|
Comunidad y cultura
Oslo, una capital rica en arte y cultura
Grandes obras en museos, esculturas y la arquitectura son parte fundamental en la ciudad. Foto: OEM
Primera de dos partes
Organización Editorial Mexicana
7 de septiembre de 2008
Ma. Esther Estrada / Corresponsal
Oslo, Noruega.- Noruega me suena a fiordos y a frío. Así es que armada de un paraguas, un suéter y un rompevientos, a pesar de ser verano, me dispuse a conocer un poco de ese país nórdico. Un vuelo de apenas hora y media me llevó de Amsterdam a Oslo. Mi primera impresión, desde el avión, fue muy positiva: verde y azul, bosques y agua. Unas cuantas casas salpicadas en el paisaje. ¿Cuánto sabemos de Noruega? ¿Que es un país en Europa del norte, uno de los tres que conforman lo que se conoce como Escandinavia, junto con Suecia y Dinamarca? ¿Que es muy rico gracias a los yacimientos de petróleo que descubrieron en la década de los 60? ¿Que parte de su territorio está dentro del Círculo Polar Artico? Pensando en términos turísticos, ¿qué podría ser interesante visitar? La capital, Oslo, es obligatoria. La zona de los fiordos, también. Si se llega hasta esas latitudes entre mayo y julio, tal vez ir hasta Nordkapp y disfrutar del sol de medianoche o de una aurora boreal. Yo les compartiré mis impresiones sobre estas tierras, donde vivieron vikingos, donde viven esquimales, donde se prepara una bebida a base de papa fermentada y donde la vida parece transcurrir a un ritmo más pausado que en el resto del mundo. OSLO, LA CAPITAL Empecemos por el aeropuerto de Oslo, un edificio muy moderno y bien organizado. Lo primero que hay que hacer al llegar es cambiar dinero a coronas noruegas, que es la moneda en este país. Y ya con coronas en la bolsa, el siguiente paso es comprar los boletos del tren para llegar al centro de la ciudad en menos de media hora, en unos vagones amplios y muy cómodos. Limpia, tranquila y majestuosa, la zona que corre entre el Parlamento, el Teatro Nacional, la Universidad y el Palacio Real le da la bienvenida a los visitantes con áreas verdes y fuentes. Otro punto a visitar es la catedral, con sus magníficos vitrales. Y si se camina por la Karl Johans Gate, que une todos estos sitios, se le van a uno los ojos con todo lo que se muestra en los aparadores de las tiendas que flanquean la plaza. Por supuesto que no es la única zona comercial. La calle Bogstadveien, por ejemplo, está llena de comercios, uno tras otro, donde se puede comprar desde los típicos y bellísimos suéteres con diseños noruegos, o accesorios para el hogar o alhajas, en fin, de todo. Claro que hay que haber hecho ahorros antes de llegar de compras a Noruega, porque lo que también descubrí es que este es un país muy caro. Cuando se recorre la ciudad no se ven edificios muy antiguos. Esto se debe a que Oslo fue destruida por el fuego en 1624 y los edificios más importantes, como los que les mencioné antes, fueron construidos apenas en el siglo XIX. Me llamó la atención la profusión de esculturas por toda la ciudad. Se les encuentra en parques y jardines, en glorietas y plazuelas. Le dan un toque muy especial al paisaje urbano. Ni qué decir que los noruegos están muy orgullosos de un escultor local, Gustav Vigeland (1869-1943). Tanto que existe un parque hermosísimo que lleva su nombre donde se pueden apreciar 212 de sus obras, tanto en bronce como en granito. La más espectacular, que le tomó una década y media terminar a un grupo de escultores bajo sus órdenes, es un monolito de 14 metros de alto que se encuentra en el centro del jardín. En él se encuentran representadas 121 figuras humanas muy bien detalladas que se esfuerzan por llegar a la cima. Este parque es un paseo obligado, sobre todo cuando el clima es benigno y los museos ya cerraron. La Opera, que se inauguró en abril de este año, está situada a un paso de la estación central y a orillas del Fiordo de Oslo. Es un impresionante edificio blanco, moderno, con grandes ventanales a la ciudad. Imagino que es uno de los pocos megaproyectos que puede ufanarse de haber sido terminado antes de tiempo y con un costo menor al presupuestado. Entre zonas residenciales y áreas verdes se llega a tres museos muy especiales. El primero es ideal para visitar sin lluvia, porque es al aire libre. Me refiero al Etnográfico, que ha reunido en sus jardines una colección de más de 140 templos y edificios de los siglos XVII y XVIII que estaban diseminados por el país. Si lo visita en domingo tendrá la suerte de ver bailes tradicionales y de escuchar a cuenta-cuentos (en inglés) que relatan las costumbres de los diferentes grupos étnicos noruegos. El segundo es el Museo de los Barcos Vikingos, donde se encuentran tres naves del siglo IX, que se hallaron desarmadas en unas tumbas, junto con joyas, muebles, alimentos, carrozas y trineos que acompañaban al difunto en su viaje a la otra vida (¿No le suena a lo mismo que hacían los egipcios en su preparación para el más