Opinión / Columna
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Gerardo Sosa Castelán
El desgaste de la política
Organización Editorial Mexicana
14 de marzo de 2010
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Decía el humorista español José Luis Coll, que "un país habrá llegado al máximo de su civismo cuando en él se puedan celebrar los partidos de fútbol sin árbitros". Podría decirse lo mismo de otros partidos, los políticos, en concreto. México será en verdad civilizado cuando la democracia no tenga a ciertos personajes que lo manejen a su antojo.
El que esto escribe es militante de uno de esos institutos políticos. Pero ello no es motivo para dejar de reconocer que todas estas agrupaciones atraviesan ahora mismo el mayor de sus desgastes.
Hoy en México hay un enorme desprestigio de la actividad política. Aunque existen innumerables causas que podrían enunciarse para tratar de comprender la decepción general que existe al respecto, las principales son la falta de resultados a los ciudadanos en las gestiones públicas, desaparición de una base ideológica, excesiva influencia de los medios masivos de comunicación y, claro, la corrupción.
También que los políticos sólo hablen, discutan y se enfrenten por los problemas que a ellos les atañen, como son las alianzas, prerrogativas, spots y resultados electorales, por lo que soslayan o, de plano, ignoran los que enfrenta la sociedad: falta de empleos, precariedad de los servicios de salud, un sistema educativo creado para la sumisión y no para la libertad, carestía y un largo etcétera.
La endeble situación de quienes participan en la política y la de sus partidos se ha agravado en estos días, merced al acalorado debate -calificado por algunos como vodevil- que durante dos días acaparó los tiempos y espacios del Palacio de San Lázaro, en el Distrito Federal.
Otra vez ahí, los políticos hablaron sólo de sus problemas. Pocos, casi ninguno de los legisladores que subieron a la más alta tribuna del país, hicieron referencia a lo que verdaderamente importa a sus representados.
Se retaron. Cruzaron invitaciones para debatir. Se insultaron. Aceptaron someterse a la muy cuestionable prueba del polígrafo para dilucidar quién miente o no. Metieron en su pleito a un Expresidente y a un Gobernador en funciones. Lo peor es que también a una dama ya difunta y a otra que fue víctima de la violencia intrafamiliar. Pusieron en duda la legitimidad de los comicios presidenciales del 2006.
Sólo un legislador usó su derecho a la palabra para hablar del problema de los ciudadanos: los impuestos cada vez más altos que, aparentemente, se incrementaron a raíz de un acuerdo "en lo oscurito" y que todavía dará mucho de qué hablar.
Dos dirigentes partidistas, y tras ellos sus seguidores, desprestigiaron todavía más a la ya muy desacreditada política y a la actividad, precisamente, de los partidos.
Es probable que si se hace una encuesta a los mexicanos para solicitarles su opinión respecto a los institutos políticos, una mayoría considerable afirmaría que la razón por la cual han perdido la esperanza en ellos y, consecuentemente, en sus miembros, es que éstos han fracasado en las oportunidades que han tenido de gobernar, al incumplir sus promesas y velar únicamente por sus propios intereses, para generar frustración, descontento, ira y rechazo masivo por parte de la ciudadanía que en algún momento los escogió como representantes o gobernantes.
La tarea no es fácil, pero es urgente. Hay que dignificar la actividad política. Y en ello hay que ser radicales, ir a la raíz en la solución: los políticos deben dejar a un lado el debate de sus problemas, para empezar, ahora sí, a debatir sobre los que aquejan a quien los votó.
Antes de que los boten, ¿no cree usted?
E mail: gerardososa_cas@yahoo.com.mx
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