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Opinión
![]() Eugenio Lira Rugarcía
En la eucaristía Cristo sigue amándonos "hasta el extremo"
El Sol de Puebla
5 de abril de 2007
P. Eugenio Lira Rugarcía
"Tomad y comed, esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Tomad y bebed este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Hagan esto en memoria mía". ¡Que impresionantes palabras!; expresan con total claridad el amor infinito de Dios, que "tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna". Ese Hijo, enviado del Padre con la fuerza del Espíritu Santo, nos amó hasta el extremo de dar su vida por nosotros y para beneficio nuestro. Porque con su pasión, muerte y resurrección nos ha liberado de las cadenas del pecado, y nos ha hecho hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eternamente feliz. Así, Cristo nos demuestra que Dios no está lejos de nosotros. En Él, el Todopoderoso, eterno, perfecto y feliz en sí mismo, que ha creado todas las cosas, se desprende de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de siervo. "Se arrodilla ante nosotros y lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios. Sólo el amor tiene la fuerza purificadora que nos limpia de nuestra impureza y nos eleva a la altura de Dios. El baño que nos purifica es Él mismo, que se entrega totalmente a nosotros, desde lo más profundo de su sufrimiento y de su muerte", ha dicho el Papa Benedicto XVI. "En los sacramentos de la purificación -el Bautismo y la Penitencia- él está continuamente arrodillado ante nuestros pies y nos presta el servicio... de la purificación; nos hace capaces de Dios. Su amor es inagotable; llega realmente hasta el extremo". Sin embargo, a nosotros toca convertirnos libremente y dejarnos limpiar. Por eso, ante Judas, que deliberadamente ha rechazado el amor, Jesús afirma: "Vosotros estáis limpios, pero no todos". De esta manera, nos pone en guardia frente a la autosuficiencia, que pone un límite a su amor ilimitado. Para que eso no nos suceda, el Salvador de toda la creación, dándonos ejemplo, nos ofrece la "clave" para alcanzar la vida plena y eternamente feliz que sólo Él nos puede brindar: "Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros, como yo los he amado" (Jn 13,34). Jesús nos ha amado hasta dar su vida. Y su amor no termina "en la muerte de Aquel que no termina por la muerte", como escribió san Agustín. Por eso Él, que vive para siempre, se nos ofrece como alimento, para darnos la fuerza del amor. Se nos entrega -afirmaba san Ignacio de Antioquia- como "medicina de inmortalidad y antídoto contra la muerte". Así, en Cristo se hace plena la liberación y la sobrevivencia eterna que anunciaba la sangre del cordero pascual, que libró del exterminio a cuantos con ella marcaron su hogar. En la Eucaristía, a través del ministerio que confió a los Apóstoles aquella noche, y que ellos a su vez transmitieron a sus sucesores, los obispos, y a sus colaboradores, los presbíteros, el Señor sigue amándonos "hasta el extremo", como ha señalado el Papa Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Post-Sinodal "Sacramento de Caridad". En el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre Jesús hace presente su pasión, su muerte y su resurrección, con toda su fuerza salvadora, por la que nos une a la Santísima Trinidad, y a toda la Iglesia; con la Virgen María y los santos, con el Papa, con el propio Obispo, con todo el clero y con el pueblo de Dios entero, dándonos la esperanza de alcanzar la vida eterna y de resucitar con Él el último día, fortaleciéndonos para vivir el amor y ser constructores de unidad en nuestra familia y en nuestros ambientes, siendo solidarios particularmente con quienes más nos necesitan, implicándonos así en la dinámica de su entrega. ¿Cómo pagaremos al Señor todo el bien que nos ha hecho? Levantando el cáliz de salvación e invocando su nombre, al menos cada Domingo en la Eucaristía, agradeciéndole el don del sacerdocio y rogando que envíe operarios a su mies. No descuidemos este maravilloso Banquete de amor. Vivámoslo intensamente, con nuestra participación conciente y activa. Comulguemos con frecuencia, recordando que quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir antes el sacramento de la Reconciliación. ¡Sigamos el llamado del amor! Y fortalecidos por la Eucaristía, salgamos a servir a los que sufren y a los que nos necesitan, haciendo lo más que podamos por ellos. |
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