Opinión
Vicisitudes
Armando Hernández Origel
NO TENGO NADA MÁS QUE DESEARTE

El Sol de Irapuato
31 de mayo de 2008

M.E. Armando Hernández Origel



La vida está llena de sorpresas, de sinsabores y de buenos deseos. La vamos viviendo conforme pasan los años, y en cada uno de ellos vemos las cosas de forma diferente.

Si nos ponemos a ver la salida del sol diariamente, nos daremos cuenta que no siempre es de la misma forma aunque parezca serlo. Siempre habrá un ángulo distinto que marcará la diferencia.

No podemos darnos el lujo de vivir la vida de la misma manera porque caeríamos en la monotonía. Debe haber algo especial y distinto que marque la diferencia del ayer con el de hoy, pero no del mañana porque aún no lo hemos vivido.

Las personas que se cruzan en nuestro diario caminar también son distintas y nos enseñan algo nuevo. Cada una de ellas tiene lo suyo y da lo que tiene, sea mucho o sea poco, sea sincero o por compromiso, pero siempre será algo para alguien.

El encontrarnos con alguien puede significar una razón de que existimos, de que alguien se acuerda de nosotros y de que a alguien le hacemos falta, o de igual forma, percatarnos que somos nosotros un motivo de ser parte de los pensamientos de otros.

Usted, los demás y yo somos importantes entre sí porque no podemos vivir la vida sin encontrarnos sobre una misma vereda, tarde que temprano las líneas se cruzan y sobre ellas están las personas a quienes deseamos ver o decirles algo, no sabemos si va a ser mañana o dentro de algún tiempo, pero cuando eso suceda será porque hay motivo para sentirnos útiles, para sentirnos que sí podemos aportar a los demás, dentro de nuestras propias inquietudes y formas de ver la vida.

¿Somos importantes como personas? La respuesta es sí, aunque muchos no valoren lo que somos.

¿Yo te necesito, tú me necesitas? La respuesta también es sí, aunque muchos sientan que no los son, porque da la impresión de que ni ellos mismos son capaces de recurrir a su propio yo, a su propia existencia.

Estimados lectores, ustedes son mi razón de seguir compartiendo unas cuantas líneas semanales; ustedes son mis principales críticos sobre lo que mi corazón plasma, sobre lo que mi corazón y mi mente dictan.

Lo que escribo, ustedes bien lo saben, lo hago tratando de aportar aunque sea un pequeño pensamiento, aunque sea una pequeña idea que pueda sernos útil en nuestra vida cotidiana. Escribo pensando en todo tipo de lectores, a los que leen mucho o a los que leen poco, a los que tienen estudios y a los que no los tienen, para todo nivel social y económico, y para cualquier edad. No me cierro para alguien en especial, me abro para quienes quieran y deseen leerme.

Para mi ha sido muy grato el comentario que me llegan a hacer en la calle, en la escuela mis alumnos, en el trabajo mis compañeros maestros e intendentes, y aún las llamadas que llego a tener en el colegio cuando algún lector me llama para felicitarme o darme las gracias por lo que se escribió y le fue útil, o simplemente para ponerse en contacto conmigo y llegar a entablar alguna charla.

Me disculpo de antemano porque hay a quienes debo hablar y no he podido comunicarme con ellos o por falta de tiempo o simplemente por olvido.

Gracias a aquellas personas que no conozco y que ni ellas me conocen personalmente pero que se han dado un tiempo para llamarme, sugerirme e invitarme a dialogar algún día con ellas. El tiempo y Dios nos lo permitan.

Sé que hay muchos de mis lectores que saben que pueden compartir mi columna, que al final de cuentas es de ustedes porque por ustedes existe la misma, para compartir sus pensamientos. Siempre he estado dispuesto a compartir algo que me envíen y lo seguiré haciendo porque es la mejor forma de crecer juntos.

