Opinión / Columna
 
Un comentario obligado  
Francisco Robles Sarquiz 
Me lleva la ¡&$%*¨!
El Sol de Puebla
22 de octubre de 2009

  PARA CIERTO SECTOR DE LA SOCIEDAD, la encuesta "el mexicano y las groserías", elaborada en días pasados por Mitofsky con el fin de conocer la frecuencia con la que el ciudadano común y corriente utiliza "malas palabras", les parece exagerada y tendenciosa y es que el hábito nacional de adornar con palabrotas nuestro idioma no son majaderías para todos. "En ese tenor, lo elemental es el sentido y la intención con la que se expresan y, sobretodo, hacia qué objetivo van dirigidas".

POR LO GENERAL LA ORDINARIEZ va desde lo festivo a la insolencia. Del descaro a la indecencia y especialmente a lo ofensivo. No es lo mismo cien palabrotas de cualquier calibre en una charla de amigos, que unas cuantas proferidas a un congénere con el propósito de injuriarlo. La conclusión de ambos ejemplos es diametralmente opuesta. Mientras en una charla informal el número de malas palabras podría considerarse como una rica manera de adornar el idioma; de darle "caché" pues, en el segundo lo dicho podría conducir a una confrontación violenta.

LA MENCIONADA ENCUESTA MENCIONA que el mexicano común y corriente se considera "medianamente malhablado" y como son todos los sondeos de este tipo, el entrevistado por lo general se queda corto, pues en realidad no sabe el número de vulgaridades que utiliza cada vez que abre la boca. Una gran minoría, por ejemplo, no sabe a ciencia cierta que lo que habla son groserías. De hecho, algunas de estas malas palabras son las únicas que conoce para expresarse, o para darse a entender entre sus interlocutores, tomando en cuenta que las mismas no salieron del ingenio del mexicano, sino que fueron tomadas de la propia Lengua y los parlantes le dieron el énfasis adecuado para convertirlas en majaderías.

LAS HAY DE ASOMBRO, DE SORPRESA, de enojo, de adorno, de gusto y hasta de burla y como en los tamales, las hay de chile, de dulce y de manteca. Asimismo, calificativas, admirativas, cualitativas, demostrativas e insultantes y ninguna -seguro- la encontrará en el manual de Carreño. Esta costumbre no es exclusiva del mexicano. La misma está difundida en todos los idiomas del mundo, pero en la Lengua española, que nos corresponde, no siempre quiere decir lo mismo y así, lo que es grosería en México, en Venezuela podría ser fruta, en Argentina un piropo y en Uruguay una elegante manera de recordar a la más querida de la casa.

MOTIVOS NO FALTAN, PUES PESE A que los malhablados se regodean diciendo insolencias para aderezar sus comentarios, las palabrotas que más "calan", las que más llegan al alma y las que dejan huella, son aquellas que demuestran enojo, sorpresa y hasta impotencia. ¿Cuántas no han sido proferidas por los ciudadanos -por ejemplo- al enterarse de que los trabajadores de la compañía de Luz y Fuerza del Centro cobraban hasta por ir al baño? Como una "conquista" de su sindicato, a estos privilegiados cobraban un buen sueldo y además disponían de guarderías, médico y medicinas, electricidad para sus hogares, préstamos, (muchos de ellos impagables), vacaciones dos veces al año, aguinaldo hasta por cinco meses de sueldo, gimnasio de lujo, alberca para terapia con delfines (¡hágame usted el recanijo favor!) pensión vitalicia por sólo 25 años de trabajo y otros etcéteras que los demás trabajadores de otras empresas ni siquiera sueñan. Lo menos que se escuchó a los cuatro vientos, fue "que poca... ¡%&$"Ç! de quienes permitieron que este sindicato tuviera tantas prerrogativas.

