Opinión / Columna
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Mauricio Rossell
El tiempo de Felipe Calderón
Organización Editorial Mexicana
12 de octubre de 2009
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El tiempo de la prudencia, de la imaginación y de las definiciones. La etapa de la reconciliación nacional y de la reconstrucción del país y de sus instituciones a fin de atenuar los daños causados con anterioridad.
El futuro de México no puede seguir siendo presa de la indeterminación, de los problemas internos entre el Presidente y su partido después del cambio de dirigente ante el fallido resultado de las elecciones intermedias, ni de la permanente actitud de desafío que se respira en el ambiente. Las asignaturas pendientes son enormes y resultarán más difíciles de concretar mientras las principales fuerzas políticas sigan empecinadas en mantener la radicalización y seguir caminos paralelos.
En una democracia hay tantos proyectos de nación como fuerzas políticas. Por ello y para lograr articular un solo proyecto nacional que sea aceptado por todos y que garantice la unidad en torno a verdaderas políticas de Estado es indispensable conciliar posiciones y negociar; retomar las buenas propuestas sin importar de donde provengan. Lamentablemente hasta ahora Calderón no ha mostrado disposición para ello. Y si de un lado pudiera entenderse que por resultados electorales esta estrategia, del otro resulta, por decir lo menos, una actitud torpe.
Quiéralo o no, como presidente de México Felipe Calderón está obligado a interactuar con el Partido de la Revolución Democrática (PRD), además, de que enfrentará una campaña permanente de acoso y agitación en las calles que buscará obstaculizar su gestión. Por ello es necesario que ahora Calderón se asuma como lo que es, el Presidente de la República, mostrando la habilidad y madurez política necesaria para absorber e incorporar las diferencias en una fórmula única que sume a este movimiento social y sus demandas a su programa de Gobierno y que le permita gobernar.
Entre los temas pendientes de una agenda nacional compartida destacó como máxima prioridad el combate a la pobreza (con responsabilidad presupuestal, claro está), piso mínimo que deberá orientarse a atacar el grave problema de desigualdad económica y social que lacera al país y que deberá ir incrementándose de acuerdo con el progreso nacional. La ampliación de las redes institucionales de seguridad social; la creación de empleos con salario remunerador; la lucha en contra de la corrupción e inseguridad no sólo pública, sino social y jurídica; así como el impulso a la educación de calidad, el combate al analfabetismo, la ampliación de la cobertura de los servicios de salud y la capacitación, son áreas de atención estratégica para asegurar un desarrollo social integral como el que se necesita en el país.
Para que el desarrollo social pueda hacerse realidad será necesario trabajar al mismo tiempo en garantizar que la economía crezca a tasas mucho mayores que las registradas hasta ahora y con base en fuentes menos volátiles que el petróleo y las remesas; que el Gobierno asuma un papel mucho más activo en la economía, fungiendo como árbitro pero sin bloquear la libre competencia; poner en marcha una reforma fiscal integral que incluya los rubros de ingresos, egresos, deuda y gasto; impulsar la producción nacional; el ahorro interno; la política industrial; promover el comercio exterior, la inversión extranjera, el ahorro y la innovación tecnológica; fortalecer el sector energético nacional; idear mecanismos novedosos para cubrir el gasto en pensiones; así como proteger el medio ambiente.
Sin embargo, para que esto sea viable, primero se tienen que reformar nuestras viejas instituciones y la estructura política del poder en el país para facilitar los acuerdos entre el Ejecutivo y el Legislativo y hacer frente a los poderes fácticos. No hay que olvidar que sin buenos instrumentos institucionales será muy difícil asegurar un Gobierno eficiente que dé resultados. Especial mención merecen en este rubro la revisión de nuestra forma de Gobierno; la reelección legislativa, el fortalecimiento de nuestro estado de derecho y la reforma al Poder judicial, la seguridad pública, la reforma electoral, y el nuevo federalismo, así como, la reinvención de los intermediarios políticos. Además, de que será fundamental diseñar una política exterior creativa que responda a las vertiginosas transformaciones que están afectando al mundo. De este tamaño sigue el reto.
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