El Sol de Puebla
Puebla, Mex. I
Puebla     .
De botica a farmacia

MICHEL Segura, descendiente de los fundadores del casi centenario establecimiento. Foto: Julio César Martínez
El Sol de Puebla
22 de septiembre de 2013

   

por Carolina Vega



Ubicada en la calle 4 Poniente 503, la Farmacia Angelopolitana continúa casi cien años después resistiendo a las grandes sucursales farmacéuticas. El secreto, según sus dueños, consiste en seguir siendo "el boticario de siempre", aquel que antepone el trato con el cliente a las ganancias fáciles.

"¡Lo que ha cambiado la vida!", se lamentó Michel Segura, descendiente de los fundadores del local, mientras despachaba a un cliente que pedía un refresco en la Farmacia Angelopolitana. Y es que desde que el establecimiento abrió en 1920 el tiempo transformó muchas cosas.

Los clientes, como sucedía a mitad del siglo pasado, ya no esperan por horas para asistir a una consulta en el mismo establecimiento donde "con una sola receta se curaba todo" ni acuden presurosos por un remedio que "cure el susto". Ahora, los envases de refrescos, chocolates y chicles atiborran el pequeño local que no tiene apenas lugar para aspirinas o pomadas.

Aunque por su céntrica ubicación son los turistas y escolares los que más acuden al establecimiento, los ancianos del barrio aún llegan a charlar con Dolores S. de Paleta, la actual administradora y madre de Michel. "Todavía recuerdan los comienzos", se sorprende Michel, quien se postuló como portavoz de su madre ya que ésta, de salud delicada, aún continúa débil después de una enfermedad que la mantuvo en cama por más de una semana.



COMIENZOS POR AMOR



En la memoria de los ancianos del lugar así como en los relatos que aún circulan de generación en generación en la familia Paleta, aún sigue vivo el recuerdo de Ignacio Paleta y Petra Flores. Ella, hija de ricos hacendados del municipio de Cuautlancingo, se mudó a principios del siglo pasado con su familia a la ciudad de Puebla tras huir de la Revolución Mexicana. Allí, su padre armó un negocio para cada uno de sus cuatro hijos con la esperanza de verlos prosperar.

El amor de Petra por Ignacio, un joven ingeniero químico procedente de Zacapoaxtla, hizo que ésta se decidiese por fundar una botica donde su ya marido pudiera dar rienda suelta a su vocación: experimentar con preparados que curasen todo tipo de males. Fue así como en 1920 nació la Botica Angelopolitana en la esquina de la 5 Norte con la 4 Poniente, donde ahora hay un parque y justo frente al lugar que ahora ocupa.

Tras un cambio previo de local, siempre en la misma calle, en 1923 el establecimiento se traslada a la que será su ubicación definitiva: el número 503 de la calle 4 Poniente. En la pesada cortina de metal que resguarda el local aún hoy se pueden leer las iniciales de Ignacio Paleta.

La ausencia de competencia, pues "sólo existían dos boticas más en la ciudad" la Botica Teresiana -que ya no existe- y la Botica Universal que ahora opera bajo la denominación de Farmacia, hizo que la Botica Angelopolitana viviera una época de esplendor de la que aún se habla en la familia. "Hubo temporadas que no daba tiempo ni a comer", afirmó Michel haciendo suyos los recuerdos de la década dorada de los años 30.

La profesión médica del hijo mayor de Petra e Ignacio, Rubén -más conocido como Don Rubén por sus vecinos-, hizo que a mediados de siglo las dilatadas ventas de la farmacia aumentaran aún más. En ese momento, la idea de pasar consulta en el mismo establecimiento revolucionó a los vecinos del barrio quienes buscaban remedios que curaran "el derrame de bilis provocado por un susto" o las inyecciones de quinina que, antes de que se restringiera su venta en los años 80, servían como método abortivo.

Los preparados químicos que aún realiza Don Rubén, retirado desde hace cuatro años, "sólo para la familia", eran los productos más vendidos. Bajo la promesa de aumentar el vigor sexual o acrecentar la suerte en los negocios, se mezclaban alcohol, hierbas y perfumes provenientes de Suiza, Francia y Estados Unidos que después demandaban vecinos y comerciantes.



RESISTIR LA LLEGADA DE GRANDES CADENAS FARMACÉUTICAS



Sin embargo, en 1967, sólo tres años después de que Don Rubén se casara con la quinceañera Dolores, la prosperidad de la farmacia cayó en picado. La llegada de las Farmacias El Fénix a la ciudad y sus grandes descuentos mermaron muchísimo las ventas de la Angelopolitana, que desde poco antes y por mandado de las autoridades había dejado de ser Botica para convertirse en Farmacia.

La mayoría de los clientes, recuerda Michel, dejaron de venir y sólo quedaron aquellos que conocían la honradez y el buen trato de los dueños. "La base de un negocio para que pueda tener historia es la atención al cliente, la orientación que se les da sobre cuánto cuesta el producto o, si no lo tenemos, dónde lo puede conseguir", afirmó.

Gracias a esos pocos clientes fieles, la familia Paleta consiguió que su local sobreviviera también a la más reciente llegada de otras sucursales modernas que ahora invaden el estado de Puebla. La fachada del pequeño local también vio durante casi un siglo de historia "cerrar y abrir y volver a cerrar" otros negocios. "La satisfacción no la da el dinero", recordó Michel. "Por eso muchos negocios cierran porque se desesperan. Hay que aprender y echarle ganas".

Parte del secreto reside también adaptarse al cliente y comprender los nuevos tiempos. Los botes de cristal que contuvieron durante tanto tiempo los famosos preparados se guardan ahora en las casas de los familiares desde que hace años las autoridades sanitarias prohibieran su venta. El excesivo control de estas últimas sobre los medicamentos con receta hizo que la farmacia interrumpiese su venta hace año y medio.

Ahora, los productos más pedidos son los refrescos, chocolatinas, adhesivos y medicamentos populares como aspirinas. Con ello, consiguen sufragar los gastos del local y que Dolores se sienta útil, "distraída".

A pesar de que pocos negocios pueden decir que sobrevivieron casi un siglo, hay una cierta añoranza en los ojos de Michel por los preparados de mil ingredientes que en su infancia ayudaba a despachar. "La modernidad es así. Nos arrastra", se lamentó con resignación mientras cobraba un recortable que un cliente compraba para su hija.