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Opinión
![]() Juan Antonio García Villa
Parlamentarismo mexicano y español
El Sol de México
28 de septiembre de 2008
A nadie debe sorprender que el parlamentarismo español y mexicano tengan no pocas similitudes. De hecho puede afirmarse que el primero fue la escuela del segundo. Un dato al respecto es más que contundente: la experiencia adquirida por los novohispanos que en los primeros años del siglo XIX marcharon a España para participar como diputados en la discusión y aprobación de la Constitución de Cádiz de 1812 y después, ya de regreso en estas tierras, tuvieron una relevante participación -aun como legisladores- en la vida política del país.
Lo anterior viene al pelo con motivo de que en la segunda semana del presente mes de septiembre, un día cerca ya del amanecer, coincidieron las transmisiones televisivas de una sesión de la Cámara de Diputados de México, en emisión diferida del Canal del Congreso, que se ocupó del "Análisis del II Informe de Gobierno" en materia de política interior; y otra del Congreso de los Diputados de España transmitida en directo por Televisión Española, de una reunión de su "Pleno sobre la crisis económica" en la península ibérica. Interesante para el autor de estas líneas resultó el ejercicio de ir siguiendo casi simultáneamente ambas señales, toda vez que el objeto (que no el tema) y hasta el formato de una y otra sesión parlamentaria eran muy parecidos. Se observaron, sin embargo, algunas diferencias. Una importante: la presencia y participación en España del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, quien inició el debate con una intervención, más o menos de 40 minutos, en la que expuso la visión gubernamental sobre el desempleo, la inflación y el estancamiento económico que han agobiado a su país en los últimos meses, así como una intervención final para expresar sus consideraciones sobre lo dicho por cada uno de los demás grupos parlamentarios. Otra diferencia notable: la televisión española contaba con la participación de académicos y analistas que entre un orador y otro realizaban a bote pronto, en escaso minuto y medio aproximadamente, agudos, incisivos y muy lúcidos comentarios sobre lo dicho en tribuna por cada diputado. Como se comprenderá, un ejercicio parecido es por ahora difícil de llevar a cabo en México por tratarse del Canal del Congreso, pues se expondría a ser tachado de parcial. Es algo que aún nos falta madurar para avanzar. Tres similitudes pudieron observarse en las sesiones parlamentarias mexicana y española. Una, que tanto allá como aquí la participación en tribuna de las mujeres fue muy parecida; más o menos una por cada tres o cuatro oradores. Dos: frecuentemente el presidente de la asamblea, aquí y allá, solicitaba a los oradores concluir su intervención por haber agotado su tiempo; y tres, aunque con notoria diferencia de grado, la presencia de legisladores en el salón de sesiones y la compostura que guardan. Los españoles, unos entraban y otros salían del recinto y a algunos se les observaba sin la suficiente atención en el debate. Pero el caso de los mexicanos fue verdaderamente de escándalo. La televisión mostraba un general despoblamiento de las curules, mayor conforme avanzaba la sesión. Vacío desolador. Además, se veía a los escasos diputados presentes charlando en corrillos, hablando por teléfono, leyendo el periódico o entretenidos en sus computadoras personales. El impacto de estas imágenes en la opinión pública es tremendo. Por último, el discurso. En primer lugar el tono. En la mayoría de los oradores mexicanos se escuchaba agresivo, ríspido, violento. En contraste, el de los españoles moderado y hasta elegante, sin que esto significara en modo alguno blandura, pues eran incisivos con formas retóricas respetuosas. Aquí y allá, la casi totalidad leyó sus discursos. Allá separándose frecuentemente del texto y entre los nuestros manteniendo casi siempre la vista fija en el mismo, lo que hace que la intervención luzca menos y se vea muy acartonada. Aquí abundaron los lugares comunes. Allá los parlamentarios acudían a giros retóricos más elaborados. Mucho nos queda por aprender y avanzar, sin duda, y señalarlo no es en desdoro de nadie. Columnas anteriores
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