Opinión / Columna
 
Mauricio Rossell 
El México de mis hijos
Organización Editorial Mexicana
14 de septiembre de 2009

  ¿Qué México quiero para mis hijos? Es una pregunta ambiciosa, pero fácil de responder. Al cabo el desear, aunque inútil, es una actividad casi espontánea del ser humano. Una tarea que nos condena a intentar satisfacer el deseo una y otra vez, sin conseguirlo nunca plenamente y a sabiendas de que nunca lo lograremos.

El México que añoro para mis hijos es un México del cual se sientan plenamente miembros y en el cual sean capaces de creer, confiar, crecer y ser felices. En el que puedan desarrollar su voluntad, su talento y su personalidad, desplegar su fuerza interior y de carácter, y expresar cariño.

Un país que los dote de fuerza en la búsqueda de ellos mismos. Que los ayude a vencer los miedos y enfrentar los retos de la vida de una manera más equilibrada. Que les conceda la oportunidad negada por la modernidad de mostrarse absortos ante lo cotidiano y lo simple, al mismo tiempo que luchar a favor de la evolución y el progreso tato personal como colectivo. Y que los oriente a servir a los demás sin temor ni condiciones, con un auténtico compromiso social, entendiendo a la comunidad como parte de uno mismo.

Una nación que les permita soñar y descubrir nuevas vías y nuevos sentidos; que promueva en ellos el deseo de descubrir y de crear; y que les conceda la posibilidad de contar con una profesión socialmente útil y de contribuir a través de ésta y de su trabajo, con sus ideas y sus ideales, a construir un mejor país para las generaciones futuras.

Deseo un país que les autorice a nuestros hijos a soñar y a ser humildes. A aspirar a ser más de lo que son ahora y de lo que fueron sus antepasados. Que les otorgue seguridad y los comprometa con la integridad. Que los aliente a ser valientes y les ofrezca la oportunidad de autogenerar expectativas que dependerán solamente de su esfuerzo personal.

Una nación en la que la madurez, el compromiso y el optimismo constituyan los atributos esenciales que permitan entender que todos necesitamos y merecemos mucho más de lo que hoy tenemos. En la que la riqueza y las oportunidades se distribuyan mejor. En la que no sigan privando la impunidad ni los privilegios. Y en la que todos amemos tanto a la patria que ninguno desee verla herida de muerte.

Anhelo un México reconciliado consigo mismo. Un México en el que el origen, el color de la piel, el poder del dinero, la posición social, las diferencias culturales y de intereses funjan como elementos de mejora y crecimiento y no de separación. En el que el respeto y la tolerancia sean la base de la convivencia colectiva. Y en el que los mexicanos seamos capaces de definir y compartir un horizonte nacional con métodos, reglas y principios que nos dote a todos de la esperanza de un mejor futuro común.

Ansío, finalmente, un México plenamente democrático en el que la tolerancia, el respeto y el diálogo operen como el sustento del respeto a la opinión razonada de todos aquellos que tengan algo que decir y la obtención de acuerdos políticos. Un México en el que las visiones dogmáticas del mundo sean eliminadas y en el que las diversas identidades encuentren lugar. En el que el inmovilismo sea sustituido por la cooperación y en el que la ética de la responsabilidad funja como el fundamento central de la acción pública. Un México, en fin, que nos conceda a todos la oportunidad de construir, conversar, entendernos, perdonar y crecer en el amplio sentido de la palabra.

El deseo es la fuerza que nos incita a ser, a desplegar nuestro ser, a realizar el nosotros mismos. Es el lugar de la libertad en la autoconstrucción como sujetos individuales y como nación. Todos los productos de la cultura de la humanidad no son más que productos de un deseo. Del deseo de ser, de poder, de saber, de tener. El deseo es un buen lugar desde donde pensar y medir lo dado, lo real. Ojalá el Presidente de México tenga capacidad de desear cosas y a partir de ello, construir un mejor México para todos.
 
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