Opinión
Germán Sierra Sánchez
¿Qué sigue?

El Sol de Puebla
12 de mayo de 2008

Germán Sierra Sánchez

Hace 526 días que el Presidente Calderón sacó al Ejército a las calles para hacer labores policiales y la semana que terminó, la violencia parece que llegó a su peor momento.

El asesinato en pocos días de tres altos mandos policiacos federales en la capital y decenas más de suboficiales y policías rasos en todo país, revela no sólo un obvio recrudecimiento de la violencia, producto de la guerra total declarada por el gobierno al narcotráfico, sino además es el indicio más patente hasta ahora, de que al menos una fracción del crimen organizado recogió el desafío gubernamental y que reacciona ya con toda su capacidad ofensiva contra el Estado, ni más ni menos que en el territorio donde se asientan los poderes de la Federación.

La ejecución del comisionado de Seguridad Regional de la PFP, Edgar Millán, a quien se le atribuye mucha cercanía con el Presidente de la República, ocurrió a pocos kilómetros del Palacio Nacional y apenas a unos metros de las instalaciones de la PGR, lo que denota determinación y audacia por parte de sus asesinos.

Esto abre desde luego la posibilidad de trasladar al Distrito Federal, el catálogo de acciones tan espectaculares como inútiles y en muchos casos contraproducentes de los operativos antinarco.

No es descabellado suponer que tras la respuesta del crimen organizado por las acciones oficiales, los habitantes de la capital del país tendrán que prepararse para sufrir una serie de consecuencias, como es el caso de la colocación de retenes y patrullajes militares. Tal como ya ha sucedido en ciudades como Tamaulipas, Chihuahua, Baja California, Sinaloa, Sonora, Michoacán, Jalisco y Guerrero.

A estas alturas, seguramente ya se ha perdido la cuenta exacta de las víctimas que ha dejado esta guerra contra el crimen organizado, aunque se estima que rebasan las tres mil 500.

De este espeluznante total, un número considerable concierne a inocentes que no la debían ni la temían. Se trata de mexicanos comunes y corrientes, sin nexos con el poder, para los cuales, por lo mismo, no hubo ni siquiera el dudoso consuelo de un homenaje gubernamental con presencia del Jefe del Estado ni frases laudatorias, ni coronas de flores.

Desde luego que el Jefe del Ejecutivo ha hecho bien en no regatearle reconocimientos a sus colaboradores caídos en el cumplimiento del deber, pero haría mejor en aplicar todo su talento e imaginación política para tratar de resolver el problema del trafico de drogas hacia Estados Unidos sin que esto signifique más muertes de inocentes.

En medio de tanta sangre derramada vale la pena señalar que de la muerte de inocentes son responsables no sólo quienes accionan las armas, sino también quienes por la razón o la justificación que sea, alientan una guerra que no conduce a ninguna parte, excepto al deterioro institucional.

Cuando en diciembre del 2006 el gobierno federal decidió lanzar el ejército a las calles, mediante el argumento de que sólo así sería factible garantizar la seguridad pública, voces sensatas, advirtieron que se trataba de una medida riesgosa y que por lo tanto deberían agotarse previamente otras opciones de táctica policial, antes de hacer uso de este el último recurso del Estado mexicano.

El tiempo le ha dado la razón a estas voces. Hoy, ante el eventual fracaso de las fuerzas militares, el gobierno se ha quedado sin opciones, pues en su momento se precipitó y hoy se encuentra transitando en un camino sin retorno.

El gobierno no puede ya sacar banderas blancas ante los barones de la droga, ni tampoco puede ni debe decretar en todo el territorio nacional, un estado de sitio con el apoyo del ejército mexicano, pero es obvio que algo se tiene que hacer.

En las últimas horas, solo he escuchado nuevos discursos oficiales cargados de bravatas, pero creo que hoy no es tiempo de valientes, es tiempo de mucha inteligencia.

La delincuencia organizada es hoy una amenaza real para el Estado; si nos fiamos de lo que ha sucedido en las últimas semanas, tienen más que celebrar los delincuentes que quienes los persiguen.

La tenacidad es un valor; en exceso, se llama necedad y va en detrimento del cumplimiento de los objetivos. Si en año y medio la violencia está a los mismos o mayores niveles que antes, nadie le reclamará al Presidente un giro en la estrategia. Permítanme un cliché: es de sabios corregir. Si no se hace tiempo, entonces ¿Qué sigue?

Y hablando precisamente de circunstancias, aprovecho la oportunidad para dar las gracias a los directivos de este importante rotativo, quienes me dieron la oportunidad de escribir durante los últimos cinco años y a todos los lectores que semana a semana siguieron y alimentaron estos artículos de opinión por medio de sus correos electrónicos.

Asuntos personales que reclaman tiempo y toda mi atención me impiden continuar escribiendo estas colaboraciones semanales, por lo que me despido de todos ustedes por haber permitido la existencia de este espacio de crítica y reflexión. Hasta pronto.....

Columnas anteriores
Columnas

Cartones