LAS ÚLTIMAS Y LAS MÁS RUIDOSAS, (las groserías) han sido las proferidas por todo el pueblo mexicano al enterarse de que el gobierno federal pretendía cobrar un 2% más de impuesto a todos los bienes de consumo, incluyendo a alimentos y medicinas. En este caso, las leperadas fueron a coro y lo suficientemente difundidas, al grado de que los legisladores de la Cámara de Diputados prometieron que el impuesto "no pasará", por lo menos en la medida que fue redactada en Los Pinos.

UNA INTERJECCIÓN EN NUESTRO país, sin una guarnición en donde destaquen los ajos y las cebollas no es digerible. La misma -obligadamente- debe llevar ese condimento que ha identificado a los mexicanos entre los demás pueblos hispano-parlantes, que incluye un alarido o una imprecación adicional para que nuestro mensaje encuentre los oídos precisos y sepa, a través de la palabrota, la dimensión de nuestra alegría, nuestra inconformidad, o nuestro enojo.

MARCHAS, MANIFESTACIONES Y plantones son los medios más comunes del desahogo. En medio del tumulto, entre miles de inconformes y sin sacar la cara, la leperada, el insulto y la mentada sale espontánea. ¡Qué importa que el insulto sea para la persona equivocada! Lo que vale es echar a los cuatro vientos el veneno que traemos dentro y dar a conocer, con malas palabras, hirientes sobretodo, la frustración e impotencia que nos embarga. El mismo lunes -por ejemplo, en todo el estado de Tabasco, la oposición echaba espuma por la boca al enterarse de que el PRI, nuevamente, había arrasado en las elecciones del pasado domingo y que además, pese a la intervención de AMLO, había recuperado las principales zonas urbanas que estaban en poder del PRD.

EXPRESIONES COMO "ME LLEVA la ¡&$%"¿!, ó "¡&%$"*! priístas, se llevaron todo", o el lamento final: "Perdimos porque teníamos unos candidatos muy ¡&$%"=*!". Todo lo anterior con el sabor tabasqueño, al estilo de López Obrador cuando se enoja, que casi es siempre.

EN PROMEDIO, DICE LA ENCUESTA, los mexicanos utilizamos 20 groserías al día en nuestras conversaciones cotidianas. El espacio preferido es durante la charla con los amigos (el 63%), con los compañeros de trabajo (el 36%) y con la pareja (el 34%) De siempre, el léxico aparejado con groserías era una costumbre que se daba entre personas del mismo sexo (hombres con hombres y mujeres con mujeres) Inexplicablemente todo cambió. Ahora es muy común escuchar a una pareja hablando en el café, en un restaurante o en el antro, con cierta indecencia que en otro tiempo hubieran sonrojado a gente considerada lépera.

UTILIZAR MALAS PALABRAS FRENTE al padre, la madre o las hermanas, ¡nunca!, no sólo por respeto al hogar, sino para evitar que el papá o la mamá, de un sonoro zopapo le rompiera la boca al mal hablado. Esta regla, por lo menos en algunos hogares es letra muerta. ¡Hay que oír las conversaciones intrafamiliares de ahora. En ellas, hay más ajos y cebollas que en la cocina, incluyendo sapos, culebras y demás alimañas juntas.

OTRA ENCUESTA QUE SERÍA muy interesante y que hasta la fecha nadie ha intentado, podría ser la relacionada con quién, o quiénes de los hombres y mujeres en el poder, incluyendo a los barones de la iniciativa privada (que no cantan mal las rancheras), se lleva los más sonoros improperios (de mentada para abajo), de qué calibre, con qué frecuencia y por qué. El resultado podría ser algo semejante a un plebiscito, en el cual el respetable externe su aprobación o su repudio al personaje en turno y a lo trascendental o inútil de su participación en la vía pública.

DICEN QUE LAS MENTADAS DE MADRE son como las llamadas a misa. Las escuchan sólo los que las entienden, o quienes están interesados en ellas.



franciscorobless@hotmail.com






 
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