Migración
José sólo quería ver caminar a su hijo, por eso se fue al otro lado
El Sol de Tlaxcala
4 de julio de 2008

Elízabeth González

Tlaxcala, Tlaxcala.- José tiene muchos motivos para estar agradecido con Estados Unidos, su segunda patria. Lejano está el día en que salió de su natal Xicohtzinco para perseguir un sueño, uno muy distinto al que tienen casi todos los que un día cruzan la frontera: ver caminar a su hijo.

Los médicos en México habían dicho que nada se podía hacer, que por un defecto congénito su bebé nunca podría caminar. Pero el diagnóstico médico no pudo más que su fe.

Un día partió con su familia, con su niño en brazos, sin saber que ése sería el inicio de un largo peregrinar que al final de los años lo ha traído de vuelta, porque la tierra es la tierra.

Mi hijo volvió a caminar

Don José acomoda su gorra negra, tipo española, y luego rasca su mano derecha.

Admite que es orgulloso: tenía familia en California pero no quiso recurrir a ellos cuando pensó en emigrar, así que un año antes de llevarse a los suyos, José preparó el terreno.

"Yo no quería ir a California, quería hacerlo por mí mismo, así que no fui con mis familiares. En Pennsylvania encontré a unas personas de Sinaloa que me ayudaron mucho, allá por 1984".

Un año le bastó a este padre para decidir cargar con su familia para irse al otro lado. Una corazonada le decía que su hijo podía encontrar ayuda en ese país... y tenía razón.

Indocumentado, como era, de todos modos pudo lograr que su hijo fuera operado. Le cortaron el pie, le pusieron una prótesis y así José sintió que cumplió su sueño, pero no quiso regresar.

"Me operaron a mi hijo y le pusieron una prótesis, camina, está bien y no se le nota nada", afirma mientras respira.

Para él llevarse a su familia fue aparentemente fácil, "cuando tienes a alguien que conoces puedes hacerlo porque ellos te llevan, que fue nuestro caso, nos fuimos por Arizona, pero nos llevaron. Los que se van así, nomás a la aventura, tienen el 90 por ciento de posibilidades de no lograrlo".

El errante

Este hombre no sabe si tiene vocación de vagabundo, pero cuando llegó a Estados Unidos, no paró de migrar.

Durante 20 años recorrió el ancho y largo del país con lugares de ambiente caprichoso donde un día hacía frío y otros un sol quemante que casi nadie pensaba que podría soportar.

No había ancla ni puerto.

Cada día despertaba empeñado en perseguir los campos y las cosechas abundantes donde emplear las manos y poder sobrevivir.

"Antes, llegabas a un estado y se terminaba la temporada de la zafra y tenía uno que irse a otro lado donde empezar de nuevo, con familia y todo, entonces todo se queda en el camino porque mientras se transporta uno y busca casa para rentar, se acaba lo que tienes ahorrado mientras trabajas y juntas para ir a otro lado, así se vivía".

20 años peregrinó José con su familia en lugares como Pennsylvania, Nueva York y Carolina del Norte.

Y es que California ya no era el paraíso de la manzana. Pennsylvania, Washington, Nueva York, y el Estado de Michigan, representaban toda una oportunidad para los trabajadores del campo.

José recuerda los días de sol en la pizca de la naranja en Florida, en Carolina del Norte, en los campos del tabaco, la sandía o el tomate, "antes sí era migración, ahora ya no".

Ahora es distinto, la amnistía permitió que muchas familias dejaran California y se fueran a Pennsylvania o a otros estados como Tenesee, Michigan, o ciudades como Chicago.

Un día este tlaxcalteca decidió abandonar los campos, residente, aparentemente echó anclas. "Cuando dije que los químicos causan cáncer porque entran hasta por la piel, entonces me decidí a decir que quería algo mío, que me saque de lo que siempre hice y que asegurara mi vejez para no pasarla tan apurado".

Pronto el resultado de su decisión lo enfrentó con una labor que si bien le remunera, también le da un motivo para ayudar a sus paisanos.