allá?) Por supuesto que los tres barcos fueron rearmados por grupos de arqueólogos y ahora los podemos apreciar en toda su magnificencia. Gracias a estos hallazgos ha sido posible estudiar mejor la vida de estos hombres que surcaron los océanos durante más de 500 años. Por lo que dicen, éste es el museo más completo del mundo sobre los vikingos. Y el tercero es el museo Kon-tiki. Si usted lo recuerda, en 1947 el noruego Thor Heyerdahl navegó por el Océano Pacífico en balsa (ocho mil kilómetros) para demostrar que hubiera sido posible que los sudamericanos cruzaran ese océano con ese tipo de naves. El estaba convencido que la papaya, la piña y el algodón, entre otros, habían llegado a la Polinesia desde América del Sur. Aquí se puede ver la balsa original donde se vivieron las grandes aventuras que se pueden leer en "La expedición Kon-Tiki". También se exhibe la embarcación Ra II con la que Heyerdahl probó que era posible cruzar el Océano Atlántico en navíos hechos de juncos. De la expedición Tigris sólo queda un modelo a escala de la nave, pero orgullosamente se ve colgada una bandera mexicana, dado que uno de los miembros de la tripulación era de nuestro país. En esa ocasión, en 1977, comprobaron que el mar pudo haber sido el medio de contacto entre los países que rodean el Océano Indico (navegaron para ello seis mil 800 kilómetros). En pocas palabras, el proyecto principal de Heyerdahl fue demostrar que los grandes océanos del mundo habían sido utilizados como medios de comunicación por la gente mucho antes de que Colón descubriera América. Y todo esto, más sus descubrimientos en la Isla de Pascua, se encuentra en este museo. Y ya que de museos hablo, les compartiré mi experiencia en el Munch, que se encuentra también en Oslo. Seguramente habrá escuchado hablar de "El Grito", una pintura expresionista que muestra una figura andrógina que simboliza a un hombre moderno en un momento de profunda angustia y desesperación. La obra es muy famosa porque ha sido robada dos veces, una de ellas del museo del que les hablo (aunque recuperada en 2006), por lo que ahora para entrar ahí hay que pasar por una serie de escáneres, puertas dobles de seguridad y estar permanentemente bajo la mirada de guardias y cámaras. Pero vale la pena todo, porque por lo menos yo me olvidé de ese dispositivo cuando fui descubriendo otro tipo de pinturas, menos famosas, de este noruego que vivió entre 1863 y 1944. El decía que así como Da Vinci había estudiado la anatomía humana y diseccionado cuerpos, él intentaba diseccionar almas. Y, sin duda alguna, las vemos reflejadas en sus pinturas. Personas y escenas que nos hablan de depresión, de angustia, pero también de amor, amistad y erotismo. Mis preferidas tras la visita fueron la "Madonna", "Mujer Joven en la Playa", "El Broche-Eva Mudocci", "Noche Estrellada" y "Mujeres Sobre el Puente". ¿Sabía usted que en Oslo se entregan los premios Nobel de la Paz el 10 de diciembre de cada año desde 1901? Alfredo Nobel, el sueco fundador de estos reconocimientos, dejó especificado en su testamento que el premio de la Paz lo debería entregar el Parlamento noruego, aunque los demás se reciben en Estocolmo. Hasta 2005 la ceremonia se llevaba a cabo en el Ayuntamiento, pero a partir de esa fecha ya tienen una sede construida ex profeso en una esquina espectacular, con el fiordo de Oslo a un costado y la plaza Radhus al frente. Cuando paseaba por esta zona verde, con grandes fuentes y muchas esculturas, me tocó ver salir de puerto al crucero Queen Elizabeth II, en lo que fue una escala de su último paso por estos mares antes de despedirse de las travesías a finales de este año y convertirse en un hotel de gran lujo atracado en Dubai. Volviendo al tema de la plaza, me llamó poderosamente la atención que todas las esculturas son figuras femeninas. El único varón que encontré era apenas un niño. Mujeres en actitud de cuidado de sus hijos o jugando con ellos. Con la ciudad por un costado, la fortaleza Akershus por otro, el fiordo por otro y un centro comercial de lujo por otro, el Aker Brygge. GASTRONOMIA En todo el costado del Aker Brygge que da al fiordo y al puerto, con una vista espectacular, se encuentran muchos restaurantes que se llenan de turistas y locales hambrientos con ganas de disfrutar unos momentos de paz y buena comida. Obviamente el pescado prima en las cartas: salmón (fresco o ahumado), trucha ahumada, halibut (parecido al lenguado) o arenque, entre otros. Algo típico es la sopa de pescado que en Noruega es cremosa, de sabor muy suave y, si tiene suerte, encuentra algunos camarones flotando en ella. Hablando de comida, mis recuerdos más memorables son para tres platillos que nunca había probado: ballena, ciervo y reno. Antes de que alguien abra demasiado grandes los ojos, les diré que a pesar de la prohibición para la captura comercial de ballenas que entró en vigor en 1986, Japón y Noruega consideran que las poblaciones de