Opinión / Columna
 
María Antonieta Collins 
¿Un país triste de gente triste?
Organización Editorial Mexicana
12 de febrero de 2010

  Desde Miami

No pude dejar de impresionarme al escuchar la plática de un grupo de jóvenes que filosofaban sobre la crisis que se vive en los Estados Unidos y de sus consecuencias en la población.

"Ahora -dijo una joven- no somos más que un país de gente triste, y lo seremos mientras esto no se resuelva."

Lo peor de semejante comentario es que nadie puso el grito en el cielo, ni uno solo salió a contradecirla, ni siquiera dijo algo como aquello tan mexicano de ¡No manches! Lo impresionante fue que los demás de aquel grupo dieron cada uno su opinión, cada una más triste.

"En mi caso -siguió diciendo- es imposible volver a tener felicidad en casa cuando mi padre, que había pasado toda su vida dedicado a la empresa en la que todavía le quedaban por lo menos unos buenos años de trabajo, lo despidió de un mes para otro porque simplemente habían contratado a un nuevo presidente, y mi padre es amigo del anterior, del que corrieron. Por supuesto que ése salió con gran cheque, pero mi viejo no. Los ahorros apenas si alcanzarán para cubrir unos seis meses de gastos, y todos nosotros estamos volando en un limbro. No me dan ayuda económica en la universidad porque ellos tenían un buen nivel, y aquí estoy en un punto en donde felicidad y alegría no tienen nada que ver en cómo nos sentimos en casa. Sentarnos a la mesa a comer en familia es en realidad un martirio donde todos son caras largas por la incertidumbre que de pronto nos cayó."

Así estamos nosotros -comenzó a contar un joven. "Mi madre ha sido siempre el sostén de la casa. La oficina donde trabajaba hizo un recorte de personal, ella, que durante años había sido la veterana, la más confiable, la que sabe todo, simplemente, sin imaginarlo siquiera, al final del día de pago la llamó su jefe, y le dijo que con los recortes de personal... desgraciadamente a ella le había tocado. Lo que más duele es que ella, mayor de cincuenta años, tiene recortadas las opciones para los trabajos que se dan a los jóvenes con cero o poquísima experiencia, pero a quienes nos pagan poco y podemos ser empleados durante mucho tiempo, más que el que puede servir ella por su edad."

La tercera historia me angustió por lo certera en retratar lo que se vive en los Estados Unidos a raíz de la crisis:

"En casa -comenzó a contar otra muchacha- tenemos terror por mi papá, a quien no dejamos un momento a solas. Cada día, desde que lo despidieron se ha ido deprimiendo más y más. Para él, un hombre orgulloso de su trabajo y de lo que ganaba para sostener a su familia, tener que pararse en la línea de los desempleados para recibir estampillas de comida y ayuda fue un golpe mortal. El otro día tenía tal dolor en el pecho que tuvimos que llevarlo de emergencia al hospital temiendo un ataque al corazón."

Al escucharles pensé que tampoco otros tienen motivos para sonreír. Me refiero a los que compraron sus casas a un precio y hoy valen menos de la mitad y tienen que seguir cumpliendo con la deuda completa.

No sonríen a la vida los que han perdido sus propiedades, o los que están a la espera que les modifiquen los préstamos para no perderlas, en fin, que es un panorama que todos esperan que cambie, pero que en verdad, si es cierto lo que las cifras hablan, de que han aumentado las recetas médicas para antidepresivos y para medicinas para poder dormir, también puede hablarse de que la grave recesión por la que atravesamos nos ha convertido, por lo menos por ahora, en un país con gran cantidad de gente preocupada y, algo peor, en un país de gente triste...
 
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