Opinión / Columna
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Educación y Cultura
Abel Ayala Guerrero
La educación artística y cultural
El Sol de Puebla
3 de noviembre de 2009
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Las propuestas que se hacen acerca de la educación artística, como parte de la acción cultural, se basan en contribuciones de las ciencias sociales y en las experiencias de transformación realizadas en México y en América Latina en las últimas décadas.
Sin reiniciar en una definición demasiado amplia de cultura, como la que algunas corrientes antropológicas dieron, al incluir en ella todo lo creado por el hombre, pensamos que el arte y la cultura son parte necesaria de todas las sociedades y que tienen que ver con el conjunto de la vida humana. Entendemos el arte y la cultura como lugares en los cuales mediante la representación o reelaboración simbólica de nuestra vida social, buscamos la compresión, reproducción y transformación de la misma. Consideramos superada, por lo tanto, la idea de que la cultura sea principalmente erudición y refinamiento, las concepciones de arte como lujo reservado a sectores privilegiados o recreación para ocupar el tiempo libre de las clases populares, complemento decorativo o actividad creadora sólo posible para genios o seres excepcionales. Pensamos que el arte y la cultura son tareas accesibles y necesarias para todos los hombres, no sólo fuera del trabajo, en los momentos marginales, sino en el centro mismo de nuestra vida.
También hay que descartar la idea que durante tanto tiempo sostuvo la "difusión de obras". Así se creyó que la función de la educación artística y la difusión cultural consistiría en instruirnos sobre la manera de producirla y apreciarlas, colocarnos en relación con ese gran (y único) patrimonio cultural de la humanidad, en la que de una vez para siempre se habría definido lo que debe entenderse por belleza y fealdad, por arte buenos o malos. Sabemos en qué medida esta concepción del arte y la cultura universal sirvieron para ocultar la hegemonía de las culturas europeas que se impusieron, junto con la expansión colonialista de sus economías, a los países dependientes.
En las últimas décadas también ha sido criticada la forma en que ésta concepción falsamente universalista disimula la hegemonía de las grandes trasnacionales de la comunicación y la cultura, y, en su lugar, se reconoce una pluralidad de culturas nacionales y étnicas, de las clases dominantes y las subalternas. La cultura no preexiste como un conjunto de bienes a los que meramente se trata de adherir; su vitalidad reside más bien en el desarrollo de la creatividad y el pensamiento, la sensibilidad y la imaginación de los pueblos en su vida cotidiana.
Por eso, en vez de difusión preferimos hablar de acción cultural. Las consecuencias son evidentes: se tratará de promover más la actividad y la creatividad de la gente que su relación pasiva con espectáculos, nos preocuparemos menos por acumular bienes para consumir, que por suscitar una compresión cada vez más rica de la realidad para estar en mejores condiciones de transformarla. De ningún modo propiciamos el olvido de la historia, ni el desconocimiento de lo que otros pueblos y épocas hicieron. Pero pensamos que estos aportes deben ser colocados en relación con nuestra realidad, porque no existe herencia cultural tan importante que merezca sustituir lo que hoy estamos realizando en nuestros trabajos, al escribir y filmar, al inventar o cumplir las tareas más cotidianas, en todos los espacios en que nos esforzamos por saber quiénes somos y cómo podemos transformarnos.
Para realizar estos objetivos, la educación artística no debe ocuparse sólo de enseñar a producir obras o contemplarlas; debe formar el gusto y desarrollar la capacidad sensible e imaginaria del conjunto del pueblo. No basta que transmita los modelos estéticos consagrados (del renacimiento, del romanticismo o el neoclasicismo); es preciso que mejore las condiciones sociables para el desenvolvimiento de la creatividad colectiva.
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