Mi espacio de esta semana se me está agotando y no quiero dejar de pasar más tiempo para poner a su disposición un escrito que me llevó a mi oficina la señora Gaby de Clercin en una ocasión que teníamos una reunión de trabajo y que cuando terminamos me dice amablemente que me había llevado un escrito que le había gustado mucho y que como semanalmente me lee decidió llevármelo para, si era de mi agrado o lo creía conveniente, lo pudiese compartir con todos mis lectores. No eche su invitación a reflexionarlo juntos en saco roto, y es hasta hoy cuando tuve la ocasión para dejarlo en la mente de todos mis lectores.

Algunos de ustedes se preguntarán que cuando hablo de todos mis lectores, a cuántos de ellos estaré refiriéndome, lo que sí les aseguro que si son dos los que lo hacen ya es un motivo de atención para con ellos, y en ese momento esos dos son todos. Sé que son más, aunque en realidad no me importa el número sino llegar a aquellos que mis títulos les gusten o les llame la atención, mi estilo de escribir lo que pienso, lo que siento, lo que vivo.

Señora Gaby, lo prometido es deuda, y tenga la seguridad de que su contribución le va a gustar a todos porque la vida está llena de buenos deseos y debemos aprovecharlos al máximo. El escrito está firmado por Víctor Hugo, poeta, escritor y cabeza del romanticismo francés, de gran riqueza en su lenguaje expresivo.

El texto dice:

"Te deseo primero que ames, y que amando, también seas amado. Y que, de no ser así, seas breve en olvidar y que después de olvidar, no guardes rencores. Deseo, pues, que no sea así, pero que si es, sepas ser sin desesperar.

Te deseo también que tengas amigos y que, incluso malos e inconsecuentes, sean valientes y fieles y que por lo menos haya uno en quien puedas confiar sin dudar.

Y porque la vida es así, te deseo también que tengas enemigos. Ni muchos ni pocos, en la medida exacta, para que, algunas veces, te cuestiones tus propias certezas. Y que entre ellos haya por lo menos uno que sea justo, para que no te sientas demasiado seguro.

Te deseo además que seas útil, más no insustituible. Y que en los momentos malos, cuando no quede nada más, esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.

Igualmente, te deseo que seas tolerante, no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil, sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente, y que haciendo buen uso de esa tolerancia, sirvas de ejemplo a otros.

Te deseo que siendo joven no madures demasiado de prisa, y que ya maduro, no insitas en rejuvenecer, y que siendo viejo no te dediques al desespero. Porque cada edad tiene su placer y su dolor y es necesario dejar que fluyan entre nosotros.

Te deseo de paso que seas triste. No todo el año, sino apenas un día. Pero que en ese día descubras que la risa diaria es buena, que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana.

Te deseo que descubras, con urgencia máxima, por encima y a pesar de todo, que existen, y que te rodean, seres oprimidos, tratados con injusticia y personas infelices.





Te deseo que acaricies un gato, alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal porque de esta manera, sentirás bien por nada. Deseo también que plantes una semilla, por más minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento, para que descubras de cuantas vidas está hecho un árbol.

Te deseo, además, que tengas dinero, porque es necesario ser práctico. Y que por lo menos una vez por año pongas algo de ese dinero frente a ti y digas: "esto es mío", sólo para que quede claro quien es el dueño de quien.

Te deseo también que ninguno de tus afectos muera, pero que si muere alguno, puedas llorar sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.

Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer, y que siendo mujer, tengas un buen hombre, mañana y al día siguiente, y que cuando estén exhaustos y sonrientes, hablen sobre amor para recomenzar.

Si todas estas cosas llegaran a pasar, no tengo más nada que desearte".

Amables lectores, ¿ustedes que desean para los hombres y mujeres, para la humanidad entera, para las personas que comparten sus vidas?.





Mtro. Armando Hernández Origel

Director de Preparatoria del

Colegio Marista Pedro Martínez Vázquez

23 de mayo de 2008

Columnas anteriores
Columnas

Cartones