Opinión / Columna
 
Aquí Querétaro 
Manuel Naredo  
AQUI QUERETARO
Diario de Querétaro
5 de febrero de 2012

  Los mitos queretanos han sido siempre muchos, jugosos en anécdotas y ricos en imaginación. Son mitos que conforme la ciudad crece y se moderniza, empiezan, por desgracia, a desaparecer. Y digo por desgracia, porque los mitos que de vez en vez han aparecido en Querétaro le dan un toque de candidez reconfortante a nuestra sociedad.



Vea: aqui... 13A

Aunque nacimos con uno: el de la aparición del Arcángel Santiago -patrón de la ciudad- en el cielo azul del Sangremal, quizá el más socorrido por los queretanos de nacimiento es el del famoso túnel que atraviesa la ciudad; ese que nace en algún rincón del Convento de la Cruz y desemboca en el Cerro de las Campanas, y por donde tanto se dice que escapó el Emperador Maximiliano aquella noche en que los ejércitos republicanos ocuparon el referido Convento y la ciudad toda.

Por más que existan evidencias históricas de que el Archiduque y sus más allegados colaboradores salieron por la puerta del Convento, y que a flor de tierra, primero a pie y luego a caballo, atravesaron el espacio que lo separa del famoso Cerro, los queretanos siguieron sosteniendo por un siglo -quizá aún ahora muchos lo sigan afirmando- que Maximiliano recorrió el trayecto a caballo y bajo el piso, por aquel túnel que dejaba ver su negrura en algún punto del poniente queretano.

No es ése el único mito, desde luego. Otro curioso y bello es el de la aparición nocturna, por los rumbos del barrio de Santa Rosa, de una monja que participa su pena afuera de los gruesos muros del que fue su convento, y que no es otra que Sor Ana María de San Francisco y Neve, quien aparece en un bellísimo cuadro colgado en la sacristía de Santa Rosa de Viterbo.

Mucho más cerca de nuestros días, compartimos con buena parte del país la extraña existencia de un personaje de rara conformación e inexplicable comportamiento, que se dedicaba a matar animales, dejándoles marcada su sui géneris dentadura, como lo hacía con las huellas de sus indescifrafles pies -o patas- en los alrededores. Nadie nunca lo vio, pero su nombre: Chupacabras, recorrió el territorio nacional -Querétaro incluido- sembrando el temor y hasta el pánico entre la población. Luego, como vino a la conversación colectiva, desapareció de pronto, buscando un mejor momento en la historia para regesar.

Recuerdo con especial curiosidad la aparición también de un vampiro en la ciudad hace algo así como dos décadas, y cómo las historias alrededor de sus actos iban y venían de boca en boca, causando espectación, sobresalto y terror.

El vampiro empezó a aparecer en los alrededores de Santa Rosa Jáuregui, pero pronto se adueñó del centro de la ciudad, y en particular del Acueducto, a cuyo amparo nocturno atacaba a sus víctimas para chuparles la sangre. En algún momento de su corta existencia entre nosotros se habló de que era un vampiro chino, con los ojos rasgados y todo, según lo había observado alguien cuya identidad jamás fue revelada, aunque luego se aclaró que no era chino de origen sino de pelo, con rizada melena negra.

El mito del vampiro queretano cobró tanta fuerza que yo mismo pude escuchar de boca de algún profesionista -no crea usted que de alguien sin estudios- afirmar que en realidad se trataba de un maniático que se apostaba entre los pilares de los Arcos para atacar a los nocturnos y despistados transeúntes con un picahielo, con el que les hacía dos precisos orificios a la altura del cuello.

Cuando cursaba la preparatoria, también recuerdo, se presentó el dicho, cada vez más socializado, de que un trabajador de la Coca Cola se había caído en uno de los tambos de fábrica queretana, y que por no sufrir mermas económicas, los dueños habían decidido no decir nada, de tal suerte que cada Coca que te tomabas podía contener residuos del infortunado individuo accidentado. Entre los estudiantes de entonces la mofa radicaba en suponer que podía tocarte en suerte una Coca Cola con alguna de las partes más íntimas del anónimo obrero siniestrado, pero entiendo que para la empresa aquel mito creciente, debordante y arrollador, acabó por afectarle seriamente las ventas.

Son los mitos queretanos. Esos que cada vez se escuchan menos conforme la ciudad crece y se deshumaniza. Conforme dejamos de ser lo que se catalogaba como provincia.

Aunque quién sabe. No habría que descartar el regreso del Chupacabras, o del vampiro. Cualquier día, en medio de los trabajos del cableado subterráneo, puede aparecer un túnel que conecta a La Cruz con el Cerro de las Campanas, o partecitas de un cristiano en una Coca de lata.

Entonces algo de nuestra queretaneidad se reafirmaría.



ACOTACIÓN AL MARGEN



Mirando a la gente hacer cola a la espera de que el portón de Santo Domingo, en el centro citadino, abriera sus hojas, me dí cuenta de que, por fortuna, las tradiciones se niegan a morir.

En el Día de la Candelaria, como cada año, los fieles se acercaron con flores al templo y hasta conflictuaron el tráfico de la zona.

Ese Querétaro de antaño, para nuestra fortuna, sigue vivo y campante.

(aqui_queretaro@yahoo.com.mx)
 
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