"La vuelta a la tierra"

Hace dos años y medio que, con el apoyo de su segunda esposa -está separado de la madre de sus hijos, que es originaria de Texoloc y nunca volvió a México -, José Barranco Hernández decidió poner un negocio, el "México rápido".

Sin conocer el giro y con el cargo permanente de buscar la confianza de sus paisanos, considera que con su trabajo busca dar un poco de apoyo a la gente de su país. Residente, como es, José entra y sale de Estados Unidos y no abandona su tierra: "la tierra es la tierra".

"Cuando voy de regreso de México, me preguntan allá los paisanos que no quieren volver que cómo está México, que seguramente pobre, y yo les digo que no, que es muy rico, que es muy bonito, pero que desafortunadamente tenemos autoridades que no ayudan".

Molesto, afirma que "allá una patrulla es signo de confianza, de seguridad, aquí no, aquí es al revés, aquí te amuelan, sí batallamos, pero lo sobrellevamos, así se vive aquí, ni modo, ¿a poco por eso no vamos a amar al país".

Una vez me traje a un bebé

José precisa que no se dedica a trasladar personas de Estados Unidos a México y viceversa; sin embargo, admite que su empresa le ha dado tantas satisfacciones que hasta le han confiado bebés.

Alacia su abundante barba y cruza las manos mientras narra que "una vez me traje a un niño de cinco meses al estado de Puebla, era de Zacapoaxtla, me confiaron al bebé, le vine cambiando pañales, dándole biberón, hablé con mi esposa para que me fuera a esperar a la frontera para que me ayudara porque agarraron al papá, lo deportaron, y la señora estaba en proceso de deportación y estaba afuera pero ya en proceso, ella temía que le quitaran al bebé, entonces ella mandó al bebé a su casa".

Acepta que mandar al bebé no era tan legal, pero "hacemos que sea legal, por eso lo trajimos a su casa, mi esposa me decía: mira, está hermoso, ¿por qué no nos lo quedamos?, pero no, porque teníamos un compromiso y lo llevamos con su familia y la gente muy humilde allá nos lo agradeció mucho, qué mejor recompensa que eso".

Y no es la única vez que ha llevado a niños. "Recuerdo a un niño de nueve años que llevé de vacaciones, lo regresé y no tenía papeles".

Don José cuenta que una familia le confió a su hijo para que viniera a México de vacaciones. "Su familia le dijo que sólo hablara inglés en todas partes, pero el niño venía sudando, venía muy nervioso, venía sufriendo, y creí que eso no se le podía hacer a una criatura".

Emocionado, cuenta la hazaña de pasarlo por el puente internacional de regreso a Estados Unidos, con sólo mostrar el libro de registro de la escuela donde el infante estudiaba y algunos otros documentos escolares.

"Yo sentía cómo me escupía el agente (de migración) a la cara cuando me hablaba, yo ni me tensé, pero le dije, mira, el niño tiene que estar en la escuela la próxima semana, él nació allá, ¿quieres que pierda la escuela? Recuerdo que nos pararon muchas veces, que nos revisaron muchas veces, fue difícil, pero lo entregué sano y salvo. ¿Qué más confianza merezco?"

Este tlaxcalteca se dedica a traer objetos que envían los paisanos que radican en Estados Unidos, y que incluso puede traer camionetas, legalizarlas en la frontera y entregarlas en la puerta de la casa de la familia.

Pero este trabajo, dice, no es fácil porque "quién te va a traer una camioneta de seis mil dólares con una computadora y una televisión de mil 500 dólares cada uno y ropa y te dice 'llévaselo a mi familia', es un gran compromiso".

Lo que cree, asegura, es que "los que tuvimos suerte a lo mejor podemos ayudar un poco a otros paisanos, buscar un beneficio, hacer cosas para que no se vayan las familias porque a lo mejor contribuimos con programas para migrantes para que un día aquí haya empleos".

Reconoce una vez más que él y su familia tuvieron suerte y que Estados Unidos les dio mucho, pero "hay otras familias que se van y que al año sienten que no pueden más y se regresan sin nada, vinieron peor de lo que se fueron y eso deben pensar antes de irse".