparo de Dios. El amante cree que si su amada lo desprecia la vida ha acabado para él, pero la verdad es que no es así, lo que él quiere, más allá de cualquier otra cosa, es un amor que no se acabe, y colme por entero el hambre de su desolado corazón.

No, el hombre no quiere sólo sexo, ni sólo dinero, ni sólo el amor de un ser que jamás podrá corresponderle con la intensidad que él necesita; lo único que quiere es a Dios. Podrá llamar a su necesidad "mafil", o bien "uzum", o bien "balesh". Que la llame como guste a condición de que no se engañe acerca de lo único que quiere.

¡Un místico! Sí, es necesario que por nuestra vida pase un místico, un maestro como el de esta historia, para que traduzca nuestras palabras y nos lleve allí donde está aquello que realmente queremos y nos empeñábamos en llamar con otro nombre.
 
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