|
Opinión
![]() Juan Antonio García Villa
Septiembre de 1810: la marca de origen
El Sol de México
14 de septiembre de 2008
El inicio de nuestra guerra de independencia tuvo lugar la madrugada del 16 de septiembre de 1810, que fue domingo. Pasado mañana se cumplirán 198 años. Se sabe que el movimiento estaba preparado para estallar el primero de octubre, de acuerdo con la versión de José María Luis Mora, o el primero de noviembre, según Fray Servando Teresa de Mier; sólo que al ser descubierta la conspiración por parte de las autoridades españolas asentadas en Querétaro, los acontecimientos tuvieron que precipitarse. Esto provocó desorganización, falta de orden en el desarrollo del movimiento y su prolongación excesiva, entre otras lamentables consecuencias. Fue así como México, de manera inestable y muy accidentada, inició su vida política independiente. Tal vez no resulte temerario afirmar que hasta la fecha llevamos la marca de esa desafortunada falla de origen.
Como prueba de lo anterior, una entre varias que es posible aportar, está la reflexión de una de las mentes más lúcidas de la época, la de José María Luis Mora, padre del liberalismo mexicano, quien en su obra "México y sus Revoluciones" escribió sobre el punto lo siguiente: "La revolución que estalló en septiembre de 1810 ha sido tan necesaria para la consecución de la independencia, como perniciosa y destructora del país. Los errores que ella propaga, las personas que tomaron parte o la dirigieron, su larga duración y los medios de que echó mano para obtener el triunfo, todo ha contribuido a la destrucción de un país que en tantos años, como desde entonces han pasado -escribió Mora en 1836-, no ha podido aún reponerse de las inmensas pérdidas que sufrió". En su tiempo, Mora no fue el único que razonó así. Lorenzo de Zavala, yucateco e igualmente liberal, quien, por cierto, tuvo una tortuosa participación en la vida pública del país, también se refirió al tema en los años que siguieron a la consumación de la independencia. Lo hizo en el contexto de su crónica en torno a la gran derrota que las fuerzas insurgentes -que calcula estaban integradas por 100 mil hombres, cifra aparentemente exagerada- propinaron al ejército realista en la famosa batalla de Las Cruces, prácticamente en las goteras de la Ciudad de México, el 30 de octubre de 1810, victoria que preparaba el golpe definitivo sobre la capital y que Hidalgo no se atrevió a dar. En efecto, en su "Ensayo Histórico de las Revoluciones de México desde 1808 hasta 1830", publicado en 1832, es decir, cuatro años antes del libro de José María Luis Mora, Zavala plantea, a propósito de lo arriba mencionado, que "...Hidalgo operaba sin plan, sin sistema y sin objeto determinado. 'Viva nuestra señora de Guadalupe' era su única base de operaciones: la bandera nacional, en que estaba pintada su imagen, su código y sus instituciones. No sabía qué hacer en medio de la confusión y gritería que le rodeaba. Allende tenía más disposición, pero ni era escuchado, ni su capacidad estaba tampoco a la altura de las nuevas exigencias. Muy fácil es poner en combustión un país -continúa Zavala- cuando hay elementos de discordia; pero las dificultades de su reorganización son indefinidas. Sin embargo, muy poco se necesitaba saber para aprovecharse de unos momentos tan preciosos, de una ocasión que no se volvería a presentar". Qué lamentable que, como hace dos siglos, siga siendo relativamente fácil "poner en combustión al país cuando hay elementos de discordia", según en su época lo observó Lorenzo de Zavala, y siga aún sin aprovechar las oportunidades "tan preciosas" que tal vez no se vuelvan a presentar, como ahora aprobar las reformas de gran calado que el país necesita con urgencia. Columnas anteriores
|
Columnas
Cartones
|