Opinión / Columna
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Fidencio Aguilar Víquez
"El Estudiante"
El Sol de Puebla
2 de octubre de 2009
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Un abrazo a Blanca P. Galindo
porque su madre se ha adelantado
Así como los cuerpos, también las almas tienen dimensiones; y, por analogía, también las obras; dimensiones que denotan grandeza, fortaleza, estatura o, bien, por el contrario, debilidad, falta de talla, endeblez y demás. "El estudiante", la película de Roberto Girault, a diferencia de otras mexicanas, creo, siento, tiene las primeras características.
No es la película sino lo que denota, aquello que llamó mi atención y mi sensibilidad, también la de mi mujer y mis hijos, admiración, concentración, llanto, ante los gestos, las actitudes, las palabras, incluso, la música. Tuve esa sensación, como escribe Octavio Paz en El arco y la lira (Fondo de Cultura Económica, México, 2003, p. 13), que genera la poesía: "conocimiento, salvación, poder, abandono".
Conocimiento porque se da una especie de conciencia de sí, presencia del ser (de lo que uno es) ante sí mismo; contrario al vivir o sobrevivir en la mera inercia de la existencia. Salvación porque con ciertas temáticas (por ejemplo, la del sentido y significado de la vida) uno no se siente sino sostenido por algo más grande que su propia yoeidad. Poder porque, a partir de esos chispazos de plenitud de significación, uno es capaz de enfrentarse a todo tipo de obstáculo que quiera impedir la adhesión a ese significado. Y abandono porque, por momentos, no hay más libertad que adherirse al sentido de las cosas y de la realidad.
El telón de fondo de la historia es el Quijote, o más bien, el pretexto y, me atrevería a decir, también el contexto. Es el Caballero de la triste figura lo que inspira y motiva a los personajes a definir y definirse en su historia y a reconocer la grandeza del propio destino (el texto de la historia que cada personaje escribe y actúa), a pesar de los problemas y los obstáculos.
Más allá de la historia de amor y amistad de Chano, Santiago y Eduardo, e incluso de la pequeña Alicia, que se libró del aborto gracias a los ánimos que le diera a su madre la otra Alicia, lo que se presenta, en efecto, es la tesis central de la vida misma: Tomar con seriedad el papel que nos toca representar, y que no es otro que el de la propia vida. Cubrir el rostro -le enseña el viejo Chano a sus jóvenes compañeros- para ser lo que representamos, con autenticidad, con hondura, con arte. Y en el fondo, descubriremos que ese que actúa no es otro que nosotros mismos, el yo del que estamos constituidos.
La gran obra cervantina viene a la mente, como el escenario mismo de Guanajuato y de su universidad; sin necesidad de andar "mendigando sentencias de filósofos", sino, más bien, "dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y oscurecerlos" (Don Quijote, edición del IV centenario, pp. 13 y 14). Y lo primero es, siempre, que don Quijote gusta de leer, al grado "que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro." (Ib., p. 29).
Sólo así, formado en la disciplina y en la lectura, don Alonso Quijano pudo formularse un ideal por el cual entregar su vida y trocarse en don Quijote para "hacerse caballero andante y irse (sic) por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama". (Ib., p. 31).
Hay algunos, desde luego, y yo conozco a varios cercanos ahí del instituto (y también de gentes que cobran en las universidades), que ven un peligro en los libros. Y sobre todo si, como les ocurre al cura y al barbero, ven al pobre don Quijote apaleado y venido a menos después de su primera salida (por causa de los libros, piensan); así esos tales estarían dispuestos a quemar todo libro que pudieran, pues ni duda cabe que compartirían la preocupación de la sobrina del hidalgo caballero: cualquiera que lee un libro (o varios) corre peligro, no sea que "se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza." (Ib., p. 66).
Pero al Quijote ni la peor paliza lo detiene (como en la película, cuando al viejo Chano la edad no lo detiene para acudir a la universidad) y, con su escudero, se vuelve a lanzar a la aventura, pues nadie podrá "evitar lo que por el cielo está ordenado." (Ib., p. 71).
Es verdad que son muchos, la mayoría, los que piensan -como la sobrina- que es mucho mejor "estarse pacífico en su casa, y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo" (Ib., pp. 71-72). Pero al de la Triste figura no le importa ni la desdicha ni la batalla: "Las feridas que se reciben en las batallas -dice- antes dan honra que la quitan" (Ib., p. 136). Y corre en busca de aventuras pues está convencido que su vocación específica es "valer a los que poco pueden y vengar a los que reciben tuertos y castigar alevosías." (Ib., p. 151). Así, el caballero andante va por los caminos, por la vida, "viendo en su imaginación lo que no veía ni había" (Ib., p. 158).
Esa es la locura de nuestro personaje; pero es la locura del amor, de la lealtad, de la honra; es la locura que, de tanto ir e insistir, da pautas para los grandes cambios, aun en medio de lo ordinario y lo cotidiano, ya que, "habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca." (Ib., p. 163). Por tanto, convencido de sí mismo y de su vocación, le dice a Sancho: "Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos." (Ib., p. 175).
No todo lo escrito arriba viene en la película, pero ésta me lo recordó. Y con un personaje así, con un viejo, con un caballero maltrecho que se levanta una y otra vez, ¿cómo no escucharlo? ¿Cómo no intentar seguirlo? Su lectura es obligada; por eso le recomendé al consejero presidente en la sesión del 25 de septiembre pasado (vale para todos, pues, pero al que quiere Barataria le viene como anillo al dedo): "Sancho, lo primero que te encargo es que seas limpio y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer, como algunos hacen" (Ib., p. 871).
Y así ocurre toda una historia, llena de grandes ideales, consejos y experiencias que hacen del Caballero de la triste figura un icono de nuestras pulsiones que, como el amor, "no mira respetos ni guarda términos de razón en sus discursos" (Ib., p. 989). Cierto, al final, nuestro caballero vuelve a la cordura, pero en ese momento le adviene la muerte, como si su esencia y sustancia, su vena vital, le viniera de sus ideales; y cuando éstos han dejado de estar ahí, en su mente y su imaginación, en su experiencia vital, no le queda más que entregarse a la muerte. No en vano el refrán: "más vale morir de pie que vivir de rodillas." Por eso, y no por otra cosa, el 2 de octubre no se olvida; y todo el 68 marca pauta de nuestro tiempo.
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