estos cetáceos se ha recuperado e insisten en que hay suficientes ejemplares en los océanos como para volver a cazarlas. Eso sí, utilizando métodos modernos y menos agresivos contra estos animales. En Noruega se sigue cazando legítimamente ballenas de Minke, una pequeña especie de cetáceo barbado. El caso es que en algunos restaurantes del país se encuentra como un plato más de la carta. Con mi avidez por paladear los sabores de cada tierra, no pude evitar pedirla. Me la sirvieron en carpaccio, es decir, en crudo, en rebanadas muy delgadas. En este caso bañada con una salsa al pesto. Su color es parecido al de la res, rojo oscuro; su textura, suave; su sabor es más parecido al de la carne que a otra cosa que yo haya comido. Tenía una gran expectativa ante lo que me iban a servir, porque no me imaginaba su apariencia ni su gusto. Definitivamente fue una gran experiencia para los sentidos. Comparada con la ballena, el reno, que también pedí en carpaccio con salsa de arándano, se sentía un poco correoso, aunque también de buen sabor. El medallón de ciervo que comí opacó definitivamente al reno. Jugoso, suave y de paladar delicado, me encantó. Estoy convencida de que un viaje no está completo sin un recorrido gastronómico de los platos típicos de un país o región. Siempre voy abierta a probar alimentos desconocidos o recetas diferentes a lo que estoy acostumbrada. No puedo decir que todo me haya fascinado, pero casi siempre he disfrutado con esos platillos. Parte de este gusto por comer de todo se lo debo a mi madre, que de pequeña nunca me dejó levantarme de la mesa sin acabarme todo lo que me servían y me obligaba a probar aquello que, en su momento, me parecía repugnante. Hoy no sólo como de todo, sino que antes de llegar a un nuevo destino ya estoy investigando cuáles son las recetas más famosas de ese lugar para pedirlas a la primera oportunidad. ¡Se me olvidaba hablarles de un queso que acostumbran comer a la hora del desayuno! El Gudbrandsdalsost (ni intente pronunciarlo), mejor conocido como brunost (más fácil, ¿verdad?). Es un queso de cabra o vaca con un sabor dulzón y de color café. Lo presentan en rebanadas muy delgadas, como para sándwich. A mí me sorprendió porque me supo a cajeta. ¿Por qué no, si también en el fondo es leche caramelizada? Cambiando de lo sólido a lo líquido, debo hacer una mención al aquavit, que es la bebida nacional, destilada a partir de la fermentación de las papas añadiéndole licor de alcaravea (comino de prado), que se añeja durante tres o cinco años en barriles de roble que antes se usaron para añejar jerez. Esta "agua de la vida" tiene 40 por ciento de alcohol en volumen, como nuestro tequila, y se bebe también en dosis pequeñas, aunque se sirve en copas de pierna larga y cuerpo redondo. Cuenta la leyenda que en 1531 el señor del castillo Bergenshus le envió al arzobispo de Noruega un paquete con una carta y una botella de esta bebida. En la carta le explicaba que "el agua que se llama Aqua Vite es una ayuda para todo tipo de enfermedades que un hombre puede tener interna y externamente". ¡Tan sabios los noruegos! Aunque la afirmación puede ser exagerada, lo cierto es que el acquavit ayuda a la digestión de las comidas pesadas. Hay quien se lo bebe de un trago. Otros prefieren disfrutarlo poco a poco, a sorbos, para apreciar mejor sus sabores y aromas. Lo que pude constatar es que casi siempre va acompañado de un buen trago de cerveza, aunque para mí esa combinación me pareció que arruinaba el sabor del aquavit. Pero evidentemente para todo hay gustos. Esta bebida no se encuentra sólo en Noruega, sino en toda Escandinavia. En los otros países le agregan naranja, cilantro, anís, azúcar o sal para darle un toque diferente. Ya les dije que en este país todo es caro, pero no les aclaré que especialmente las bebidas alcohólicas. El impuesto que se paga por ellas es tan alto que las vuelve inaccesibles para una parte de la población. Por poner un ejemplo, la botella de vino más barata en cualquier restaurante (desde una taberna hasta un lugar elegante) no bajaba del equivalente a 750 pesos... y de ahí para arriba. Cierro esta parte del reportaje con una nota sobre el agua y el café. Aquí el vital líquido se bebe directamente de la llave y la costumbre es, sin más, dar de beber al sediento. Por lo tanto, en cualquier cafetería o restaurante se ven jarras de agua y vasos a disposición del público en general. En caso de necesidad, sólo hay que entrar, servirse y saciar la sed. Los noruegos son cafeteros. Podríamos decir que esa es la otra bebida nacional. Y tampoco con ella son tacaños. Cuando se pide un café, lo traen en tazas enormes o en unas más pequeñas, pero con una jarrita llena de café al lado para poder servirse más sin problemas. La próxima semana les hablaré de Bergen, la segunda ciudad en importancia de Noruega, de los fiordos y de otras costumbres locales. Continuará... mestrada@elsoldemexico.com.mx |
|